viernes, 24 de julio de 2009

Lasimágenes.deladiós

─¡Por fin se apagaron las luces!, deben estar bajando ─pensó Alberto, tras haber esperado por más de 2 horas, faltaba poco para la media noche.

Mariana y Raúl bajaron cogidos de las manos y se soltaron tras el saludo sorpresivo de Alberto ─¡Buenas noches ingeniero!.

Al principio Alberto y Mariana, una pareja consolidada después de casi 2 años de relación, tomaron los flirteos del “ingeniero” con mucha ligereza y hasta de forma cómica. Los atributos de este no le auguraban mucho éxito, por lo menos no a la vista de dos jóvenes novatos.

Raúl Cáceres, era un tipo que bordeaba los 40 años, padre de tres hijos, bajito y nada agraciado. Pero como era de suponerse, el tipo usó sus mejores tretas para acercarse a Mariana, en principio haciéndole regalitos simples, diciéndole frases lindas, elogios profesionales y hasta organizando reuniones de trabajo, siempre con el pretexto de celebrar alguna meta cumplida en la oficina y al final hacer insinuaciones más atrevidas.

La pareja se sentó a conversar sobre el tema, que ya no resultaba tan cómico. Llegaron a pensar que lo mejor era que Mariana dejara el trabajo de secretaria, a pesar que ambos sabían que ella necesitaba mucho ese empleo para ayudar a sus padres con las pensiones de la universidad. Ella le comentó a Alberto su deseo de sacrificar esos ingresos en nombre de su amor por él. Pero él, en respuesta de ese mismo amor le suplicó que desistiera de esa decisión diciéndole: “Mariana, mi amor, yo confío en ti, estoy seguro que jamás me fallarás, por favor sigue trabajando en esa oficina. Hazlo por mi, por ti y sobre todo porque sabes que lo necesitas ahora más que nunca”.

Claro que los asedios, continuaron y claro que Mariana siguió contándole todo a Alberto, pero las cosas empezaron a tomar otros matices. Él empezó a notar que ella disfrutaba de los elogios, los regalitos y las salidas en grupo, siempre con el jefe, que extrañamente había asumido una actitud más complaciente con sus empleados, y no les negaba ninguna salida, es más, podría decirse que él mismo las propiciaba.

Sin duda, a medida que las semanas transcurrían la situación se hacía más insostenible. Los celos de Alberto cobraron protagonismo, y el acercamiento de Mariana y su jefe se hicieron notorios. Antes que Alberto percibiera algo concreto, los compañeros de trabajo de Mariana lo habían hecho y no sabían como comportarse ante aquel muchachito, cuando este iba a recoger a su pareja. Normalmente lo saludaban y hasta conversaban con él, pero en esos días lo esquivaban y apenas si lo saludaban. A raíz de esos episodios Alberto llegó a la conclusión de que sus celos no eran solo producto de su imaginación, pero decidió controlarse para no “perder los papeles”.

La confirmación a todos estos supuestos llegó una noche de fin de semana, en la que Alberto había bebido desde temprano y se encontraba en su casa, fue cuando recibió la llamada de Mariana.

─Amor, ¿vas a venir a recogerme?.
─No Mariana, me duele mucho la cabeza, estoy con una resaca alucinante.
─Ok, entonces me voy a mi casa, hasta mañana.
─¡Y que milagro que no tienes planes hoy!, todos los viernes se había hecho costumbre que salieran a bailar, sobre todo con ese tu jefecito que anda afanándote.
─¡Alberto no empieces por favor!.
─Pero dime, ¿no van a bailar hoy?.
─¡Ya te dije que no!, me voy a mi casa estoy muy cansada, adiós.

Colgó, Alberto meditó sobre su comportamiento, pensó que quizá Mariana tenía razón en todo lo que decía, que era él quien veía cosas donde no había. Se recostó en el mueble de la sala, prendió el televisor y empezó con el zapping, ya mucho más tranquilo, pensando que su amada debía estar abrigada en su camita a esa hora y quizá estaba mirando los canales como él en ese instante. ─Te amo Mariana─, dijo en voz baja y recordó muchos de sus momentos juntos. Recogió las piernas y las puso sobre el otro brazo del mueble, prendió un cigarrillo y disfrutó de un video que pasaban en MTV.

