Evita era una adolescente de 17 años, muy introvertida, algo subversiva y perversa, tenía problemas de conducta. Bebía desde los 13 y casi siempre encerrada en su cuarto, cuando sus padres salían a trabajar. Había pisado muchas veces los consultorios de psicólogos y psiquiatras, cuando se le preguntaba por esas sesiones solía decir ─todo es pura mierda, no quiero hablar de ello.
Le encantaba leer, leía a autores como Rimbaud, Bukowski, William Burroughs, muchos más. Otra de sus pasiones era escuchar música, le fascinaban The Smiths (Morrissey), BJörk, Sex Pistols, Bob Marley, Joaquín Sabina, Enrique Bumbury, entre otros. Era realmente una chica que despertaba interés, no solo por lo complicado que podía llegar a ser su carácter, sino por su belleza, esa que inspiraba ternura, cariño e instinto de protección. Cuando estábamos juntos llegaba el clímax, justo en el momento de interpretar sus poemas, aquellos que no mostraba o leía a cualquier persona, tenía la convicción que no todos deberían tener el “privilegio” de escucharlos de sus propios labios. A pesar de que esa actitud me parecía totalmente descabellada, cuando me ofreció leérmelos, por primera vez, realmente me sentí privilegiado. Escribía sobre sus vivencias, pero desde un punto de vista muy particular, la agresión, el odio, la verdad dicha cruelmente y la sexualidad.
Cuando recién nos conocimos en el teatro, solía saludarme dándome la mano, como a todos, jamás ponía la mejilla para saludar, jamás, solo a sus amigos. En más de una oportunidad se gano muchas enemistades por esa conducta, que los demás malinterpretaban como soberbia, nada más alejado de la realidad. Dejó las tablas para dedicarse a su verdadera vocación, la danza contemporánea y para estudiar la carrera de Chef Internacional en el Instituto de la San Ignacio de Loyola.
Unos días antes, cuando le conté que me iba a trabajar a provincia, me dijo ─tenemos que hacerte una despedida a nuestro estilo─, yo le dejaba pensar que compartía muchas de sus ideas, porque no quería malograr nuestra amistad, quizá debí ser más sincero, pero tener cerca a una niña queriendo jugar a saberlo todo en la vida con solo 17 años, me parecía un labor sacrificada, así que no quería discrepar con ella, yo la quería mucho, a mi manera, pero la quería y casi siempre trataba de hacérselo saber y ella correspondía a ese cariño. Solíamos besarnos con frecuencia, pero solo eran besos de amigos, como una forma más intensa de expresar la amistad, no más, lo entendíamos perfectamente y no pretendíamos tener una relación.
No era la primera vez que nos reuníamos en mi depa para fumar unos porritos, así que cuando me lo propuso acepté de inmediato. Ese lunes luego de regresar del trabajo, llegué a mi departamento cerca de las 7 de la noche. Evita ya estaba esperando, siempre era muy puntual ─hola loquito─, me dijo al verme, se acercó, me dio un beso en los labios y me abrazó fuerte ─¿y dónde tienes la yerba, tío?─ reclamó, apenas se deshizo de mis brazos ─tranquila amorcito─ respondí. Siempre que estábamos a solas le decía amorcito, yo notaba que le gustaba, pero trataba de no hacerlo tan evidente, ella era así.
El fin de semana le pedí a un amigo, que hacía de dealer, que me traiga al depa un pedido de 30 lucas. Este amigo, solía traer la merca, pero siempre, aparte de cobrar, se llevaba un poco para su consumo personal, era como parte de pago por traerlo a domicilio.
─Cuantos wiros quieres que preparemos, mira que hace tiempo que no la veo, esa maría me trae loca ─fue lo primero que dijo al ver la yerba sobre el escritorio.
─No sé, las que podamos fumar pes, tu sabes que yo en esta vaina soy una lorna.
─Si pes, tremendo viejo y no sabes fumar hasta ahora ─dijo, y se echó a reír como una niña que hace una travesura y se sabe observada.
