sábado, 5 de abril de 2008

Laúltima."semanatranca"

Todo empezó cuando Vanessa confirmó su viaje a esta ciudad, las cosas estaban saliendo como lo habían planeado, no podían exigir más a la vida. Joaquín, sabía que el gran amor de su vida, aquella persona que había logrado, por fin, sosegarlo, quien le hacía sentir en las nubes, amado y lo más importante, quien le hizo sentir la pureza, ingenuidad y belleza del amor, estaría el miércoles en la mañana con él. Luego de varias semanas de solo escucharse por teléfono, de conversar largas horas para mitigar el dolor de la ausencia que ambos sentían, al fin Vanessa y Joaquín estarían juntos.

Él esperaba que el bus arribara a las 8.00 am, tomando en cuenta que eran doce horas desde la Capital de la Amistad a la Capital Peruana, sin embargo todavía tendría que esperar muchos minutos más, sumido en la ansiedad, nerviosismo, confusión y hasta preocupación. Ella, cansada y algo fastidiada por el viaje, albergaba también una ilusión en su corazón. Sabía que pronto se encontraría con el hombre que había logrado inscribirse en lo más profundo de su corazón, contra todo pronóstico. Sin embargo, se tomaba las cosas con mucha más calma, sabia que Joaquín estaría esperándola, y eso le bastaba para sentirse más confiada y tranquila.

El bus arribó todavía cerca de las 9.00 am, él la esperaba en la zona de desembarque, ella descendía del bus con una maleta ligera. Él se acerco, la abrazó fuertemente, le dio muchos besos, ella parecía algo avergonzada por las miradas impertinentes de la gente a su alrededor, pero no le importó mucho y se dejó acariciar los cabellos y los labios. ─TE AMO! TE AMO!, TE EXTRAÑÉ MUCHÍSIMO─, eran frases que se repetían mutuamente.

El taxi los condujo al apartamento de Joaquín, tuvieron que subir cinco pisos para alcanzar aquel rinconcillo del que tantas veces él le había hablado por teléfono. Vanessa, al ingresar, sintió que ya conocía el lugar, todo le resultaba familiar, los mubles, el televisor, el escritorio, el equipo, el estante y hasta el sillón giratorio tras la computadora. Decidieron desayunar, antes de irse a la cama, total había mucho tiempo para amarse. Él se inclinó por un vaso con yogurt y cereales, ella una taza de gelatina y un triple.

Al llegar a la cama, se amaron con mucha calma, sin prisa, con devoción, avivados por ese profundo amor que ambos se profesaban. Joaquín, que antes de conocer a Vanessa no llegaba más allá del sexo, se sentía muy conmovido, realmente estaba haciendo el amor y quiso, en su naturaleza soñadora, perennizar ese momento. Vanessa, que anhelaba sentir nuevamente a su amado, supo que todas las dudas respecto a sus sentimientos, terminaban en ese preciso instante del primer clímax. Desde ese momento sabía que él era la persona indicada para compartir sus días, que era el segundo y último hombre en su vida, no quería conocer a nadie más, ya no quería alejarse jamás del hombre que consideraba era “el gran amor de su vida”. Permanecieron muchas horas en la cama, acariciándose, mimándose, amándose, conociéndose más profundamente y solo salieron de ella casi a las cinco de la tarde, quizá porque tenían hambre o porque sabían que dentro de poco llegaría al apartamento Daniela, amiga de Joaquín y novia de Enrique.

Enrique era el mejor amigo de Joaquín y juntos habían planeado salir a acampar esa misma noche de miércoles. Como todavía debía trabajar hasta cerca de las nueve de la noche, llamó a Joaquín y le pidió que se reúna con Daniela para ir avanzando con todas las compras, para partir al sur de Lima, a la Ensenada. Vanessa solo conocía a Enrique y Daniela por teléfono, Joaquín había insistido en presentarlos por ese medio, porque, como planeaba salir con ellos en semana santa le pareció prudente que fueran conociéndose un poco.