Pasaron casi 40 minutos de sosiego, pero tras ver un video en el que una chica se iba con su amante luego de despedir a su novio, como si se tratara de un presagio, nuevamente empezó a mortificarse con imágenes que llegaban a su mente, eran muchas imágenes en las que veía a su amada del cuello de ese “viejo hijo de puta”, trató de desecharlas, pero ya no pudo más, se puso la casaca, le dijo a su madre que salía un rato con unos amigos, que regresaba temprano, salió corriendo en busca de un taxi, cogió el primero que apareció y se dirigió al pub que frecuentaban Mariana y sus colegas.

En el camino se reprochó insistentemente esos celos enfermizos, llegó a la conclusión que nunca antes había estado en esa situación, en el pasado, si no confiaba en su pareja decidía terminar la relación y ahorrarse las mortificaciones, pero esta vez todo estaba afuera de control. Salió casi corriendo del taxi, como si quisiera evitar lo que estaba viendo en esas imágenes perturbadoras en la que Raúl cogía a Mariana de la cintura, la acercaba y la besaba apasionadamente, Lo peor de aquella visión era que ella disfrutaba y se reía complacida.

Entró al local y todos sus reproches para consigo mismo se convirtieron en lamentos del corazón, se paralizó observando como Mariana y Raúl realmente bailaban muy contentos, ella no estaba colgada del cuello de él, pero ambos disfrutaban de alguna conversación y se reían.

Cuando Raúl levantó la cabeza, supo que todo había terminado, por lo menos por esa noche, cambió la expresión de su rostro y aparentemente le comunicó a Mariana que Alberto se encontraba en la puerta, observándolos. Ella no se despidió del “ingeniero”, ni de sus colegas, parecía que respiraba profundamente como para tomar valor y Raúl le decía algo, seguramente para darle ánimos. Mariana giró y sin mirar directamente a los ojos de Alberto caminó los seis o siete metros que los separaban, al llegar a la puerta lo cogió del brazo, como siempre solía hacerlo, y lo condujo hacía afuera.

Alberto realmente estaba extraviado, no dijo nada, pero se detuvo a unos metros de la entrada del pub, ella trató de conducirlo a un taxi para retirarse del lugar o por lo menos alejarse lo suficiente, porque lo que más temía en la vida era el escándalo. Pero él se detuvo y no pretendía moverse o no podía, porque sentía el peso de una traición irremediable.

─¿Alberto nos vamos? ─preguntó nerviosa.
─¡Dime que haces tu acá!, no me dijiste que te ibas a tu casa, que estabas muy cansada, fue por eso que me llamaste ¿verdad?, para saber si iría a buscarte a tu casa ¿no?. ¡Pero claro!, como te dije que estaba con una resaca de mierda, te sentiste segura y libre de venir a trampear con ese viejo cabrón…
─No digas estupideces...
─Qué y ahora te vas hacer la ofendida, ¿qué mierda hacías entonces?
─Alberto vámonos de aquí por favor, no es el lugar para hablar de estas cosas, vamos a mi casa o a la tuya pero vámonos. ¡Por favor¡.

Mariana suplicó desesperadamente, pero Alberto no escuchaba, estaba totalmente perdido en sus celos, en esas imágenes que no dejaban de llegar a su mente. Fue en ese momento que salieron todos sus colegas y uno de ellos trató de acercarse, pero la propia Mariana le pidió que se vaya ─voy a estar bien Percy, no te preocupes, yo se controlar esta situación, vayan nomás y gracias por todo.

Los reclamos no cedieron y Mariana aceptaba todas las acusaciones de Alberto, únicamente por no discutir más en la calle, hasta que lo convenció, por fin, de ir a su casa. Entraron sin hacer ruido, por la cochera, la madre de Alberto dormía en el cuarto del segundo piso que quedaba justo encima, ambos lo sabían y no dijeron una sola palabra hasta llegar al cuarto de Alberto.