─¿Quieres que compremos unas chelas? ─pregunté, por las huevas, porque ya sabía su respuesta.
─No, yo paso, no me gusta mezclar chela con esta nota, quiero disfrutar el viajecito al máximo.
─Ya pes, pero yo si quiero unas chelas, ahora vengo, anda preparando los wiros, ahí tienes cigarros o rislas, como prefieras ─dicho esto, bajé a la tienda a comprar un six pack de cuzqueñas, bien heladas.
Al regresar, ya había terminado de armar tres wiros, decidió hacerlo con cigarrillos, por lo que el cenicero estaba lleno de tabaco.
─Uy chucha, que rápida resultaste, cada día te perfeccionas más en el arte del armado.
─Ya sabes pes tío, la práctica hace al maestro.
─Si pes ─reímos ampliamente.
Abrí la primera chela de la noche, sorbí, me sentía temeroso como las dos o tres veces que fumé, siempre con Evita. Pensaba que podía controlarlo, pero esa mierda no era para mí y sin embargo accedía a la invitación de esa niña, pensando que lo superaría, pero no. Las manos me empezaron a sudar, nunca le dije a Evita que sufría cuando fumaba esos porros, tenía miedo, mucho miedo. Ella creía que lo disfrutaba, como los demás, le seguía la corriente cuando estábamos en pleno viaje, aunque no puedo negar que alguna vez, cuando estaba más ebrio, sí lo disfruté, pero fue la única vez.
Teníamos poco tiempo, porque Evita no podía llegar más tarde de las 11 de la noche a su casa. Era razonable dada su corta edad, y ella siempre cumplía, a menos que hubiese pedido permiso para irse de juerga un fin de semana, pero ese día era lunes, así que ni hablar, no podía salir más de las 10 de la noche de mi depa para llegar a tiempo, eso significaba, que debíamos fumar todos los porros que podíamos hasta las nueve de la noche, para que la bajada dure aproximadamente hasta las diez, y luego se lave la cara, se moje los cabellos, se eche harto colirio a los ojos y se fuera a casa como niña buena.
─Ya tío, tú eres el que se va, así que te toca el play de honor ─extendió la mano, sosteniendo el primer wiro de la noche.
─Va por ti amorcito ─me sentí un imbécil, al hacer algo que realmente no me agradaba, solo por complacerla.
─Dale, dale, la primera hasta que te atores carajo ─dijo, sus ojos le brillaban, ansiosa porque sabía que estaba muy cerca de su primera pitada.
─Ahora te toca ─devolví el wiro y no pude evitar toser bruscamente.
El porro iba y venía, varias veces, a la tercera o cuarta pitada, ya sentía los primeros efectos, la lengua algo extraña, seca, era necesario otro sorbo de chela helada, que rico, humedecía toda la cavidad oral, pero los efectos iban mucho más allá, empezaba a sentir que mi cabeza se dilataba, que veía mejor o más claro, erguía la espalda, una sensación de alivio invadía mi cuerpo, relajado, relajado, ella me observaba, pero yo sentía que mi mirada era extraña, la desvié, empezaron las ideas tontas en mi cabeza, irse de una a otra al libre albedrío, pero entre esas ideas había una que regresaba con frecuencia, sentía la garganta cerrada, como si algo me la bloqueara, como si tuviera una manzana atragantada, lo cual me conducía a pensar que me moriría asfixiado. Trataba de salir de ese hueco, miraba la pantalla del televisor apagado que reflejaba el piso, se me venían otras ideas más placenteras, escuchaba de fondo las canciones de Bumbury, que canción de puta madre, ese tipo es un genio, ayudaba a sentirme relajado, como en una sesión de hipnosis, la música hacía las veces del reloj, que oscila frete a mí, se acabó el primer wiro, Evita prendió el segundo, con ese estoicismo que adquieren los que ya están metidos en esa mierda, mientras yo, lo cogía por inercia, lo fumaba, una y otra vez, creo que nunca había fumado tanto, me sentía