Vanessa y Joaquín almorzaron y regresaron al apartamento, y antes que sus instintos cedieran nuevamente al placer, llegó Daniela. La intención de presentarlos por teléfono había dado sus frutos, parecía que ambas ya se conocían, conversaron un rato y sintieron gran simpatía una por la otra. Decidieron apurar las compras: hot dogs, piqueos, atunes, latas de frijoles con tocino, agua, galletas, por supuesto leña y una botella de ron añejo, para acompañar la primera noche frente al mar.

Volvieron al apartamento, ya todo estaba listo, las carpas, las bolsas de dormir, las compras, solo faltaba Enrique y llegó al poco rato. Luego de los saludos efusivos entre Vanessa y Enrique tomaron un taxi a la avenida Circunvalación para abordar cualquier servicio que los condujera a la playa que habían elegido para acampar. En el camino al paradero surgió una discusión, Enrique afirmaba que La Ensenada quedaba en el kilómetro 89, Joaquín en el 98, así que decidieron apostar. Quien perdía la apuesta se despojaría de todas sus prendas y entraría al mar a las 3.30 de la madrugada, sin importar la presencia de los demás bañistas, que de hecho los acompañarían y dada la fecha tendrían muchos espectadores y eso hacía la apuesta más interesante. Ambos se creían dueños de la verdad, sin embargo, cada uno, asolapadamente, preguntaba en el paradero en que kilómetro quedaba dicha playa, a los llamadores, a la gente que esperaba como ellos, pero siempre encontraban versiones distintas, que los mantenía en suspenso.

Subieron en un bus que se dirigía a Cañete, era lo que necesitaban para llegar a su destino. Mientras esperaban que el bus se llenara totalmente, se dieron cuanta que habían olvidado comprar uno de los elementos más importantes para la noche, cigarrillos, la noche no estaría completa sin ellos, y no querían correr el riesgo de no encontrar vendedores en la playa. Joaquín fue el voluntario para ir a comprar, para ello tenía que cruzar un puente peatonal, que solo contaba con un vía de ascenso continuo, no contaba con gradas, por lo que la caminata resultó muy larga. Le tomó cerca de ocho minutos cruzar el puente, y peor aun, llegado al otro extremo se dio con la sorpresa que el centro comercial al que se dirigía estaba cerrado, buscó desesperadamente otra tienda pero no encontró nada abierto, reparó que ya eran cerca de las 11 de la noche y pensó que era normal que todo estuviese cerrado. Menos mal encontró un vendedor ambulante. Y justo cuando se disponía a recorrer el puente de regreso, Enrique lo llamó al celular anunciándole que el bus ya partía que debía apurarse, por lo que Joaquín decidió tomar la ruta más corta y la más riesgosa ya que era una autopista rápida, tuvo que sortear autos que viajaban a una velocidad aproximada de 90 o 100 km/h, además, en la mitad de la autopista una división de carrilles alambrado pudo detenerlo, pero no, hizo gala de su estado físico y saltó decididamente y logró alcanzar el otro extremo en menos de un minuto, subió al bus e inmediatamente partieron al sur.

El viaje duraría aproximadamente hora y media, Daniela y Enrique quienes se habían despertado muy temprano para ir a trabajar, se quedaron dormidos, confiados en sus compañeros de viaje. Mientras que Joaquín y Vanessa, aprovechaban cada segundo para conversar, besarse apasionadamente, prometerse amor eterno y alucinar lo que harían en su carpa luego de la chupeta. ─Alguna vez lo has hecho en la playa─, preguntó Joaquín. ─No, nunca!─, respondió Vanessa, algo avergonzada por la pregunta tan directa. Esa respuesta encendía el fuego interior de Joaquín. ─Entonces será tu primera vez, es alucinante, estaremos entre decenas de carpas, algunas más cercanas que otras, la arena siempre jodida raspará tu vagina y mi pene, será una experiencia inolvidable─, sentenció. ─Osea que tu ya lo has hecho antes─, replicó Vanessa. Él solo rió nerviosamente y dijo que mejor no pregunte. El viaje duró menos de lo que pensaban, en solo una hora y cinco minutos estaban arribando a La Ensenada.