Fue en esa discusión que Mariana le confesó que se sentía bien con su nuevo grupo de amigos y sobre todo en compañía de Raúl, porque ella lo llamaba así: “Raúl”. Una de las cosas que más le complacía era que siempre iban a lugares bonitos y caros y ella nunca tenía que preocuparse por la cuenta. Esta revelación fue la más asfixiante de todas, “un golpe bajo”. También le confesó que Raúl le atraía, que no sabía que era exactamente pero que había algo en él que la hacía sentir especial y eso era lo que ella buscaba. Sin embargo, le juró por lo más querido, que no pasó nada entre ellos, por lo menos nada físico, y quizá lo más grave que pudo pasar hasta ese momento, fue que ambos habían aprendido a comunicarse, en una química que había logrado realmente acercarlos.

La primera reacción de Alberto fue golpear la pared, se sentía impotente, enojado, triste. Una mezcla de emociones invadió todo su ser y terminó derribándolo. Se arrodilló lentamente dando la espalda a Mariana, con las manos ensangrentadas cogiéndose los cabellos y regalándole a su memoria una de las imágenes más patéticas de su vida. Mariana se conmovió, sintió lástima, pero eso fue lo peor, sentir lástima, no amor por ese jovencito de 19 años con el que había compartido los últimos 2.

Luego de hablar por casi una hora se prometieron que toda esa pesadilla terminaría, Mariana dio su palabra, dejaría su trabajo al día siguiente, lo hacía porque se sentía culpable, mas no por amor. Alberto, en cambio, lo hizo por el amor que aun le quedaba y por un falso orgullo, que no le permitía dejarla ir, pensaba que al hacerlo ella iría corriendo a los brazos de ese tipo y eso jamás lo permitiría.

Al día siguiente Mariana cumplió su palabra, fue muy temprano a la oficina que hasta entonces era suya, esperó que llegara su jefe y le presentó su carta de renuncia irrevocable. Raúl, trató de convencerla por todos los medios para que reconsiderara su decisión, pero fue en vano. Conversaron durante casi 30 minutos, los más largos de la vida de Alberto, que esperaba afuera del edificio. Al final, el “ingeniero” aceptó la renuncia con la única condición que en la noche ella fuera a verlo para conversar sobre tema y terminó su discurso bien estudiado, porque sabía perfectamente, gracias a la experiencia que le daban sus casi 4 décadas de vida, que esa mañana se enfrentaría a ese episodio. ─Mariana lo que más me afectaría sería perder tu amistad, tú sabes que eres muy especial para mí. Te veo en la noche ¿si?─. Mariana aceptó por dos razones: primero porque sabía que Alberto lo esperaba ansioso y eso podría significar más problemas al prolongarse la reunión; y segundo, porque no le desagradaba, en lo absoluto, la idea de conversar al respecto con alguien mayor, que pudiera darle otras luces sobre lo sucedido y tanto mejor si se trataba de su admirado jefe.

Mariana y Alberto se alejaron del edificio. Él trató de preguntar los pormenores de la reunión, pero ella estaba fastidiada, más con Alberto que con la situación en general, ni siquiera se preocupaba por los ingresos que perdería, su mente estaba ocupada en lo que podría pasar en aquella reunión. Caminaron por un largo rato, conversaron muy poco, sólo lo necesario, y se fueron a almorzar a un restaurante que ellos frecuentaban y por supuesto pagaron la cuenta “a medias”. Luego se fueron a la casa de Marina y pasaron la tarde juntos.

Alberto sentía, a pesar que aparentemente todo estaba saliendo como lo habían prometido, que las cosas no estaban del todo bien, trató de ser muy cariñoso, de decirle cosas lindas, pero ella ya no lo toleraba más y no podía disimilarlo. A pesar de eso, y por la insistencia de Alberto, terminaron haciendo el amor, o sólo teniendo sexo, porque Mariana estaba complaciendo los ímpetus de Alberto, no estaba disfrutando, simplemente sucumbió a los asedios de su primer amor y sobre todo, con la intensión de que se calmaran las tensiones. La noche llegó cómplice, era la hora en que Alberto debía marcharse.

Extrañamente, Mariana le ofreció acompañarlo hasta el paradero, argumentando que le dolía la cabeza y que tenía que comprar un par de pastillas. Salieron juntos, caminaron juntos, pero sus mentes andaban en pensamientos totalmente opuestos. Llegaron a la avenida y Mariana insistió en dejarlo justo en el paradero del microbus.