muy, muy extraño, pensaba que mi expresión era de un tarado, con los ojos saltones y rojos, la mirada perdida. En cambio ella, parecía disfrutar al máximo, se perdía, su mirada era fija sobre cualquier cosa, parecía estar disfrutándolo. Me preguntaba a mi mismo, porque no podía disfrutar como ella. Nuevamente esa sensación de asfixia, debo tomar más chela para saber que mi garganta deja pasar aire a mis pulmones para estar más tranquilo, ya no tengo la necesidad de más cerveza, solo para estar seguro que mi laringe permite el ingreso del liquido y por lo tanto también del aire, que no me dejará morir asfixiado, no seas huevón, disfruta como lo hacen los demás, disfruta el viaje, imagina a Evita calata, que le estas agarrando las tetazas, que le estas bajando el lompa y que la penetras impetuosamente, ella está gimiendo, esta dejándose penetrar, pide más, más ─como vas loco─ me preguntó, devolviéndome a la triste realidad, robándome esa fantasía que empezaba a disfrutar plenamente, sin haber movido un solo dedo, sentado en el sillón al lado de la computadora, detrás del escritorio ─más o menos─, respondí. Admiraba, como podía manejarse con la yerba al tope, su cerebro debía estar atrofiado como el mío, pero podía hablar, preguntar cosas, como si estuviera lúcida, y luego de unos segundos volver a lo suyo, a perderse, solo ella sabe en que perversiones, porque sonreía, siempre sonreía, se quedaba durante largo rato perdida y luego parecía descender de algún lugar y preguntaba cosas, yo la observaba, no podía sacarme de la cabeza esa estúpida idea, me voy a morir carajo, no puedo respirar, seguramente ni me voy a dar cuenta pero no entrará oxígeno a mis pulmones y terminaré sin vida, sobre este sillón, tan cómodo. Evita, de rato en rato se paraba, caminaba, ahora está cambiando de disco, se manejaba bien con los efectos de la yerba, saca el disco, la pone en su estuche, pone otro y todo tan tranquilamente que me sorprende. Parece lúcida, de no ser por sus ojos enrojecidos, por las venas de los ojos dilatados al máximo, pensaría que no ha fumado como yo, luego se sienta, ríe, se levanta nuevamente, ahora se acerca a la ventana, que miedo, seguro que se tira, carajo, no pienses huevadas, ella sabe controlarse y solo esta disfrutando del paisaje desde una nueva perspectiva que le brinda el estar fumadaza, tu concéntrate en tus ideas, que no sean cagonas, debes volver a la fantasía de hace rato, disfrútalo, ella es tu amiga jamás la poseerás, aprovecha y tíratela en tu mente, es lo máximo que puedes hacer, estoy empezando a controlar el miedo, ya no siento la garganta tan presionada, empiezo a fumar el tercer wiro que Evita acaba de prender, no se cuanto tiempo ha pasado, pero asumo que más de dos horas, porque ya cambió de disco dos veces y de eso ya hace buen rato.
Evita se para me dice que ha pasado mucho tiempo, que debe irse, que es muy tarde, entra al baño sigue su rutina de siempre con la única diferencia, que esta vez todavía esta stone, yo sigo sentado en mi sillón, sintiéndome una mierda, pensando que mi celular está vibrando, no, debe ser mi imaginación, quien podría llamarme a esa hora, Evita me pide que la acompañe a la pista para tomar su taxi, le pregunto si está bien, ella responde que si, pero definitivamente esta mejor que yo, que todavía no puedo hablar sin pensar que digo incoherencias, para un taxi, se marcha, subo a mi departamento, seguía bebiendo las pocas chelas que, gracias a Dios, no se habían terminado. Evita había olvidado el último disco de Bumbury que puso, esta mostro ese disco, me lo tengo que comprar, ´me calaste hondo´, decía la canción y no podía dejar de pensar que ese pendejo se estaba mofando.