Cuando al fin llegaron, se dieron cuenta que ambos habían perdido la apuesta, porque la playa quedaba en el kilómetro 80 camino al sur, y no como ellos habían afirmado, por lo que la desestimaron. La panamericana sur, está prácticamente a la orilla del mar, así que no tuvieron que caminar mucho. Como siempre Joaquín, que era el más excéntrico del grupo, coreaba en voz alta ─en el mar la vida es más sabrosa… en el mar te quiero mucho más─, abrazaba fuertemente a Vanessa y la cogía de la cintura para darle vueltas. ─Cállate loco─, le dijo Daniela cariñosamente. Inmediatamente después de elegir el lugar que ocuparían, las parejas se dispusieron a levantar sus carpas. Luego emprendieron “el viaje” a la tertulia y la chupeta, antes encendieron el fuego, comieron panchos y panes, para aguantar la larga noche de tragos y excesos, la noche era perfecta, la luna llena que los acompañaba, el murmullo de las olas, el ruido de las demás gentes alrededor de sus fogatas, el ser amado a sus costados, todo estaba saliendo maravillosamente bien.

La mezcla de ron y coca cola no se hizo esperar, cada uno con su respectivo vaso en mano, brindaron por el placer de estar entre amigos, salir de las rutinas del trabajo y de la ciudad. Sabían que no era fecha de plétoras, pero por algo, en el Perú se le llama la “semana tranca”. Conversaron amenamente, recordando cosas en común o anécdotas individuales. Daniela se acurrucaba en los brazos de Enrique y le preguntaba ─¿quién es mi amor, mi corazoncito?─. Enrique algo palteado porque no era una persona muy romántica respondía simplemente ─yo mi vida─. Joaquín había acogido entre sus piernas y brazos a Vanessa, ella recostaba su cabeza en el pecho de su amado, él completamente enamorado y sintiéndose colmado de dicha, le besaba constantemente los cachetes, la frente y sobre todo los labios, obligándola a torcer el cuello para alcanzar su objetivo.

Enrique y Joaquín eran amigos aproximadamente seis años. Desde los primeros meses de conocerse el cariño, la confianza y respeto mutuo habían dado lugar a una gran amistad. Cuando salían a bailar, tomar o simplemente conversar, la pasaban super. Ese día no fue la excepción, se sentían colmados. Cuando la primera botella de ron casi terminaba, Joaquín, que tenia una fama de pollo, estaba ya con los humos subidos, se sentía ebrio, el solía decir ─el trago en mí, es excesivamente psicológico, si bebo sin ninguna preocupación y entre personas que quiero, me embriago con mucha facilidad─, parecía ser cierto porque los gestos de cariño hacia Enrique lo delataban. ─Enrique, tú sabes que te quiero como un hermano mayor, verdad─, decía sin reparos, porque para él quien había tenido una familia en la que de niños no acostumbraban darse muestras de cariño entre hermanos, ni siquiera con sus padres, era una necesidad y no le importaba lo que los demás pensaran. Enrique aceptaba esas muestras de cariño sincero y correspondía ─claro que lo sé Joaquín, yo también te quiero─. Esos grandes gestos de cariño sincero, normalmente solían despertar la suspicacia de la gente retrograda, algunos hasta se atrevían a comentar cosas como ─esos tipos son medio raros no!.

Joaquín, quien tuvo una infancia realmente difícil, cuando estaba ebrio, siempre exigía más atención, cariño y que lo engrían excesivamente. Literalmente, se transformaba en un niño engreído, queriendo llamar la atención de los demás, el niño engreído que no pudo ser, porque sus padres se habían separados cuando él tenía apenas dos años y su madre a pesar de tratar de cubrir el vacío que había dejado su esposo, nunca pudo lograrlo debido a sus obligaciones como docente sacrificada y que además siempre tenía que pensar en otra actividad para sacar adelante a sus tres hijos, ya que el sueldo miserable que el estado peruano le pagaba no alcanzaba para nada, menos en la década de los ochenta que la situación para el magisterio era la más deplorable. Según un psicólogo, que solo visitó unas dos o tres sesiones, Joaquín actuaba así cuando ebrio, debido a todas esas carencias de afecto cuando fue niño y adolescente, pretendiendo ser un infante engreído que capture la atención y el amor de los demás.

