sábado, 20 de octubre de 2007

Evita.volando

Evita era una adolescente de 17 años, muy introvertida, algo subversiva y perversa, tenía problemas de conducta. Bebía desde los 13 y casi siempre encerrada en su cuarto, cuando sus padres salían a trabajar. Había pisado muchas veces los consultorios de psicólogos y psiquiatras, cuando se le preguntaba por esas sesiones solía decir ─todo es pura mierda, no quiero hablar de ello.

Le encantaba leer, leía a autores como Rimbaud, Bukowski, William Burroughs, muchos más. Otra de sus pasiones era escuchar música, le fascinaban The Smiths (Morrissey), BJörk, Sex Pistols, Bob Marley, Joaquín Sabina, Enrique Bumbury, entre otros. Era realmente una chica que despertaba interés, no solo por lo complicado que podía llegar a ser su carácter, sino por su belleza, esa que inspiraba ternura, cariño e instinto de protección. Cuando estábamos juntos llegaba el clímax, justo en el momento de interpretar sus poemas, aquellos que no mostraba o leía a cualquier persona, tenía la convicción que no todos deberían tener el “privilegio” de escucharlos de sus propios labios. A pesar de que esa actitud me parecía totalmente descabellada, cuando me ofreció leérmelos, por primera vez, realmente me sentí privilegiado. Escribía sobre sus vivencias, pero desde un punto de vista muy particular, la agresión, el odio, la verdad dicha cruelmente y la sexualidad.

Cuando recién nos conocimos en el teatro, solía saludarme dándome la mano, como a todos, jamás ponía la mejilla para saludar, jamás, solo a sus amigos. En más de una oportunidad se gano muchas enemistades por esa conducta, que los demás malinterpretaban como soberbia, nada más alejado de la realidad. Dejó las tablas para dedicarse a su verdadera vocación, la danza contemporánea y para estudiar la carrera de Chef Internacional en el Instituto de la San Ignacio de Loyola.

Unos días antes, cuando le conté que me iba a trabajar a provincia, me dijo ─tenemos que hacerte una despedida a nuestro estilo─, yo le dejaba pensar que compartía muchas de sus ideas, porque no quería malograr nuestra amistad, quizá debí ser más sincero, pero tener cerca a una niña queriendo jugar a saberlo todo en la vida con solo 17 años, me parecía un labor sacrificada, así que no quería discrepar con ella, yo la quería mucho, a mi manera, pero la quería y casi siempre trataba de hacérselo saber y ella correspondía a ese cariño. Solíamos besarnos con frecuencia, pero solo eran besos de amigos, como una forma más intensa de expresar la amistad, no más, lo entendíamos perfectamente y no pretendíamos tener una relación.

No era la primera vez que nos reuníamos en mi depa para fumar unos porritos, así que cuando me lo propuso acepté de inmediato. Ese lunes luego de regresar del trabajo, llegué a mi departamento cerca de las 7 de la noche. Evita ya estaba esperando, siempre era muy puntual ─hola loquito─, me dijo al verme, se acercó, me dio un beso en los labios y me abrazó fuerte ─¿y dónde tienes la yerba, tío?─ reclamó, apenas se deshizo de mis brazos ─tranquila amorcito─ respondí. Siempre que estábamos a solas le decía amorcito, yo notaba que le gustaba, pero trataba de no hacerlo tan evidente, ella era así.

El fin de semana le pedí a un amigo, que hacía de dealer, que me traiga al depa un pedido de 30 lucas. Este amigo, solía traer la merca, pero siempre, aparte de cobrar, se llevaba un poco para su consumo personal, era como parte de pago por traerlo a domicilio.

─Cuantos wiros quieres que preparemos, mira que hace tiempo que no la veo, esa maría me trae loca ─fue lo primero que dijo al ver la yerba sobre el escritorio.
─No sé, las que podamos fumar pes, tu sabes que yo en esta vaina soy una lorna.
─Si pes, tremendo viejo y no sabes fumar hasta ahora ─dijo, y se echó a reír como una niña que hace una travesura y se sabe observada.
─¿Quieres que compremos unas chelas? ─pregunté, por las huevas, porque ya sabía su respuesta.
─No, yo paso, no me gusta mezclar chela con esta nota, quiero disfrutar el viajecito al máximo.
─Ya pes, pero yo si quiero unas chelas, ahora vengo, anda preparando los wiros, ahí tienes cigarros o rislas, como prefieras ─dicho esto, bajé a la tienda a comprar un six pack de cuzqueñas, bien heladas.

Al regresar, ya había terminado de armar tres wiros, decidió hacerlo con cigarrillos, por lo que el cenicero estaba lleno de tabaco.

─Uy chucha, que rápida resultaste, cada día te perfeccionas más en el arte del armado.
─Ya sabes pes tío, la práctica hace al maestro.
─Si pes ─reímos ampliamente.

Abrí la primera chela de la noche, sorbí, me sentía temeroso como las dos o tres veces que fumé, siempre con Evita. Pensaba que podía controlarlo, pero esa mierda no era para mí y sin embargo accedía a la invitación de esa niña, pensando que lo superaría, pero no. Las manos me empezaron a sudar, nunca le dije a Evita que sufría cuando fumaba esos porros, tenía miedo, mucho miedo. Ella creía que lo disfrutaba, como los demás, le seguía la corriente cuando estábamos en pleno viaje, aunque no puedo negar que alguna vez, cuando estaba más ebrio, sí lo disfruté, pero fue la única vez.

Teníamos poco tiempo, porque Evita no podía llegar más tarde de las 11 de la noche a su casa. Era razonable dada su corta edad, y ella siempre cumplía, a menos que hubiese pedido permiso para irse de juerga un fin de semana, pero ese día era lunes, así que ni hablar, no podía salir más de las 10 de la noche de mi depa para llegar a tiempo, eso significaba, que debíamos fumar todos los porros que podíamos hasta las nueve de la noche, para que la bajada dure aproximadamente hasta las diez, y luego se lave la cara, se moje los cabellos, se eche harto colirio a los ojos y se fuera a casa como niña buena.

─Ya tío, tú eres el que se va, así que te toca el play de honor ─extendió la mano, sosteniendo el primer wiro de la noche.
─Va por ti amorcito ─me sentí un imbécil, al hacer algo que realmente no me agradaba, solo por complacerla.
─Dale, dale, la primera hasta que te atores carajo ─dijo, sus ojos le brillaban, ansiosa porque sabía que estaba muy cerca de su primera pitada.
─Ahora te toca ─devolví el wiro y no pude evitar toser bruscamente.