─No te preocupes amor, yo cruzo solo la pista y tomo el micro ¿ya?. Tú anda nomás, compra tus pastillas y ve a tu casa.
─Bueno como quieras, hasta mañana.

Incluso en esos momentos, Mariana se mostraba esquiva, apática, fastidiada y solo puso la mejilla a la hora de despedirse. Alberto había notado esos desaires todo el día, pero se las estaba “tragando”, en nombre del amor.

Efectivamente subió al microbus, pero desde ahí vio, mientras se alejaba, que Mariana ni siquiera entró a la farmacia y se fue muy apurada. Ese episodio fue el detonante, bajó del micro y se dirigió con dirección a la farmacia, para desde ahí seguirle los pasos por la ruta que conocía de sobra, así que era muy fácil seguirla hasta su casa. Caminó cada vez más rápido con la esperanza de verla pronto, mirando a todos lados pero nada, aceleró aun más el paso y se fue directamente hasta la casa de Mariana, observó si las luces de su habitación se encendían, esperó cerca de 15 minutos pensando que tal vez se había quedado conversando con su madre en la sala, pero no aguantó más y toco el timbre, salió la madre de Mariana, sorprendida.

─Señora disculpe, podría decirle a Mariana que salga un ratito, solo un par de minutos, me olvidé preguntarle sobre un examen que tenemos mañana.
─¡Alberto, pensé que Mariana estaba contigo!. Ella no ha regresado todavía.
─Gracias señora, ya mañana temprano le pregunto, seguro que se ha demorado por ahí.
─Ya hijo, yo le digo que te llame apenas llegue.

Su mente empezó a llenarse de esas imágenes que lo habían agobiado durante las últimas semanas, pero esta vez eran más asquerosas, la veía desnuda debajo de ese “viejo de mierda, viejo concha de tu madre”. Tomó un taxi hasta el pub en el que la encontró el día anterior, entró, recorrió cada metro de ese lugar pero ahí no estaban, entró a otros locales cercanos y nada, se fue a un restaurante que quedaba cerca de la universidad donde sus “coleguitas” solían cenar, pero tampoco, ni rastros de ella.

Casi convencido que el “ingeniero” estaba detrás de todo esto, la mente de Alberto empezó a figurar miles de teorías de la más vil traición, ─¡Mariana! ¡Mariaaana!, por eso estabas intranquila ¿no?... no no no, seguro que ese viejo de mierda te siguió en su auto desde que salimos de tu casa, esperó que me marchara y apenas te vio sola te abordó y te exigió que lo acompañes y como tú le temes tanto al escándalo, aceptaste. Si eso es lo que ha pasado, porque no creo que tú seas capas de hacerme esto, no a mí, se suponía que éramos uno… uuummm que imbécil eres Alberto, hace tiempo que sabías que esto terminaría así, debiste mandarla a la mierda y que haga lo que chucha quiera, seguro que ellos ya lo tenían todo planeado, solo esperaban que te vayas, ¡claro!, ambos se pusieron de acuerdo en la mañana, si eso es lo que pasó, zorra de mierda, eres una zorra Mariana… ah y seguro que te ha llevado a un hotel bonito ¿no?, muy lujoso como los que te gustan, eso debe complacerte más, ahí podrás gritar todo lo que quieras sin reprimirte nada, como lo tenías que hacer en tu casa o la mía, eres una basura Mariana, pero me las van a pagar, juro que me las van a pagar…

Cuando todas esas imágenes cruzaban como una película por la cabeza de Alberto, pensó en algo que parecía muy absurdo, pero ya no perdía nada si estaba tan cerca. Fue corriendo al edificio de la universidad, como era de esperarse el de seguridad lo retuvo, y negó cualquier ingreso en horas de la noche y menos de una mujer. Al retirarse, casi dándose por vencido, observó el tercer nivel en la que resaltaban las luces encendidas de la oficina del ingeniero Raúl Cáceres.