Le encantaba leer, leía a autores como Rimbaud, Bukowski, William Burroughs, muchos más. Otra de sus pasiones era escuchar música, le fascinaban The Smiths (Morrissey), BJörk, Sex Pistols, Bob Marley, Joaquín Sabina, Enrique Bumbury, entre otros. Era realmente una chica que despertaba interés, no solo por lo complicado que podía llegar a ser su carácter, sino por su belleza, esa que inspiraba ternura, cariño e instinto de protección. Cuando estábamos juntos llegaba el clímax, justo en el momento de interpretar sus poemas, aquellos que no mostraba o leía a cualquier persona, tenía la convicción que no todos deberían tener el “privilegio” de escucharlos de sus propios labios. A pesar de que esa actitud me parecía totalmente descabellada, cuando me ofreció leérmelos, por primera vez, realmente me sentí privilegiado. Escribía sobre sus vivencias, pero desde un punto de vista muy particular, la agresión, el odio, la verdad dicha cruelmente y la sexualidad.
Cuando recién nos conocimos en el teatro, solía saludarme dándome la mano, como a todos, jamás ponía la mejilla para saludar, jamás, solo a sus amigos. En más de una oportunidad se gano muchas enemistades por esa conducta, que los demás malinterpretaban como soberbia, nada más alejado de la realidad. Dejó las tablas para dedicarse a su verdadera vocación, la danza contemporánea y para estudiar la carrera de Chef Internacional en el Instituto de la San Ignacio de Loyola.
Unos días antes, cuando le conté que me iba a trabajar a provincia, me dijo ─tenemos que hacerte una despedida a nuestro estilo─, yo le dejaba pensar que compartía muchas de sus ideas, porque no quería malograr nuestra amistad, quizá debí ser más sincero, pero tener cerca a una niña queriendo jugar a saberlo todo en la vida con solo 17 años, me parecía un labor sacrificada, así que no quería discrepar con ella, yo la quería mucho, a mi manera, pero la quería y casi siempre trataba de hacérselo saber y ella correspondía a ese cariño. Solíamos besarnos con frecuencia, pero solo eran besos de amigos, como una forma más intensa de expresar la amistad, no más, lo entendíamos perfectamente y no pretendíamos tener una relación.
No era la primera vez que nos reuníamos en mi depa para fumar unos porritos, así que cuando me lo propuso acepté de inmediato. Ese lunes luego de regresar del trabajo, llegué a mi departamento cerca de las 7 de la noche. Evita ya estaba esperando, siempre era muy puntual ─hola loquito─, me dijo al verme, se acercó, me dio un beso en los labios y me abrazó fuerte ─¿y dónde tienes la yerba, tío?─ reclamó, apenas se deshizo de mis brazos ─tranquila amorcito─ respondí. Siempre que estábamos a solas le decía amorcito, yo notaba que le gustaba, pero trataba de no hacerlo tan evidente, ella era así.
El fin de semana le pedí a un amigo, que hacía de dealer, que me traiga al depa un pedido de 30 lucas. Este amigo, solía traer la merca, pero siempre, aparte de cobrar, se llevaba un poco para su consumo personal, era como parte de pago por traerlo a domicilio.
─Cuantos wiros quieres que preparemos, mira que hace tiempo que no la veo, esa maría me trae loca ─fue lo primero que dijo al ver la yerba sobre el escritorio.
─No sé, las que podamos fumar pes, tu sabes que yo en esta vaina soy una lorna.
─Si pes, tremendo viejo y no sabes fumar hasta ahora ─dijo, y se echó a reír como una niña que hace una travesura y se sabe observada.
─¿Quieres que compremos unas chelas? ─pregunté, por las huevas, porque ya sabía su respuesta.
─No, yo paso, no me gusta mezclar chela con esta nota, quiero disfrutar el viajecito al máximo.