El porro iba y venía, varias veces, a la tercera o cuarta pitada, ya sentía los primeros efectos, la lengua algo extraña, seca, era necesario otro sorbo de chela helada, que rico, humedecía toda la cavidad oral, pero los efectos iban mucho más allá, empezaba a sentir que mi cabeza se dilataba, que veía mejor o más claro, erguía la espalda, una sensación de alivio invadía mi cuerpo, relajado, relajado, ella me observaba, pero yo sentía que mi mirada era extraña, la desvié, empezaron las ideas tontas en mi cabeza, irse de una a otra al libre albedrío, pero entre esas ideas había una que regresaba con frecuencia, sentía la garganta cerrada, como si algo me la bloqueara, como si tuviera una manzana atragantada, lo cual me conducía a pensar que me moriría asfixiado. Trataba de salir de ese hueco, miraba la pantalla del televisor apagado que reflejaba el piso, se me venían otras ideas más placenteras, escuchaba de fondo las canciones de Bumbury, que canción de puta madre, ese tipo es un genio, ayudaba a sentirme relajado, como en una sesión de hipnosis, la música hacía las veces del reloj, que oscila frete a mí, se acabó el primer wiro, Evita prendió el segundo, con ese estoicismo que adquieren los que ya están metidos en esa mierda, mientras yo, lo cogía por inercia, lo fumaba, una y otra vez, creo que nunca había fumado tanto, me sentía muy, muy extraño, pensaba que mi expresión era de un tarado, con los ojos saltones y rojos, la mirada perdida. En cambio ella, parecía disfrutar al máximo, se perdía, su mirada era fija sobre cualquier cosa, parecía estar disfrutándolo. Me preguntaba a mi mismo, porque no podía disfrutar como ella. Nuevamente esa sensación de asfixia, debo tomar más chela para saber que mi garganta deja pasar aire a mis pulmones para estar más tranquilo, ya no tengo la necesidad de más cerveza, solo para estar seguro que mi laringe permite el ingreso del liquido y por lo tanto también del aire, que no me dejará morir asfixiado, no seas huevón, disfruta como lo hacen los demás, disfruta el viaje, imagina a Evita calata, que le estas agarrando las tetazas, que le estas bajando el lompa y que la penetras impetuosamente, ella está gimiendo, esta dejándose penetrar, pide más, más ─como vas loco─ me preguntó, devolviéndome a la triste realidad, robándome esa fantasía que empezaba a disfrutar plenamente, sin haber movido un solo dedo, sentado en el sillón al lado de la computadora, detrás del escritorio ─más o menos─, respondí. Admiraba, como podía manejarse con la yerba al tope, su cerebro debía estar atrofiado como el mío, pero podía hablar, preguntar cosas, como si estuviera lúcida, y luego de unos segundos volver a lo suyo, a perderse, solo ella sabe en que perversiones, porque sonreía, siempre sonreía, se quedaba durante largo rato perdida y luego parecía descender de algún lugar y preguntaba cosas, yo la observaba, no podía sacarme de la cabeza esa estúpida idea, me voy a morir carajo, no puedo respirar, seguramente ni me voy a dar cuenta pero no entrará oxígeno a mis pulmones y terminaré sin vida, sobre este sillón, tan cómodo. Evita, de rato en rato se paraba, caminaba, ahora está cambiando de disco, se manejaba bien con los efectos de la yerba, saca el disco, la pone en su estuche, pone otro y todo tan tranquilamente que me sorprende. Parece lúcida, de no ser por sus ojos enrojecidos, por las venas de los ojos dilatados al máximo, pensaría que no ha fumado como yo, luego se sienta, ríe, se levanta nuevamente, ahora se acerca a la ventana, que miedo, seguro que se tira, carajo, no pienses huevadas, ella sabe controlarse y solo esta disfrutando del paisaje desde una nueva perspectiva que le brinda el estar fumadaza, tu concéntrate en tus ideas, que no sean cagonas, debes volver a la fantasía de hace rato, disfrútalo, ella es tu amiga jamás la poseerás, aprovecha y tíratela en tu mente, es lo máximo que puedes hacer, estoy empezando a controlar el miedo, ya no siento la garganta tan presionada, empiezo a fumar el tercer wiro que Evita acaba de prender, no se cuanto tiempo ha pasado, pero asumo que más de dos horas, porque ya cambió de disco dos veces y de eso ya hace buen rato.

Evita se para me dice que ha pasado mucho tiempo, que debe irse, que es muy tarde, entra al baño sigue su rutina de siempre con la única diferencia, que esta vez todavía esta stone, yo sigo sentado en mi sillón, sintiéndome una mierda, pensando que mi celular está vibrando, no, debe ser mi imaginación, quien podría llamarme a esa hora, Evita me pide que la acompañe a la pista para tomar su taxi, le pregunto si está bien, ella responde que si, pero definitivamente esta mejor que yo, que todavía no puedo hablar sin pensar que digo incoherencias, para un taxi, se marcha, subo a mi departamento, seguía bebiendo las pocas chelas que, gracias a Dios, no se habían terminado. Evita había olvidado el último disco de Bumbury que puso, esta mostro ese disco, me lo tengo que comprar, ´me calaste hondo´, decía la canción y no podía dejar de pensar que ese pendejo se estaba mofando.

Luego de un largo rato, sentí por fin, que ya todo terminaba ─la bajada es más placentera─, pensé. Empezaba a recobrar la lucidez y mis sentidos nuevamente recuperaban la sensibilidad. Tenía mucha sed, al menos me sobraban chelas, para acompañar ese trance agobiante.

Barranco.paraisoterrenal

Ese fin de semana, había decidido recapacitar, recogerme. El viernes no contesté un par de llamadas, seguramente alguna invitación de mis amigos para embriagarnos y levantar algo en algún antro limeño. El sábado cerca de las 11:30 pm, cuando creí haber pasado la prueba de fuerza de voluntad, llamó mi amigo Henry. No contesté a la primera, pero cuando Henrito quiere chupar con su par, no hay quien lo pare. No pude resistir más, sabía que si salía con él, la iba pasar genial. Eran incontables las noches en las que nos habíamos perdido, solos o acompañados la pasábamos super. Este tipo era realmente increíble, brillante, dueño de un carisma con el que era capaz de levantar hasta la madre superiora de algún convento. Antes de meterse al GYM, tenía dos “pies izquierdos”, realmente era vergonzoso cuando le tocaba bailar alguna salcita, merengue, peor si se trataba de alguna canción de ritmo brasilero. Pero como era mi mejor amigo, no podía ser tan duro con él, siempre lo animaba para que siga intentándolo, lamentablemente solo llegaba ahí. Hasta que por fin en el gimnasio, aunque tenía mis dudas al respecto, lo lograron, llegué a pensar que le habían transplantado dos piernas nuevas, que le habían cambiado de todo, porque luego de tres meses, era otro tipo en la pista de baile. Había ganada una seguridad, en base a contorneos del tronco, caderas y piernas que eran inimaginables meses atrás, cuando no era capaz de terminar una pieza sin chocar con otra pareja o pisarle los pies a su acompañante de turno.