Eran las 9:47 de la noche, Alberto se había instalado frente a las oficinas de la universidad, en un área donde la sombra de otro edificio lo hacía invisible, hacía frío, era la peor época del invierno, pero decidió quedarse hasta verlos salir, sea la hora que sea, aunque tuviera que amanecer en ese lugar.

─¡Por fin se apagaron las luces!, deben estar bajando ─pensó Alberto, tras haber esperado por más de 2 horas, faltaba poco para la media noche.

Mariana y Raúl bajaron cogidos de las manos y se soltaron tras el saludo sorpresivo de Alberto ─¡Buenas noches ingeniero!.

jueves, 23 de julio de 2009

Realmente.unamártir

María caminaba rápidamente al hospital estatal más cercano, muy temprano en las mañanas y siempre cogiendo de las manos a su hijo. No quedaba muy lejos, apenas a unas cuantas cuadras de su casa, distancia que el pequeño Javier se había acostumbrado a recorrer sin quejarse.

Era madre soltera y sus hermanos y padres vivían en una lejana provincia al norte del país. No frecuentaba muchas personas y tenía sólo una amiga, Josefa, enfermera del hospital, el cual visitaba diariamente y era ella la única depositaria de su secreto aciago que la carcomía día a día. En cambio no le importaba mínimamente lo que las demás personas rumoreaban, y cuando le preguntaban por qué frecuentaba el hospital, ella sabía perfectamente que sólo les impulsaba el chisme y no una preocupación real por ella o su hijo, así que improvisaba una amplia sonrisa y respondía ─asuntos del trabajo─, y se marchaba de inmediato sin dejar oportunidad para más preguntas.

Luego de su visita al hospital, era rutinario salir corriendo al paradero para coger el microbus que la trasladara a su lugar de trabajo, un pequeño restaurante de comida criolla, a 15 minutos del hospital y 20 de su casa.

Una de las decisiones más extrañas que había tomado María desde los primeros días que visitaron el hospital, era que Javier no asistiera al colegio, hace ya más de 4 meses. Esta situación que al principio le trajo muchas complicaciones en el trabajo, logró superarse cuando Doña Elsa, jefa de María, aceptó que el niño ayudara en la cocina, hecho que además, terminó resultándole muy conveniente ya que el pequeño era muy hábil y realmente se convirtió en una gran ayuda, y lo mejor de todo era que sólo tenía que pagarle con el menú diario.

Una mañana María despertó llorando, había tenido una pesadilla, seguramente abrumada por la tarea que debía concretar esa mañana, sin duda la más difícil de su vida. Se levantó extraviada, miro al costado, Javier aun dormía, se acercó, lo abrazó y se le cayeron más lágrimas sobre el cubre cama, pero tuvo que controlarse al darse cuenta que su adorado hijo estaba despertando. Hizo como si se estuviera sacando las lagañas, volteó y le pidió que se cambie y asee para desayunar. Compartieron en la mesa dos panes con huevos y café sin leche, el desayuno de casi todas las mañanas, aunque a veces alternaban los huevos por margarina o aceitunas. María no se separaba de Javier casi nunca, pero ese día le pidió que se adelantara al hospital y que lo espere ahí, porque ella tenía que ir a la funeraria y contratar sus servicios, claro que esto último no se lo dijo. Con lágrimas en los ojos se adentró en una de ellas, que abundaban cerca al hospital, hizo los trámites lo más rápido que pudo y se marchó corriendo en busca de Javier.

Mucha gente se compadecía al verla sola en el mundo, sin más compañía que el de su hijo, pero tampoco hacían nada para acercarse y menos para ayudar, a pesar de que percibían que algo terrible pasaba, porque la veían llorar con frecuencia, siempre abrazando a su pequeño. Una de las cosas que María lamentaba profundamente era justamente eso, llorar frente Javi, como ella solía llamarlo. Sabía que le causaba un daño irreparable, pero era un daño que no podía dejar de causarle. Trataba de evitar llorar frente a él, pero lograrlo habría significado que no hubiese tenido tiempo para estar a su lado.