─Ya pes, pero yo si quiero unas chelas, ahora vengo, anda preparando los wiros, ahí tienes cigarros o rislas, como prefieras ─dicho esto, bajé a la tienda a comprar un six pack de cuzqueñas, bien heladas.
Al regresar, ya había terminado de armar tres wiros, decidió hacerlo con cigarrillos, por lo que el cenicero estaba lleno de tabaco.
─Uy chucha, que rápida resultaste, cada día te perfeccionas más en el arte del armado.
─Ya sabes pes tío, la práctica hace al maestro.
─Si pes ─reímos ampliamente.
Abrí la primera chela de la noche, sorbí, me sentía temeroso como las dos o tres veces que fumé, siempre con Evita. Pensaba que podía controlarlo, pero esa mierda no era para mí y sin embargo accedía a la invitación de esa niña, pensando que lo superaría, pero no. Las manos me empezaron a sudar, nunca le dije a Evita que sufría cuando fumaba esos porros, tenía miedo, mucho miedo. Ella creía que lo disfrutaba, como los demás, le seguía la corriente cuando estábamos en pleno viaje, aunque no puedo negar que alguna vez, cuando estaba más ebrio, sí lo disfruté, pero fue la única vez.
Teníamos poco tiempo, porque Evita no podía llegar más tarde de las 11 de la noche a su casa. Era razonable dada su corta edad, y ella siempre cumplía, a menos que hubiese pedido permiso para irse de juerga un fin de semana, pero ese día era lunes, así que ni hablar, no podía salir más de las 10 de la noche de mi depa para llegar a tiempo, eso significaba, que debíamos fumar todos los porros que podíamos hasta las nueve de la noche, para que la bajada dure aproximadamente hasta las diez, y luego se lave la cara, se moje los cabellos, se eche harto colirio a los ojos y se fuera a casa como niña buena.
─Ya tío, tú eres el que se va, así que te toca el play de honor ─extendió la mano, sosteniendo el primer wiro de la noche.
─Va por ti amorcito ─me sentí un imbécil, al hacer algo que realmente no me agradaba, solo por complacerla.
─Dale, dale, la primera hasta que te atores carajo ─dijo, sus ojos le brillaban, ansiosa porque sabía que estaba muy cerca de su primera pitada.
─Ahora te toca ─devolví el wiro y no pude evitar toser bruscamente.
El porro iba y venía, varias veces, a la tercera o cuarta pitada, ya sentía los primeros efectos, la lengua algo extraña, seca, era necesario otro sorbo de chela helada, que rico, humedecía toda la cavidad oral, pero los efectos iban mucho más allá, empezaba a sentir que mi cabeza se dilataba, que veía mejor o más claro, erguía la espalda, una sensación de alivio invadía mi cuerpo, relajado, relajado, ella me observaba, pero yo sentía que mi mirada era extraña, la desvié, empezaron las ideas tontas en mi cabeza, irse de una a otra al libre albedrío, pero entre esas ideas había una que regresaba con frecuencia, sentía la garganta cerrada, como si algo me la bloqueara, como si tuviera una manzana atragantada, lo cual me conducía a pensar que me moriría asfixiado. Trataba de salir de ese hueco, miraba la pantalla del televisor apagado que reflejaba el piso, se me venían otras ideas más placenteras, escuchaba de fondo las canciones de Bumbury, que canción de puta madre, ese tipo es un genio, ayudaba a sentirme relajado, como en una sesión de hipnosis, la música hacía las veces del reloj, que oscila frete a mí, se acabó el primer wiro, Evita prendió el segundo, con ese estoicismo que adquieren los que ya están metidos en esa mierda, mientras yo, lo cogía por inercia, lo fumaba, una y otra vez, creo que nunca había fumado tanto, me sentía muy, muy extraño, pensaba que mi expresión era de un tarado, con los ojos saltones y rojos, la mirada perdida. En cambio ella, parecía disfrutar al máximo, se perdía, su mirada era fija sobre cualquier cosa, parecía estar disfrutándolo. Me preguntaba a mi