─Por haberte hecho a la difícil con tu brother, la primera ronda de tragos corre por tu cuenta ─Me dijo cuando por fin me digné en contestar.
─Estaba en la ducha ─argumenté, sin el menor éxito de que me creyera.

Henry me conocía de sobra, evidentemente sabía que no quería salir ese fin de semana por alguna razón, pero como siempre hacíamos lo mismo, convencer al otro para hacer de las nuestras, insistió.

Llegamos al boulevard de Barranco, estaba como siempre, atestado de gente con hartas ganas de divertirse. Era sábado, así que luego del arduo trabajo semanal se hace absolutamente necesaria una noche de relax total y los que no trabajaban, igual se embriagaban como si lo hicieran. Barranco es el “paraíso terrenal”, sin duda encuentras lo que buscas, chicas guapas dispuestas a todo, la jarra de chela a tan solo 12 lucas, otros tragos y por supuesto las infaltables maría, blanca nieves y demás estupefacientes espirituosos. Dimos el tradicional paseito de la noche, para checar la “mercadería”, al fin decidimos quedarnos en Isis. Este antro que hacía alusión a la diosa griega de la fertilidad, dilataba las pretensiones de afecto fugaz de los ardientes concurrentes, irónicamente nadie pretendía procrear, solo divertirse. Casi siempre nos quedábamos en el mismo lugar, la música no era precisamente mi favorita, era totalmente opuesta a lo que solía escuchar en casa, pero no venía a agasajar mis oídos, sino mis ojos y sexo. Pero para esto último tendría que trabajar un par de horitas floreando a alguna flaquita que quisiera no sentirse tan sola esa noche, alguien que quisiera compartir mi cama.

Yulissa estaba acompañada de Mónica, tenían aproximadamente entre 20 y 22 años, estaban como querían. Henry tomó la iniciativa, como casi siempre, sacó a bailar a la primera, pero no porque le gustase ella más que la otra, sino por que yo le había dicho que era mi favorita entre las dos.

─Tío, como para que la próxima te animes tu primero, le voy a caer a la flaquita de cabellos cortos, seguramente que los pendejos también los tiene cortitos como me gustan ─me dijo, restregándome en la cara mi cobardía por no haber tomado la iniciativa.
─No problem tío, igual la otra esta bien rica, esos cabellos largos y ensortijados, son perfectos para sostenerme de ellos cuando la azote en cuatro ─replique.

Henry se cagó de la risa y avanzó hacia las chicas, que ya se sabían observadas y rifadas. Yulissa solo sonrió y salió a la pista, empezó a contornearse a ritmo de una canción de Shakira, esa que te obliga a someter las caderas en un vaivén hipnótico. Yo por mi parte, caminaba de tras de Mónica que me conducía de la mano a la pista de baile. Ella me daba la espalda y fue cuando puede ver sus bien contorneadas caderas y un potito levantadito que me hicieron estallar en una semi erección que tuve que controlar, para no agredirla de entrada.

─Ya fuiste Henry, aunque me ruegues que te la cambie, no lo haré. Está escrito que yo me quedaré esta noche con Mónica ─Pense, mientras la miraba de forma muy atrevida, casi desvistiéndola con los ojos.
─Me llamo Mónica ─me dijo, rompiendo con el silencio y mi abstracción─ pero no sigas mirándome así, porque voy a pensar que eres un pervertido y me iré de inmediato ─dijo, de forma desafiante.

Yo me eché a reír, porque noté que luego de decirme ese rollo, se mordió los labios.

─Mónica lo siento, no pude evitar perderme en tus ojos y ese cuerpo que me dejó totalmente embelesado ─dije, con el único fin de lanzarle un piropo que gane terreno.
─Ahora tu me haces reír ─respondió, algo palteada y esquivando la mirada. Sin duda el piropo había cumplido su cometido.

Henry parecía haber entablado también una relación osada, lo noté por como miraba directamente a los ojos de Yulissa que luego bajaba hasta perderse en su escote. Ella simplemente se dejaba escrutar, sin el menor reproche, solo sonreía y se dejaba envolver por los movimientos de su acompañante, que hacía alarde de lo aprendido en sus clases de baile en el GYM.

Mónica y yo charlábamos muy entretenidos, a la vez que disfrutábamos de algunos roces algo insinuantes. Terminada la canción, nos invitaron a su mesa. Bailamos las siguientes dos horas, y entre baile y chelas me enteré que Mónica había terminado con su enamorado dos meses atrás, que no estaba en busca de pareja pero que no le molestaba que la afanara.

─Mientras no me parezca grosero lo que hagas o digas, todo está permitido ─aclaró, a media salcita romanticona.
─Y te parece grosero que las invitemos a mi depa luego de unas canciones más ─dije en forma temeraria, esperando lo peor.
─No para nada, acepto, pero no sé que dirá Yulissa, ahora que si ella no va yo tampoco ─condicionó.

En realidad Henry y yo, habíamos acordado invitarlas a mi depa, durante esa canción. Y quizá ellas también habían acordado aceptar cuando nosotros lo propongamos, porque durante la noche habíamos hecho comentarios de que vivía solo en mi depa de San Borja y que en varias ocasiones habíamos terminado las juergas ahí.

Luego de algunas canciones más y terminada la última jarra de chela, cerca de las 2:30 de la madrugada, tomamos un taxi y nos embarcamos a seguirla hasta el amanecer. En el camino nos detuvimos a comprar más cerveza en un grifo, compramos cuatro sixpacks como para no salir a comprar nuevamente. Y si sobraba de hecho le dábamos curso en la semana entrante. Tenía un departamento de soltero, con un solo dormitorio, pero en la sala había un par de muebles muy cómodos que de vez en cuando albergaban a algunos amantes improvisados.

Cuando coincidimos en el baño del depa, Henry se mostraba triunfador, porque decía que le había pedido a Yulissa que se quedara con él luego de la chupeta, ella había aceptado.

─Vamos a tirar más tarde Gillermin y ¿tú como vas? ─me preguntó muy emocionado.
─No tan bien como tú, todavía no le he propuesto que tengamos sexo ─respondí algo afligido.
─Pero seguro que sí Gillermin, si no quisiera nada, no estaría acá y por la manera en la que te chapa, ya pues, eso dice mucho, no crees.
─Si tienes razón tío─ concluí.