Esa noche, empezó a salirse de control cuando Joaquín, le reclamó a Enrique que debía ser mucho más tolerante con él, que esos arrebatos en su afán de llamar la atención debían ser aguantados plenamente por Enrique. Joaquín daba por hecho que su gran amigo “debía” ser como un hermano mayor, que lo engría, le tolere todos sus arrebatos y malcriadeces. Lamentablemente, Enrique tenía una paciencia finita, sin embargo, era cierto que le toleraba muchos más engreimientos a Joaquín por ser su gran amigo, pero consideraba que tampoco tenía que ser un “mártir”, y seguramente tenía mucha razón, porque cualquier otra persona simplemente no le haría caso y lo mandaría a dormir de la forma más despectiva.

Al darse cuenta que la situación se estaba saliendo de proporciones y al mismo tiempo totalmente desconcertada y quizá decepcionada, porque jamás pensó que Joaquín se comportara de ese modo, que ella siempre criticaba en los demás, Vanessa suplicó ─mi amor, ya vamos a dormir por favor─. Joaquín se incorporó con dificultad y Enrique tuvo que sostenerlo del brazo para que no pierda el equilibrio, mientras él también se levantaba. ─Estoy bien, estoy bien, suéltame─ bufó Joaquín. Se acercó aun más a Enrique y con los brazos extendidos, de un par de palmazos en el pecho le hizo tambalear. Enrique, estaba indignado, ─contrólate, es tu amigo y está borracho, no la vayas a terminar de cagar─ pensó. Pero no pudo disimular su cólera, se notaba en el modo que miraba a Joaquín, sus ojos “disparaban dardos”, pero se contuvo. Joaquín, notó perfectamente esa actitud, él esperaba quizá total sumisión, porque para él la amistad es más fuerte que cualquier otro sentimiento por lo menos en esos casos. Recordó en unos segundos que él sí era muy tolerante con Carlos, un amigo aun más engreído que el propio Joaquín y cruzó por su cabeza ─yo jamás miro de ese modo─, eso lo resintió aun más, recordó también que incluso al mismo Enrique le había aguantado ciertas faltas cuando éste estaba ebrio.

Es cierto, Joaquín era el tipo más compresivo cuando de ebrios se trataba, porque quizá siempre se veía en ellos, así que los comprendía y quizá los compadecía, no importaba lo que sucediera, los aguantaba, si estaban en una casa los hacía acostar y si estaban en la calle los llevaba a su departamento. Él esperaba eso de los demás, sin embargo, cuando estaba sobrio entendía perfectamente que los demás no son como él y que no tienen el mismo grado de paciencia con los borrachos. Pero cuando estaba ebrio, pretendía, deseaba, tenía la ilusión que los demás se comporten como él, pero como eso nunca se daba, se resentía con sus amigos o en general, con el mundo. Esa falta de paciencia y tolerancia causaba en Joaquín un gran dolor, por lo que a veces lloraba o simplemente se apagaba y desistía de cualquier actividad, pero a veces, reaccionaba como lo hizo esa noche.

Por otra parte, Daniela que conocía a Joaquín varios años, jamás lo había visto en esa actitud tan patética. Estaba muy mortificada, molesta, indignada y trataba de pensar solo en que esa situación terminaría pronto. Vanessa, por su lado, no sabía que hacer, nunca había enfrentado esa situación, no sabía si hablarle, seguir tratando de convencerlo que durmiera o simplemente esperar que Enrique maneje el problema.

En un momento de descontrol, de exacerbación, causado por la angustia de sentirse solo a pesar de estar acompañado, de sentirse incomprendido y que nadie lo quería, pensó en lo más estúpido que jamás había hecho. Meterse al mar en ese estado, pero no bastando con eso, que ya era bastante arriesgado e impertinente, recordó la apuesta y se despojó de todas sus prendas, todas, y se echo a correr con dirección al mar, se zambulló una y otra vez. Luego de algunos minutos regresó a donde estaban los demás, que se encontraban nerviosos y muy atentos a lo que pudiera pasar y cuando todos pensaban que se acabaría en ese momento, se puso solo el calzoncillo y regresó al mar, y esta vez resuelto en adentrarse más profundamente.

