jueves, 7 de agosto de 2008

Buscando.lafelicidad

Gonzalito caminaba a ninguna parte, con la única ilusión de hallar la felicidad, aquella que buscaba desde sus primeros años en el orfanato.

La Madre Superiora le había contado, en repetidas ocasiones, que cuando lo dejaron abandonado en la puerta, en un cesto, hace ya 7 años, encontró entre otras cosas, una nota en la que sobresalía un párrafo que decía: “Mi amor, te pido perdón por lo que hago, pero no tengo otra opción. Estoy segura que estas personas sabrán darte mucho más que yo. Pero recuerda que siempre DEBES BUSCAR LA FELICIDAD, quizás cuando la encuentres, también volvamos a estar juntos. TE AMO…TU MAMI.”

Después de tanto pensarlo, Gonzalo llegó a la conclusión de que no encontraría la felicidad ni a su madre, si permanecía en el orfanato y peor aún si alguien más lo llegara a adoptar, eso significaría el alejamiento definitivo de sus más preciados anhelos y su razón de vida. Fue así que se escapó del hogar que lo había cobijado durante los últimos años, para salir en busca de mamá y junto a ella la tan ansiada felicidad.

Habían transcurrido 16 largas horas desde su huida, ya era de noche pero al niño no le importaba eso, seguía caminando con el corazón trémulo, a causa de sus esperanzas que paradójicamente iban creciendo al sentir el agotamiento en todo su cuerpecito. A medida que el cansancio se hacía insoportable, igualmente también alimentaba la ilusión de que cuando perdiera las fuerzas, encontraría lo que tanto buscaba. Caminó y camino sin saber exactamente a donde, hasta perder la conciencia.

Cuando despertó, Gonzalito estaba acostado en una cama de sabanas limpias y tibias, alguien sostenía su mano izquierda. Era una enfermera joven, de aproximadamente 30 años, ella lloraba en silencio, pero las lágrimas se le caían copiosamente. Viró la mirada y vio al pie de la cama a la Madre Superiora del orfanato, que tenía las manos juntas como si estuviera implorando.

El niño no entendía nada, no recordaba absolutamente nada de lo que había ocurrido en las últimas horas, ni siquiera como llegó hasta el hospital, pero sintió una emoción extraña en el corazón, una mezcla de desilusión y esperanza. Fue cuando la Madre se acercó, le cogió la otra mano y le dijo ─hijo mío, Dios es más grande de lo que imaginas, Él y nadie más, pudo concederte lo que tanto buscabas, he aquí tu madre.
Gonzalo, giró bruscamente al otro costado de la cama, tenía el corazón inundado de múltiples sensaciones, las lágrimas colmaron su rostro y mojaron las sabanas, contempló por algunos segundos a aquella enfermera que no había dejado de llorar un solo instante. Ella no pudo contenerse más y se abalanzó sobre su hijo, lo abrazó fuertemente y gemía diciendo ─perdóname hijo mío, perdóname, perdóname…GRACIAS DIOS MÍO, GRACIAS…!!!

Elolor.delespíritujoven

Cuando se es joven nuestro espíritu juega, danza, goza y brilla cada instante de nuestros días. Hoy que tengo 68 años, siento que las fuerzas abandonan aquel espíritu que a lo largo de tantos años se sintió poderoso e incólume. Siempre supe que llegarían estos días, pero jamás imaginé que serían tan duros, viles, aciagos.

Mi esposa, con la que compartí cerca de 45 años, se marcho hace unos meses, mis dos únicos hijos varones vienen solo de vez en cuando, acompañados de sus respectivas familias, eso es reconfortante, pero llego a la conclusión que no son más que un espejismo, porque cuando quiero abrazarme a ellos, simplemente desaparecen.

He jurado a mi alma no dejarme vencer tan fácilmente, continuaré caminando de la mano del único ser que me acompañará hasta el final. Él me enseño a lo largo de estos últimos años que la juventud se lleva por dentro y gracias a esa sabiduría sigo aferrándome a la vida.

Recuerdo cuando tenía 23 años y conocí a la única mujer que he amado en la vida, recuerdo que caminaba sola frente al balcón de mi casa, del cual me había acostumbrado a observarla todas las mañanas. Ella tenía apenas 20 años, era un ángel e iluminaba mis días.

Recuerdo que habían transcurrido varias semanas desde que la vi por primera vez y esa mañana como todas las otras, caminaba con una sonrisa dibujada en los labios, tenía los cabellos sueltos que len caían por debajo de los hombros, llevaba puesto una chompa ligera color turquesa, una falda larga que le llegaban hasta los tobillos y unos zapatos de tacos chatos. Antes de decidir acercarme a ella lo pensé mucho, pero cuanto más pensaba en ello, más convencido estaba de hacerlo.

Recuerdo que estaba a unos escasos metros de mí, la miré fijamente a los ojos, mientras ella terminaba de acercarse, desde el primer momento correspondió a mi mirada y se detuvo junto a mí, como si alguna fuerza extraña la atrajera. La tomé de las manos y le dije ─te amo y te amaré por siempre, quiero compartir el resto de mi vida contigo, ¿aceptas?.

Ella, todavía aturdida, confundida pero a la vez enormemente alagada y sin saber exactamente porqué le embargaban todos esos sentimientos tan sublimes hacia aquel hombre, de quien solo sabía que vivía de camino a su casa y que en todas las oportunidades que ella pasaba frente a su balcón, muchas veces intencionalmente, la observaba, y no pudo evitar emocionarse hasta las lágrimas y responder ─si acepto, yo también te amo y te amaré por siempre.
Recuerdo que nos casamos a los 3 meses y vivimos largos 45 años de amor y plenitud, manteniendo siempre presente aquel arrebato promisorio que solo se es capaz de alcanzar cuando sentimos el olor del espíritu joven en nuestras venas.