Al salir nos dimos cuenta que ellas conversaban en voz baja, seguramente poniéndose de acuerdo en lo que iban hacer. Las chelas casi se habían acabado, quedaban unas cuatro o cinco, nada más.

─Puede quedarse Mónica en tu depa, es muy temprano para que ella llegue a su casa porque dijo que se quedaría en la mía y yo pienso irme con Henry a terminar la noche, tu me entiendes verdad ─me dijo Yulissa, muy directa, sin paltas.
─No te preocupes Yulissa, ella puede quedarse si quiere.

No terminé de responder y ya estaba de pie, prendiendo el último cigarrillo que nos quedaba, para emprender el viaje al hotel más cercano. Mónica, un poco más recatada se mostró algo avergonzada por la frescura de Yulissa. Sin embargo, asintió cuando le pregunté si quería quedarse conmigo.

─Tienes un condón verdad ─fue lo primero que me preguntó Mónica luego que partieran Henry y Yulissa,
─Si si, claro ─apenas atiné a responder, un poco sorprendido por la invitación vertiginosa que me hacía.

Terminamos nuestras chelas y sin decir una sola palabra, la cogí de la mano y la conduje hasta mi habitación. Prendí la luz para poder ver cada centímetro de su cuerpo. Empezó a quitarse la ropa, llevaba puesto un top color blanco, semi transparente, debajo llevaba un brasier del mismo color, que mostraban unos senos bien paraditos y con los pezones erguidos. Sentí de inmediato como se me endurecía el pene, pugnando por salir del claustro donde se encontraba.

─¿Qué, no piensas quitarte nada? ─me dijo, sacándome de mi ensimismamiento.
─Claro que sí, como crees entonces que te voy a penetrar ─respondí algo exaltado por la excitación.

Ella sonrió mostrando algo de nerviosismo. Rápidamente me saqué el polo y el pantalón, me quede en calzoncillos, que mostraban mi pene erecto.

─Uy, estamos bastante excitados ─dijo, lanzando una mirada lujuriosa a mi miembro duro.

Se quito el pantalón con algo de dificultad porque le quedaba apretadito, ya estaba en ropa íntima como yo. Se estiró y dio la vuelta, como haciendo un paso de bailarina y me dijo ─te gusta lo que ves─. Yo simplemente no podía creer lo que veían mis ojos. Llevaba puesto un hilo dental que no dejaba nada a la imaginación, esos glúteos blanquitos y bien paraditos eran míos, por lo menos por esa noche. Me acerqué a ella que todavía me daba la espalda y le hice sentir mi sexo, apretándola contra la pared y la escuche gemir de excitación. ─no, no, espera, no podemos seguir si no te pones el condón─ dijo algo aturdida. Me alejé por un segundo y saqué de la billetera un preservativo. ─Quieres que te lo ponga yo─, me dijo sin reparos. Yo simplemente asentí y le entregué el ponchito que ella colocó con mucha avidez. No aguanté más, la tire en la cama, le abrí las piernas muy suavemente y me tendí sobre ella. No la penetré todavía, jugué unos segundos con mi glande y su clítoris sobre su hilo dental, luego acomodé el pedazo de tela que me impedía entrar en ella, y le encajé un certero empujón, que le hizo lanzar un grito entre doloroso y placentero. ─wuauuu─ sollozó complacida. Según me había contado en la madrugada, ella no tenía relaciones cerca de dos meses y medio y que las últimas veces que estuvo con su enamorado no tuvo un orgasmo, porque le había nacido cierto rechazo y resentimiento por las constantes peleas y agravios de parte de él. Así que no me iba a permitir terminar rápido, me mordería la lengua si fuera necesario, para poder durar más, hasta que ella alcanzara un orgasmo. Pero no fue necesario, Mónica resultó ser una chica multiorgasmica, eso me excitó mucho más, penetrándola impetuosamente. Luego de dos eyaculaciones mías, ella había alcanzado seis o siete orgasmos. Terminada la faena conversamos muy poco, caímos rendidos por el cansancio y el alcohol.

Cerca de las nueve de la mañana, me despertó, estaba asustada ─es muy tarde, mi mamá seguramente va llamar a la casa de Yulissa y me cago, tengo que irme, ¿dónde está mi brasier?.─ me reclamó, como si yo supiera donde había botado su ropa, pero no dije nada. Yo pensé que al despertar tiraríamos una vez más, pero estaba visto que no. ─Cambiáte, para que me embarques, que esperas─ ordenó. Me vestí rápidamente, no me puse calzoncillo porque no lo encontraba, bajamos corriendo los cinco pisos del edificio, la oí maldecir porque eran muchas gradas, al fin llegamos a la pista y tomó un taxi. ─Me llamas en la noche─ gritó mientras el taxi aceleraba. Nunca volví a verla.
Regresé a mi cama, y dormí hasta las dos de la tarde. Definitivamente ese era uno de los privilegios de vivir solo, nadie te jodía después de una noche de tragos y felizmente el edificio donde vivía estaba super tranqui, no se escuchaba el menor ruido afuera, parecía que todos habían salido, o quizá solo estaba tan borracho, todavía, que no sentí nada.

Mamá.tevi

De vuelta a mi depa, la noche empezaba a caer, me sentía fatal, el cargo de conciencia mellaba mi alma, ni siquiera me había dado una ducha y eso agravaba la situación, ya no sabía lo que quería, si llamarla, conversar con ella o simplemente dejar las cosas como estaban, total ya faltaban solo horas para largarme de esa puta ciudad. Empezaría nuevamente a trabajar y olvidaría lo ocurrido la noche anterior, aunque eso de olvidar es solo un decir, porque esas cosas nunca se olvidan, pero el tiempo se encargaría de hacer que lo sucedido solo lo recordara como un anécdota más, como muchas otras veces.