─Loco de mierda ─pensó Enrique.

Daniela, estaba cansada de esa situación así que trataba de no hacer caso, se ocupó en ordenar las cosas, en meterlas a su carpa pensando que ya descansarían, no se percató de todo el show que estaba ocasionando Joaquín o quizá solo quiso hacerse la desentendida y se introdujo en su carpa sin siquiera mirar.

Enrique y Vanessa confundidos en una mezcla de preocupación e indignación se acercaron un poco al mar, con la finalidad de no perder de vista al demente de Joaquín. Mientras que él parecía decidido a adentrase en las profundidades del mar, se zambullía y nadaba hasta que dejó de pisar tierra firme. La indignación empezó a transformarse en ansiedad, angustia, porque a medida que Joaquín seguía nadando en dirección al horizonte ellos perdían la visibilidad.

─Lo ves ─preguntó Enrique.
─No, ya no lo veo ─respondió Vanessa. Y los ojos se le humedecieron, el pecho se le encogió.

Fue en ese instante que Enrique empezó a imaginar las peores cosas, pero tenía que serenarse, era el mayor entre todos y quizá sintió el peso de la responsabilidad, respiró profundamente y se calmó.

Esperaron unos minutos con la mirada quieta tratando de ver algo, extrañamente la luna se oculto tras una nube grisácea, el viento empezó a soplar haciendo un ruido estremecedor, el aura se hacía más denso, escuchaban el golpetear de las olas, pero ninguna devolvía a Joaquín, los minutos se hicieron horas, Enrique empezó a sudar, ahora sí, la angustia se había apoderado de todo su ser.

Daniela, mortificada por la excesiva demora decidió salir de su carpa y darles el encuentro. ─¿Y Joaquín?─, preguntó desconcertada. Nadie respondió. Fue entonces que entendió lo grave de la situación, se aferró del brazo de Enrique y sintió miedo. Vanessa trataba inútilmente de serenarse, las lágrimas habían estallado pero no gemía y no dejaba de mirar atentamente hacia el mar.

Enrique sugirió separarse por toda la playa, para cubrir más terreno. Se dirigió hacia el norte, Vanessa también siguió la misma dirección pero más lentamente. Daniela permaneció en el mismo lugar, no solo para observar esa parte del mar, también para cuidar las cosas.

La gente de las otras carpas, ya se había percatado de la difícil situación y empezaba a mirar, murmurar, pero no hacían nada para ayudar, como siempre.

Vanessa no estaba enojada, más bien asustada, consternada, empezaba a flaquear, fue cuando empezó a rezar, era muy católica y creía que Dios se encargaría de todo. Se acordó que la mamá de Joaquín había muerto años atrás y decidió elevar una plegaria ─salva a tu hijo loco, ayúdalo a salir si está en problemas, sabes que en el fondo es muy bueno, ayúdalo por favor!─, dichas estas palabras, en voz muy baja, las lágrimas tomaban mayor fuerza, pero sintió consuelo. Rezó una y otra vez, cada vez con mayor fervor, pidiéndoles a Dios y a la madre de Joaquín.

Por su parte Enrique, caminaba ensimismado, mirando siempre el mar, con la esperanza casi nula de volver a ver con vida a su amigo, que muchas veces lo había sacado de sus casillas, ─pero esta vez te perdono todo Joaquín, pero vuelve pronto, por favor!─, pensó. Empezó a caminar de regreso, estaba cada vez más cerca de Vanessa y Daniela, pero sus pensamientos lo mantenían tan ocupado que parecía no verlas, pensaba en la gran responsabilidad de una tragedia como esa, ─que le voy a decir a Matías (Matías era el hermano mayor de Joaquín), como le voy explicar a su papá, a su hermana, carajo, me van a matar, porqué tienen que pasarme estas cosas a mí!─ se lamentó profundamente, pasando la palma de la mano sobre sus cabellos.