mismo, porque no podía disfrutar como ella. Nuevamente esa sensación de asfixia, debo tomar más chela para saber que mi garganta deja pasar aire a mis pulmones para estar más tranquilo, ya no tengo la necesidad de más cerveza, solo para estar seguro que mi laringe permite el ingreso del liquido y por lo tanto también del aire, que no me dejará morir asfixiado, no seas huevón, disfruta como lo hacen los demás, disfruta el viaje, imagina a Evita calata, que le estas agarrando las tetazas, que le estas bajando el lompa y que la penetras impetuosamente, ella está gimiendo, esta dejándose penetrar, pide más, más ─como vas loco─ me preguntó, devolviéndome a la triste realidad, robándome esa fantasía que empezaba a disfrutar plenamente, sin haber movido un solo dedo, sentado en el sillón al lado de la computadora, detrás del escritorio ─más o menos─, respondí. Admiraba, como podía manejarse con la yerba al tope, su cerebro debía estar atrofiado como el mío, pero podía hablar, preguntar cosas, como si estuviera lúcida, y luego de unos segundos volver a lo suyo, a perderse, solo ella sabe en que perversiones, porque sonreía, siempre sonreía, se quedaba durante largo rato perdida y luego parecía descender de algún lugar y preguntaba cosas, yo la observaba, no podía sacarme de la cabeza esa estúpida idea, me voy a morir carajo, no puedo respirar, seguramente ni me voy a dar cuenta pero no entrará oxígeno a mis pulmones y terminaré sin vida, sobre este sillón, tan cómodo. Evita, de rato en rato se paraba, caminaba, ahora está cambiando de disco, se manejaba bien con los efectos de la yerba, saca el disco, la pone en su estuche, pone otro y todo tan tranquilamente que me sorprende. Parece lúcida, de no ser por sus ojos enrojecidos, por las venas de los ojos dilatados al máximo, pensaría que no ha fumado como yo, luego se sienta, ríe, se levanta nuevamente, ahora se acerca a la ventana, que miedo, seguro que se tira, carajo, no pienses huevadas, ella sabe controlarse y solo esta disfrutando del paisaje desde una nueva perspectiva que le brinda el estar fumadaza, tu concéntrate en tus ideas, que no sean cagonas, debes volver a la fantasía de hace rato, disfrútalo, ella es tu amiga jamás la poseerás, aprovecha y tíratela en tu mente, es lo máximo que puedes hacer, estoy empezando a controlar el miedo, ya no siento la garganta tan presionada, empiezo a fumar el tercer wiro que Evita acaba de prender, no se cuanto tiempo ha pasado, pero asumo que más de dos horas, porque ya cambió de disco dos veces y de eso ya hace buen rato.
Evita se para me dice que ha pasado mucho tiempo, que debe irse, que es muy tarde, entra al baño sigue su rutina de siempre con la única diferencia, que esta vez todavía esta stone, yo sigo sentado en mi sillón, sintiéndome una mierda, pensando que mi celular está vibrando, no, debe ser mi imaginación, quien podría llamarme a esa hora, Evita me pide que la acompañe a la pista para tomar su taxi, le pregunto si está bien, ella responde que si, pero definitivamente esta mejor que yo, que todavía no puedo hablar sin pensar que digo incoherencias, para un taxi, se marcha, subo a mi departamento, seguía bebiendo las pocas chelas que, gracias a Dios, no se habían terminado. Evita había olvidado el último disco de Bumbury que puso, esta mostro ese disco, me lo tengo que comprar, ´me calaste hondo´, decía la canción y no podía dejar de pensar que ese pendejo se estaba mofando.
Luego de un largo rato, sentí por fin, que ya todo terminaba ─la bajada es más placentera─, pensé. Empezaba a recobrar la lucidez y mis sentidos nuevamente recuperaban la sensibilidad. Tenía mucha sed, al menos me sobraban chelas, para acompañar ese trance agobiante.


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