Subí a mi departamento, muy lentamente, encontré a una vecina en el cuarto piso, una señora a quien siempre me esmeraba en saludar porque creía que era diferente a las demás, en aquel edificio, pero esta vez, ni siquiera levanté la mirada, seguí mi camino hasta el siguiente piso, abrí la puerta, cerré muy despacio luego de entrar, me despojé de la ropa que aun olía a cigarros, me quedé totalmente desnudo, me miré al espejo y vi una cara demacrada, tenía los ojos hinchados y rojos producto de los excesos y de las más de treinta horas sin quitarme los lentes de contacto, las expresiones del rostro más marcadas que de costumbre, los ralos bigotes y la barba sin afeitar oscurecía aun más mi rostro trigueño y los cabellos algo grasientos y desordenados. Vi un rostro que creí por un momento no era el mío, ese no podía ser yo, siempre me imaginé bueno, buen hijo, buen hermano, buen amigo, el que tenía al frente se veía malo, envejecido, triste, solo, hundido y humillado y maldije el momento en que cambió mi vida, aunque nunca supe con exactitud en que momento había ocurrido todo eso. Cerré los ojos y juro que pude ver una imagen muy tierna, era mi madre sentada sobre un banco sosteniendo en sus brazos un bebé, ese era yo, mi madre se veía muy joven como en las fotos que ella me mostraba cuando aun vivía, fotos de sus años de vida universitaria, tenía el cabello negro, muy lacio, hermoso, caía sobre sus hombros, llevaba puesto un atuendo difícil de describir, parecía sacado de aquellos retratos bíblicos, blanco muy blanco que resplandecía. No podía distinguir el rostro del niño, sabía que era yo pero no podía verlo, ella se movía cadenciosamente, seguramente con el afán de arrullarme para hacerme dormir. Quise permanecer con los ojos cerrados, lo que veía era algo magnánimo, ese tipo de visiones solo las tenía en sueños, era la primera vez que soñaba despierto, imagino que fue una imagen que llegó a rescatarme de aquel abatimiento, rescatarme como solo sabía hacerlo mi madre en vida, con frases dulces y alentadoras, que hacían parecer cualquier problema como algo tan sencillo que terminaba riéndome de aquello que me compungía. Pero algo me impidió seguir acurrucándome en los brazos de mamá, algo me devolvió a la realidad, con los ojos bien abiertos, pero ya no sentía tal tristeza que me deprimía trágicamente antes de cerrarlos. Dicen que en los peores momentos, el hombre siempre recuerda a su madre, no importa la edad que tenga, y eso parecía ser muy recurrente en mi caso. Entré a la ducha, el agua estaba fría, pero esta vez agradecí que fuera de ese modo, era lo que mi cuerpo necesitaba, mi mente, mi alma, me paré algunos minutos bajo los hilos de agua fría, de mi cuerpo se desprendía un vapor que extrañamente me devolvía la calma.

Cuando aun seguía mi terapia de “purificación” en la ducha, me sobrevino otra vez una rara sensación de preocupación por ella, terminé de ducharme, me mude de ropa y de inmediato marque nuevamente su número. Esta vez me contestó alguien que no era ella, era una voz más grave, como de una mujer mayor, me invadió el pánico pero no corté.

Freddy.busca"amor"

Cerca de las 11 de la noche, sonó el intercomunicador, era Freddy, un amigo del trabajo que quería tomarse unas chelas conmigo.
─Sube está abierto ─dije, luego de levantar el intercomunicador.
Freddy traía dos six pack de medio litro, en lata.
─Que ricas chelas y justo a tiempo, esta era la última ─dije, a manera de saludo, levantando mi cerveza.
─Hola amigo, te he buscado como germita templada toda la tarde, donde te metes, debes tener como 15 llamadas perdidas en tu celular ─reclamó.

Durante las dos horas y media que estuvimos libando nuestras ricas chelas, Freddy no hizo más que hablarme de su corazón roto y pisoteado por una mujer con la que compartió más de dos años. Pero a la vez, parecía que estuviera narrando la historia de otro. En algún momento me dio la impresión que en el fondo se sentía aliviado, porque no la quería y estaba a su lado solo por costumbre, pero una infidelidad siempre es agobiante, perturbador, y se estaba desahogando conmigo. Sin embargo, al terminar la historia, dejo todo atrás, solo tenia la necesidad de contar su historia a alguien y yo era bueno para eso, sabía escuchar.

Cerca de la 2 de la madrugada, se acabaron las cervezas que Freddy trajo, yo pretendía acostarme.

─Quiero bailar carajo, vamos a una disco ─dijo Freddy.
─No tío, no pasa nada, mejor la terminamos aquí nomás, además es lunes, todas las discos deben estar cerradas o vacías ─dije, pretendiendo que desista de esa idea.
─Tú estas tranquilo porque tienes un culito para tirar, y yo─, reclamó, realmente compungido.
─No es eso carajo, te lo digo porque seguro que no encontramos nada, menos en este estado.

Traté de que cambie de opinión, pero fue en vano, insistió tanto, que al final terminé aceptando. Salimos del depa y enrumbamos al Tayta, llegamos al toque, porque a esa hora casi no hay tráfico, todas las luces de los semáforos parpadean en rojo, solo en algunas avenidas principales, todavía anuncian las luces verde, ámbar y rojo.

─Ya no se puede ingresar ─dijo, el gorilón que estaba en la puerta.
─Pero porque, si recién son las dos ─preguntó Freddy.
─Le digo que ya nadie entra, estamos a punto de cerrar, no insista señor, además ustedes están ebrios ─replicó el mastodonte que estaba al otro extremo de la entrada, y se movió con la intención de cerrarnos definitivamente el paso.
─Esto es racismo, discriminación, me voy a quejar a las autoridades, en mi tierra no pasa esto carajo ─contraatacó Freddy.
─Señor, por favor entienda, los lunes acostumbramos a cerrar temprano porque no hay mucha afluencia, no tienen nada que ver esas cosas que usted menciona ─contestó el gorila, ya más calmado, con maneras.
─Igual me voy a quejar, mañana tendrán noticias mías, se los aseguro ─dijo Freddy, mientras yo trataba de jalarlo, para retirarnos.

Estaba abochornado por las cosas que decía mi amigo, siempre frecuentaba ese antro y jamás percibí algo de discriminación o racismo, debía ser cierto lo que decían esos tipos.

─Freddy, vamos!, estos señores solo hacen su trabajo, si quieres vienes mañana y los demandas, pero ahora nos vamos, ok ─lo jale unos pasos más atrás.
─Solo estoy actuando, no te das cuenta. No funcionó el plan uno, pero volvamos y le damos un sencillo y seguro que ahí si nos dejan entrar, además tú me has dicho que aquí vienen chicas guapas, y no estoy dispuesto a irme sin una de ellas.
─Freddy entiende, solo hacen lo que les han ordenado, no es que quieran que los sobornes, por favor entiende ─dije, tratando de hacerlo entrar en razón.
─Ok, está bien, entonces a donde vamos.
─No sé, a donde quieres ir.
─Tu sabes que yo no conozco bien por aquí.
─Tu quieres mujeres verdad ─dije─, bueno en ese estado nadie en una discoteca te va hacer caso, mejor nos vamos a un night club.
─Pero eso es lo que trataba de insinuar en tu departamento y tú nada carajo.
─Si me di cuenta cabrón, taxi.