En ese instante, dos tipos aparecieron con sus linternas, empezaron a alumbrar en dirección al mar, hicieron infinidad de preguntas, que nadie quiso responder, le aconsejaron a Enrique que llame a los bomberos, al 911, pero que haga algo. Enrique se acercó a su carpa, buscó desesperadamente su celular, se acordó de los números de emergencia, la operadora le respondió y lo abrumó con las preguntas de siempre ─cuál es tu nombre, como se llama el desaparecido, está borracho, hace cuanto que está en el mar, donde están exactamente, a la altura de que kilómetro, en que playa???─, contestó a todas las preguntas, al borde del colapso nervioso, pero sacaba fuerzas de donde creía ya no habían. Le comunicaron que de inmediato se estaban poniendo en contacto con la brigada de rescate de Mala, que estaba frente a La Ensenada, que en menos de 30 minutos estarían ahí. ─30 minutos─, gritó Enrique desesperado ─cómo que 30 minutos, les digo que lleva ahí ya más o menos ese tiempo─, a lo que la operadora respondió ─señor por favor cálmese, en estos casos conservar la calma es lo más prudente, no podemos hacer más, si usted hubiese llamado antes quizá, pero ahora ya nada podemos hacer, serénese y espere a la brigada de rescate, que en estos momento están saliendo de su estación. Enrique no soportó más y sin decir nada, colgó.

Daniela, estaba al lado de Enrique, quiso sostenerse de su brazo, pero éste se deshizo inmediatamente. Volvieron a donde estaba Vanessa que había cesado de llorar y estaba absorta, quien sabe en que pensamientos. Cuando de pronto uno de los tipos que estaba con ellos, dijo ─escuchen, escuchen, alguien está silbando─, Enrique en un arrebato, corrió en dirección del mar, con la firme intención de entrar a ayudar a su amigo, pero lamentablemente, no sabía nadar, la impotencia lo hizo gritar ─mi amigo está silbando, está silbando, está vivo, por favor ayúdenlo, ayúdenlo, que alguien entre por favor!─, gritó y grito caminando de un lado a otro cual perro que intenta cruzar un rió y sabe que no puede y gime, igualmente Enrique desesperado, colapsado, al borde del llanto se dejo caer y cesó en sus suplicas. Nadie hizo nada, ninguna de las decenas de personas que miraba el “espectáculo”, hizo nada, solo se lamentaban, compadecían a los amigos, pero no hicieron nada. Vanessa estalló en llanto, rezó una y mil veces, desesperada, con el alma rota, no sabía que hacer, solo lloraba. Daniela era la más serena de los tres, definitivamente estaba conmovida pero no perdía la cordura, como ya lo habían hecho los otros.

Luego de aproximadamente diez minutos más de escuchar esos silbidos, cesaron, los últimos se escucharon entrecortados como si la persona que los emitía tratase de sacar la cabeza a la superficie del mar, pero que las olas lo tragaban, cesaron y se hizo el silencio. Ahora los tres estallaron en llanto, la gente se les acercó más para consolarlos, pero ellos los apartaron en su desesperación.

Al rato llegaron los bomberos, una brigada de cuatro socorristas, se adentraron al mar, en la dirección que la gente les indicaba, por donde habían escuchado los últimos silbidos. La sirena infernal del carro de bomberos, algunos de los bañistas gritando, los niños que se habían despertado y lloraban inconsolables, era el escenario que vislumbraba la tragedia, el ambiente era totalmente sombrío, lúgubre, la tristeza parecía haberse instalado en todos los presentes, pero jamás comparados con los corazones desgarrados de los dos amigos y la pareja. Pasaron unos minutos y ya se podía ver a los socorristas arrastrando a alguien, con dirección a la playa, los amigos de Joaquín y toda la gente se abalanzó hacia la orilla, al parecer el cuerpo que traían estaba sin vida, lo recostaron en la arena, se apresuraron en darle respiración artificial ─uno, dos, tres, cuatro, cinco, respira…uno, dos, tres, cuatro, cinco, respira…uno, dos, tres, cuatro, cinco, respira…─, uno de ellos tomaba el pulso, posaba su oreja en el pecho de la victima, levantó la cabeza en dirección de los dolientes y movió negando. Los gritos, llantos, gemidos se instalaron en los amigos, la gente se persignaba, los bomberos insistían en darle respiración artificial, pero ya todo era inútil…esa sería la última semana santa que Joaquín vería.

