jueves, 7 de agosto de 2008

Elolor.delespíritujoven

Cuando se es joven nuestro espíritu juega, danza, goza y brilla cada instante de nuestros días. Hoy que tengo 68 años, siento que las fuerzas abandonan aquel espíritu que a lo largo de tantos años se sintió poderoso e incólume. Siempre supe que llegarían estos días, pero jamás imaginé que serían tan duros, viles, aciagos.

Mi esposa, con la que compartí cerca de 45 años, se marcho hace unos meses, mis dos únicos hijos varones vienen solo de vez en cuando, acompañados de sus respectivas familias, eso es reconfortante, pero llego a la conclusión que no son más que un espejismo, porque cuando quiero abrazarme a ellos, simplemente desaparecen.

He jurado a mi alma no dejarme vencer tan fácilmente, continuaré caminando de la mano del único ser que me acompañará hasta el final. Él me enseño a lo largo de estos últimos años que la juventud se lleva por dentro y gracias a esa sabiduría sigo aferrándome a la vida.

Recuerdo cuando tenía 23 años y conocí a la única mujer que he amado en la vida, recuerdo que caminaba sola frente al balcón de mi casa, del cual me había acostumbrado a observarla todas las mañanas. Ella tenía apenas 20 años, era un ángel e iluminaba mis días.

Recuerdo que habían transcurrido varias semanas desde que la vi por primera vez y esa mañana como todas las otras, caminaba con una sonrisa dibujada en los labios, tenía los cabellos sueltos que len caían por debajo de los hombros, llevaba puesto una chompa ligera color turquesa, una falda larga que le llegaban hasta los tobillos y unos zapatos de tacos chatos. Antes de decidir acercarme a ella lo pensé mucho, pero cuanto más pensaba en ello, más convencido estaba de hacerlo.

Recuerdo que estaba a unos escasos metros de mí, la miré fijamente a los ojos, mientras ella terminaba de acercarse, desde el primer momento correspondió a mi mirada y se detuvo junto a mí, como si alguna fuerza extraña la atrajera. La tomé de las manos y le dije ─te amo y te amaré por siempre, quiero compartir el resto de mi vida contigo, ¿aceptas?.

Ella, todavía aturdida, confundida pero a la vez enormemente alagada y sin saber exactamente porqué le embargaban todos esos sentimientos tan sublimes hacia aquel hombre, de quien solo sabía que vivía de camino a su casa y que en todas las oportunidades que ella pasaba frente a su balcón, muchas veces intencionalmente, la observaba, y no pudo evitar emocionarse hasta las lágrimas y responder ─si acepto, yo también te amo y te amaré por siempre.
Recuerdo que nos casamos a los 3 meses y vivimos largos 45 años de amor y plenitud, manteniendo siempre presente aquel arrebato promisorio que solo se es capaz de alcanzar cuando sentimos el olor del espíritu joven en nuestras venas.

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