Le pedí al taxista que nos llevara a Las Palmeras, un puti club que había visitado un par de veces, quedaba en San Juan de Miraflores, en la cuadra once de la avenida Los Héroes, frente al ex cine Susy. En el camino le contaba a Freddy que llegué a ese night por la invitación de un amigo con el que coincidimos en la cabina de “Radio OK”, en el casting que había organizado meses atrás para conseguir nuevos talentos, claro que ninguno de los dos ganó, pero resultó que Armando animaba en Las Palmeras, me dio su tarjeta juntamente con un vale por dos jarras de cerveza, fue así, le decía, que conocía ese hueco.

─Aja, entonces nos van a atender como reyes, si somos amigos del animador, seguro que nos tocan las mejores putitas ─dijo, totalmente emocionado.

Solo sonreí, Freddy empezó a alucinar las cosas que haría con las chicas del night club, cómo las quería, que prefería tetas grandes a los culos enormes, como iba a sacar a alguna para que le hiciera el favorcito, esa noche.

Entramos y las chicas que estaban libres se abalanzaron hacia nosotros, yo preferí esperar, no hablé con nadie, además ya tenía una amiguita que siempre fichaba conmigo, yo era de las personas que prefería la compañía de alguna chica bonita y conocida, con quien podía chapar rico y que ella no se sintiera obligada solo por ser su trabajo. En cambio Freddy, que estaba muy borracho, acariciaba a las chicas que podía desde que entró, le metía mano a cualquiera que cruzaba por su camino, sin importar que ya estuviera fichando con alguien más. El mozo, le pidió que no sea tan atrevido, porque alguno de sus acompañantes podría enojarse y no querían peleas en ese lugar. Me dirigí a la cabina, donde encontré a Armando, como siempre, con los audífonos en los oídos y cuadrando la siguiente canción, dio la vuelta y me saludo efusivamente. Le pedí que se dé un tiempito para acompañarnos a tomar unas chelas y me respondió que aun era muy temprano, que dentro de un rato más bajaría.

Cuando volví a nuestra mesa, Freddy ya estaba tratando de escabullir sus manos entre las piernas de su acompañante, era una chica de piernas largas, muy bien formadas, de piel canela, grandes tetas como le gustaba a él y un rostro bastante maquillado, era simpática, decía llamarse Camila, pero obviamente era solo su nombre de combate. Me acerque, saludé a Camila y me senté a tomar la cerveza que ya había pedido Freddy, hice un ademán para llamar al mozo, él ya me conocía de veces anteriores que había ido a ese lugar, o eso creía.

─Brother, puedes pasarle la voz a Luz ─le dije, algo palteado.
─Luz esta fichando en los privados y tal vez se demore, no quieres que te traiga a otra nena ─respondió, mostrándome el ramillete de chicas que se encontraban cerca de una estufa eléctrica, tratando de abrigarse del frío invernal de Lima, que de seguro sentían aun más con esas prendas diminutas y transparentes.
─No, no te preocupes, yo espero, pero avísale que estoy acá por favor ─dije, pensando que se acordaría de mi nombre, porque la última vez que visité ese lugar terminamos tomando con Armando, él y otro mozo.
─Me dices tu nombre por favor ─preguntó muy formal.

Pensé que era un tipo extraño, quien chelea contigo un día y al otro te trata como un total extraño, no sabía si lo hacía porque se lo exigían en su trabajo, o porque no se acordaba de mí, no quise discutir el tema y solo le dije mi nombre y se retiró con dirección a la otra sala, los privados, lo llamaban así porque tenía poca iluminación y cuartos minúsculos separados con cortinas.

─Salud compadrito, por Camila que está para comérsela ─dijo Freddy, con una voz ronca, producto de las horas de tragos que hace rato habían hecho efecto en nosotros.

Levante mi vaso y brinde con ellos.

─No seas tímido, porque no invitas a una de esas nenas que están al frente ─dijo, mientras estiraba su mano derecha sobre los hombros de Camila, alargándolos hasta alcanzar sus senos que se traslucían.
─Si si, no te preocupes, ya mandé por una amiguita que siempre me hace compañía cada vez que vengo aquí.
─Tu siempre fichas con Luz, verdad ─preguntó Camila, echándose hacía adelante y con ello zafándose de las manos inquietas de Freddy.

Respondí afirmativamente, pero mientras trataba de argumentar el porque, me di cuanta que estaba botando la cerveza.

─No te pases pues Camila, estamos borrachos pero nos damos cuenta, nosotros venimos acá para conversar, pasarla bien, pero si vas a botar la cerveza, mejor pedimos que venga otra chica, ok ─le reclamé, severamente.
─No sorry, sorry, no fue mi intención, se me cayó mientras me agachaba ─se defendió.

Aceptamos sus disculpas, pero de seguro después de esa llamada de atención ya no volvería hacerlo. Seguimos tomando, yo seguía solo, Freddy no perdía el tiempo, metía las manos y la lengua donde podía, a veces bailaban y era más jodido para la chica, porque él se acercaba mucho a ella, la cogía del trasero con las dos manos y la levantaba, Camila solo gritaba y trataba de zafarse, pero era inútil, igualmente volvía a cogerla. Tomamos cuatro o cinco botellas de cerveza, cada una costaba 25 soles, y por cada botella a Camila le entregaba una ficha de 5 soles, era su comisión por cerveza consumida, a ella le convenía que yo no llame a nadie, porque si lo hacía, tenia que compartir la ficha con alguien más, eso significaba que solo le darían una comisión de 2.50 por cada botella. Ella estaba muy contenta de que yo siga esperando a Luz, se esmeraba para que ambos la pasemos bien, claro que yo no la tocaba ni besaba, pero hablaba conmigo, para que me sintiera cómodo y no aislado, era una joven astuta.

Justo cuando pensaba en pedir la compañía de otra chica, porque al parecer Luz estaba fichando con un tipo de mucho dinero, y no pensaba dejarla así nada más, Freddy regresaba del baño, le metió mano a una de las chicas, como toda la noche había hecho, que estaba fichando con un tipo cincuentón, un tipo alto, blanco, bastante arrugado, pero de porte atlético, vestía elegantemente, pero se notaba que ya estaba borracho, los ojos vidriosos, enrojecidos. Levantó la mano, la empuño y derribó a mi amigo de un solo golpe, todo esto en solo un par de segundos. De inmediato el personal de seguridad del lugar, antes de que Freddy se pudiera levantar ni entender siquiera que había pasado, se abalanzaron hacia mi amigo y el anciano que tenía al frente, y los condujeron a rastras hasta la puerta, no fue una invitación, fue más bien un expulsión violenta. En mi desesperación de terminar la chela ya pagada, llené mi vaso varias veces, tomé rápidamente, derramando por momentos el contenido por la comisura de los labios. Salí corriendo y encontré a Freddy insultando al los de seguridad, lo abracé y sin decirle nada lo conduje a la esquina de la cuadra.