LADO B: Joaquín borracho y herido quiso meterse al mar para mitigar el gran dolor que albergaba su corazón, el desamor era parte de su naturaleza, desde infante supo el significado de la soledad y pensó en nadar y nadar hasta cansarse y regresar. No era su intención preocupar a sus amigos, solo estaba siendo egoísta y pensaba únicamente en él mismo, en arrancarse esa depresión, pensó en el océano inmenso, magnánimo y quiso retar su poder. Nadó y nadó sin detenerse por un solo instante y cuando ya estaba a gran distancia de la orilla volteó a mirar y reparó en que ya no veía a sus amigos, ya no veía la playa, solo agua, la inmensidad del mar lo había atraído tanto que solo veía ondas azules. Se asustó y en ese momento reconoció la grandeza del mar, pera esta ya no le daría tregua, sus olas lo empezaban a arrastrar cada vez más hacía las profundidades.

Se dijo así mismo ─bueno ya es suficiente, ahora emprendamos el retorno─, empezó a nadar con dirección de la playa, nadó por varios minutos, pero parecía que en vez de avanzar las olas lo hacían retroceder. El pánico se instaló en su mente, nadó con más impetuosidad para recobrar la playa que había dejado hacía buen rato, pero el mar le susurraba que desista de su intento porque jamás podría contra su bravura. Sin embargo, Joaquín se resistía a perder la batalla, esta vez no le ganaría la partida ─esta vez yo ganaré y saldré ileso, airoso de tus aguas─ murmuró. Las aguas se hacían más oscilantes, y por momentos le obligaban a tragar agua salada. ─Tranquilízate, sigue nadando─ se dijo para darse aliento. Nadó varios minutos más, pero el mar parecía interminable, solo veía agua que se le hizo infinitamente odioso.

La desesperación empezaba a tomar forma, el mar le quería ganar la partida y hasta el momento lo estaba logrando, Joaquín hizo acopio de todas sus fuerzas y continuó nadando. Pensó en su madre, padre y hermanos, se sintió agotado, por momentos dejaba de nadar para recuperar fuerzas y solo flotaba, pero en ese descuido el mar daba lugar a otra ola que lo obligada a retroceder aun más, ahora imperaba el miedo, por primera vez la muerte se le cruzó por la cabeza, pensó en todas cosas que quiso hacer en vida ─no es el momento carajo, no es el momento─ se repitió. Fue cuando empezó a gritar ─Enriqueeeeee, Enriqueeeeee, Enriqueeeeee, sácame de aquiiiiiiiiíí, Enriqueeeeee, Enriqueeeeee, Enriqueeeeeeeeeeee─, gritó cientos de veces, pero en su desesperación olvidó, incluso, que su amigo no sabía nadar. Continuó gritando, y cuando lo hacía no podía evitar tragar agua salada. El mar, o quién sabe, si no era el mismo lucifer que le susurraba ─no grites, no grites más, todo es en vano, nunca saldrás, esta será tu última morada─, la voz era muy grave, pausada, parecía divina, pero no podía serlo, si lo llevaba a la muerte no podía ser divino, ─debes ser la muerte, pero no me llevarás, juro que no me llevarás─, gritó exasperado. Pero ni siquiera podía pronunciar bien las palabras porque el mar le obligaba a callar haciéndole tragar más agua que lo obligaban a toser y escupir.


Nadaba y nadaba pero nunca parecía avanzar, todo su cuerpo se estaba rindiendo, las fuerzas se le iban, los brazos y las piernas se le acalambraron, empezó a silbar desesperadamente, en un último intento para que lo socorrieran. No sabía cuanto tiempo llevaba luchando por su vida, pero ya todo parecía terminar, por fin sus ojos veían la orilla, la playa, la gente, dejó de silbar, dejo de luchar y extrañamente vio como se hacía parte del mar, vio como su cuerpo se sumergía, pero mirando siempre hacia arriba, vio una luz resplandeciente, pensó en Dios, en su madre, rezó y le pareció que se había quedado dormido, muy tranquilo, ya todo había terminado…FIN