─Que hacemos ahora ─me dijo, insinuando que quería seguirla.

Levantó la mano para detener un taxi, le dijo algo al taxista, y me pidió que suba, yo estaba muy borracho y todavía palteado por lo sucedido, pensé que íbamos a comprar algunos tragos e iríamos a mi depa, pero luego de algunos minutos, después de haber tomado la vía expresa, cosa que me parecía extraño porque para llegar a mi depa desde donde estábamos, era mejor tomar otra ruta, el taxi continuó su trayectoria, cuando creía que tomaría la Javier Prado ya estaba entrando por la avenida Iquitos hasta el parque Manco Cápac, para entonces ya me había dado cuenta de las intenciones de Freddy. El taxi nos dejó en la esquina de Iquitos con 28 de Julio, bajamos sin medir el peligro, definitivamente estábamos muy ebrios, no caminábamos en línea recta, zigzagueábamos, buscando a la primera chica fácil que quisiera acompañarnos. Eran aproximadamente 5:30 de la mañana, todavía estaba oscuro, pero no faltaba mucho para notar los primeros rayos del sol. Imagino que las chicas trabajan hasta cierta hora o todas habían encontrado clientes, porque caminaba detrás de Freddy que buscaba impetuosamente por las cuadras aledañas al cruce donde nos dejó el taxi y no encontramos una sola chica. Por fin, exhausto, pero sin intención de rendirse, Freddy cogió otro taxi, esta vez le pidió que nos lleve a la cuadra 21 o 22 de la avenida Arequipa, a la altura de Risso.

─Ahí si encontramos a una putita rica ─me dijo─. Chochera, cierto que encontramos putas a esta hora por la Arequipa ─preguntó al taxista.

El taxista era un tipo mayor, de aproximadamente 60 años, canoso, trigueño, estaba visiblemente somnoliento, y se notaba que respondía afirmativamente solo para no perder la carrera.

─Mi amor cuanto cobras ─le dijo, a la primera putita que encontramos a la altura del Banco Continental de Risso.
─Para un cuero como tu, treinta soles papi ─respondió, con una voz fingida, tratando de agudizarla.

Realmente parecía una chica, por los senos, el trasero, pero no!, era un transexual, que empezó a mostrar sus falsos seños, pero muy bonitos.

─Fuera cabro de mierda, vete a la conchetumare y que te cache un burro ─gritó Freddy, enfurecido.

A mi me pareció muy gracioso, Freddy estaba tan desesperado y la primera que encontrábamos era él y no ella, me eché a reír a carcajadas, el taxista solo sonrió, pero se contuvo, para no burlarse.

─De que te ríes carajo ─me pregunto Freddy, muy molesto.

No contesté nada y solo dejé de reírme, pero no podía contenerme y se me escapó otra carcajada. Ya estaba amaneciendo. Freddy le pidió al taxista que nos deje en la Javier Prado. Cuando estábamos en el paradero, me dijo que no pensaba darse por vencido y que lo acompañe hasta Huachipa, que él conocía un hueco limpio, había decidido ir a un prostíbulo, tomamos la JV, porque un taxi hasta allá nos quería cobrar 30 soles y Freddy no quería pagar esa cantidad. Yo no sé en lo que pensaba exactamente, seguramente en el fondo, también quería encontrar una chica fácil para tirar y satisfacer esa necesidad animal que tenemos los hombres, a veces con mayor arrebato, cuando estamos alcoholizados, pero no quería admitirlo, solo seguía a mi amigo, como quién no quiere la cosa.

Luego de una hora y media llegamos al último paradero de la línea JV, nos habíamos quedado dormidos, el cobrador nos despertó, tomamos un mototaxi, llegamos al prostíbulo, pero para colmo de males, el lugar abría de 11 de la mañana hasta las dos o tres de la madrugada, dependiendo del público, mi reloj marcaba 8:40 de la mañana, ya se me estaba pasando la borrachera.

Le pedí a Freddy que nos fuéramos a descansar, pero Freddy no me hizo caso, continuó tocando insistentemente el portón rojo. Al rato apareció el vigilante del lugar, nos gritó que no había atención, que no insistiéramos. Al fin resignado desistió y subió al mototaxi que nos había llevado hasta ahí, le dije que nos llevara de vuelta a la avenida. Freddy se quedó mudo, no dijo una sola palabra más, parecía derrotado. Desde entonces, empecé a tomar las decisiones, llegamos a la avenida, tenía mucha hambre, vi que vendían desayuno en el restaurante de la esquina, lomo saltado, tallarines rojos, café, entre otras cosas, entramos, pedí dos desayunos. Cuando terminamos, Freddy al fin decidió hablar.

─Ya estoy casi sano carajo, me da una bronca, nunca me había pasado esto ─dijo, como tratando de excusarse por el comportamiento excéntrico que había tenido.
─No te preocupes hombre, a cualquiera le pasa, solo que a ti no se te abrieron las puertas ─me atreví a bromear.

Terminamos de desayunar, me sentía mucho mejor y más sobrio.

Claudia.ladespedidaenmedialuna

Al subir las gradas desde el sótano hacia la calle, me di cuenta que estaban esperándome, pensé que solo se despedirían con un apretón de manos, un abrazo o un beso en el caso de las chicas, pero habían acordado hacerme una despedida “como Dios manda”, era fin de semana y ya teníamos la excusa perfecta para ir a chupar hasta el amanecer.

Enrumbados al Taita, una discoteca que está en la segunda cuadra de la Av. Larco, frente al Parque Kennedy. Los fines de semana, después de clases, siempre solíamos visitar ese antro. Esta vez fueron más personas que de costumbre, me sentí muy alagado por la compañía, normalmente solo caíamos los más bohemios, entre 5 o 6 personas, pero esa vez, conté 12. Los tragos empezaron a llegar uno tras otro, a medida que íbamos embriagándonos, la despedida se hacía más efusiva, sobre todo de quienes empezaron a caer más rápido. En ese tono, cerca de las dos de la madrugada y gracias a la complicidad de algunos tragos de más, me enteré, de los labios de la propia Claudia, que había alimentado una ilusión basada en la admiración. ─Me encanta la espontaneidad que muestras siempre en las clases de impro, que seas ingeniero y que a la vez tengas un arraigado interés por el arte, normalmente esas dos perspectivas de vida no van de la mano, pero en tu caso es totalmente natural. Me fascina tu desenfreno a la hora de bailar, tu sencillez, tu carisma─ dicho todo ello, no pude evitar ruborizarme y sentirme muy alagado.

Claudia, interpretaba a Tatiana en la obra “Lágrimas, sexo y amor”, trabajamos muy de cerca, como lo habíamos hecho con los demás integrantes del proyecto, pero al parecer ella había sentido cierto acercamiento, que yo nunca supe percibir. Ella tenía 19 años, le llevaba 8 y al parecer eso la inquietaba aun más. Era una chica guapa, no muy alta, pero con una figura extraordinaria, fruto de largas sesiones en el gimnasio, era impetuosa en todo lo que hacía. Le gustaba mucho ir a fiestas, como a la mayoría de chicas de su edad, le encantaba bailar y exhibir su ombligo con tops bien ajustaditos y diminutos.

─Realmente me sorprendes Claudia, yo pensé que estabas muy enamorada de Ernesto, tu misma me contaste que lo querías mucho y que llevan juntos cerca de seis meses ─dije, con el único fin de llevar a otro terreno la conversación.

─Ustedes los hombres son unos tontos, verdad, nunca se dan cuenta cuando una chica se interesa por alguien, cuando decimos algo solo para llamar la atención, no saben nada carajo! ─me respondió algo fastidiada.

─Lo siento Claudia, no pensé que lo tomarías de esa manera, es mejor que cambiemos de tema, ¿no crees? ─me sentí apenado, sin saber que hacer.

─Si, tienes razón, pero la que lo siente soy yo, sorry, deben ser los tragos, seguramente mañana me voy arrepentir de todo lo que dije ─parecía que había despertado de un sueño, dio una larga pitada a su cigarrillo, luego tomo un gran sorbo de chela, y exhaló el humo que retuvo, como si con ello también estuviera suspirando largamente.

─No tienes nada de que preocuparte Claudita, eres una de las chicas mas guapas de la clase y el que se va arrepentir mañana de todo esto soy yo, seguramente me voy a reprochar porque no te estampé un chape aprovechando el pánico ─reí nerviosamente, pero era cierto, ya me sentía un gran tonto por no darle un beso con lengua y pensé que ya era demasiado tarde.

─Esa es una de las razones por la que me gustas, la manera tan directa en que dices las cosas ─mientras decía eso, se acercaba a mis labios─, pero la noche no ha terminado todavía ─continuó acercándose y cerró los ojos.

Sus labios eran carnosos y extremadamente suaves, algo melosos, sentí su lengua fría por la cerveza helada que había tomado segundos antes, el humo todavía ocupaba su cavidad bucal, fue un beso delicado, pausado, tierno, hasta que después de algunos segundos me mordió suavemente el labio inferior y se retiró sonriendo y aún mirándome a los ojos. Los chicos que se encontraban muy cerca de nosotros no pudieron evitar hacer chacota.

─Uuuuuuuuu, se lo tenían bien guardadito, no! ─dijo Andreita.

Todos hicieron comentarios parecidos por varios segundos, pero nadie se atrevió a preguntar concretamente como habían sucedido las cosas. Noté que todos habían asumido que, lo ocurrido, no era solo de esa noche, que ya teníamos una relación o algo así. Nosotros nos palteamos pero tampoco aclaramos nada, solo sonreímos y seguimos bebiendo.

─Es mejor que piensen lo que les parezca, así no tenemos que dar más explicaciones. ─dijo Claudia, coincidiendo totalmente con lo que yo había pensado.

La gente empezó a retirarse del lugar. Algunos de los que fueron con nosotros de igual manera, se iban solos o en pareja. Después de ese beso con Claudia no paso nada más, tampoco hicimos más comentarios de lo sucedido. Ella se fue cerca de las cuatro, se despidió con un beso en la mejilla algo desviada a manera de media luna sobre mis labios, me guiño el ojo derecho y dijo ─hasta pronto, seguro que la haces linda en la selva, pero suave con las charapitas, dicen que son bravas.

Al final solo me quede con Jesús y un compañero de primer año del teatro, que también se había sumado a la chupeta, terminamos hablando de los viajes que Jesús había hecho a Europa, su paso por Chile y otros países latinoamericanos, viajes que logró hacer gracias a su trabajo. Era un tipo que bordeaba los cuarenta, era soltero todavía, se definía como una persona que ya estaba dejando la vida bohemia, porque los años le estaban “pasando factura”. Nos retiramos cuando casi estaba amaneciendo. Me llevó en su coche hasta mi departamento y luego se fue haciendo chillar las ruedas de su auto. Subí, los siempre jodidos, cinco pisos del edificio donde vivía, me eché a la cama sin quitarme la ropa, definitivamente ya estaba ebrio y me quedé dormido rápidamente.

viernes, 19 de octubre de 2007

Nadia.nopudoserlafirme

Mientras esperaba que alguien llame a mi puerta para darme un trabajo eventual, seguía vagando a fuerza. Durmiendo hasta el medio día, a veces un poco más. Siempre he escuchado que las personas no pueden dormir en horas del día, por el ruido en las calles o los rayos solares que ingresan provocadores por la ventana. Ese no es mi caso, yo podría dormir todo el día. Después de escuchar tantas quejas al respecto, asumí que tenía un don, que era un privilegio poder dormir tanto como quisiera. Amaba la cama y no solo porque podía dormir muchas horas seguidas, además porque ella era mi mejor cómplice en aquellas sesiones calidas y húmedas.

Esa mañana, mejor dicho esa tarde, porque el reloj marcaba las 12:36 pm, desperté al lado de una eventual amante, su nombre era Nadia. Hacia honor a su nombre, porque solo aparecía cuando la llamaba y luego se esfumaba, no se quejaba, no reclamaba. Era feliz siendo mi amante, quizá de otros más, pero eso no me interesaba y asumo que a ella tampoco. ─Te amo!─, me decía cada vez que tenía un orgasmo. Pero ella y yo sabíamos que esa frase era solo para decorar la sesión. A mí me gustaba escucharla, me hacía sentir bien, creía que era una manera de decirme gracias por el polvo, estuvo bueno. Siempre conversábamos de cosas muy superficiales, no era una chiquilla brillante, pero tampoco era wekis ─buenos tardes caballero, ya es hora de desayunar─, me dijo. A pesar que las veces que nos quedábamos juntos, dormíamos hasta tarde y ella siempre repetía lo mismo. Me causaba gracia, esa manerita tan pícara de decirlo y nunca parecía que recién se hubiese despertado. Tenía unos ojazos color miel oscuro, que uno fácilmente se podía perder en ellos, 20 años, guapa, atenta, delicada, de formas muy curvilíneas, pero no podía ser la firme, era Nadia. Había algo que me impedía enamorarme de ella, algo que nunca supe definir con exactitud.

Preparó un poco de jugo de naranja, un par de sándwiches de queso, que compartimos en la cama. Al rato se fue a casa o quien sabe a donde.