Una mañana de lunes, Josefa, la única amiga cercana de María, se presentó en el restaurante donde ésta última trabajaba. Josefa apenas conocía de vista a algunas de esas personas, pero al saludarlos no pudo controlarse más y estalló en lágrimas. Al verla en ese estado, doña Elsa, dueña del establecimiento, se conmovió mucho y presintió algo terrible, y recordó que cuando llegó a esta ciudad era una joven muy sensible, pero que los años le habían enseñado que en la capital debía ser fría, porque de lo contrario trataban siempre de pasar sobre ella, fue por esa razón que no le dio más cabida a María cuando esta pretendía contarle sus problemas, pensaba que era una de las tantas personas que argumentaban mentiras para solapar malas conductas, tardanzas y hasta irresponsabilidad. Sin embargo, al ver ahí sentada a Josefa, llorando copiosamente y al ofrecerle un pañuelo y un vaso con agua, supo que esta vez se había equivocado, que estaba a punto de escuchar una historia que la iba hacer sentir culpable y advirtió como se le cerraba la garganta, que las lágrimas asomaban, pero decidió controlarse. La mesa que ocupaban era la más alejada del público, al fondo del local y fui ahí donde Josefa le contó toda la historia.

María había muerto de un cáncer terminal, dos días antes y su ausencia de más de dos semanas, en el trabajo, se debía a que estaba internada en el hospital porque ya no podía caminar ni valerse por si misma. Había luchado hasta el final, contra el dolor incesante, las quimioterapias inservibles, la inmisericordia del padre de su hijo, la traumática experiencia de la caída de cabello, la delgadez abrupta y sobre todo con la desolación que sentía al pensar en Javier. El abandonarlo a esa edad era lo que realmente la devastaba, pero como era previsible, ese mismo temor de abandonar a su pequeño hijo adorado de apenas 8 años, también le hacía sacar fuerzas de donde ya no había, para no dejarse vencer por esa maldita enfermedad que nunca avisó al instalarse en ella hasta que fue demasiado tarde.

Le contó que la decisión de retirar a su hijo del colegio no fue nada sencilla, pero que la tomó sabiendo que Javier podría recuperar el año escolar perdido, pero que en contraste nunca podrían recuperar los momentos juntos que perderían si él continuaba asistiendo a clases. Quería compartir cada instante a su lado, disfrutar de él, jugar, reír, conocerse, quiso que Javier tenga muchos recuerdos de ella y que sepa que su madre la amaba por sobre todas las cosas.

Le contó también, que dos meses antes de morir, ella misma había comprado su ataúd y contratado los servicios funerarios más baratos para el día que iba a llegar irremediablemente. Reunió todo el dinero posible, que no era mucho, para enviarle a su familia, que era muy pobre, y puedan viajar de su provincia natal a enterrarla.


─Realmente una mártir ─dijo al fin Doña Elsa, tratando de aclarar la voz mientras se secaba las lágrimas. Fue cuando notó que todos los trabajadores de su restaurante, que habían parado en sus actividades, incluso algunos comensales asiduos, oían atentamente y lloraban sin poder evitarlo, seguramente porque después de ese relato entendieron muchas cosas y al igual que ella se sintieron culpables. Culpables por no haber sido más sensibles, por no haberla apoyado, por no haberla entendido, por no haberla querido, pero es que Lima es así, una ciudad fría, su gente es fría y nadie sabe ni quiere enterarse de lo que les sucede a los demás. Se piensa frecuentemente que tenemos tantos problemas propios como para ocuparnos de los problemas de los demás, quizá sea cierto pero al enfrentarse a verdades crueles como esta, indudablemente no podemos dejar de sentirnos culpables y hasta miserables.

jueves, 11 de junio de 2009

Mimi.ennombredelamor

Mimi tiene solo 17 años y hace más de 10 meses sabe lo duro que es vivir en la calle. Son las 4 de la madrugada y camina como siempre al compás del viento húmedo de lima, esperando al último cliente de la noche. Un auto se detiene, desde dentro y sin terminar de bajar las lunas polarizadas dos adolescentes exaltados le proponen terminar la jornada.

─Nunca salgo con dos ─argumentó Mimi.

─Si sales con uno de 50 porqué no con dos de 16 ─replicó el que estaba al volante.

Definitivamente ella no esperaba esa respuesta y se quedó pensando. Como era previsible, los chicos se dieron cuenta que habían ganado terreno.

─Vamos sube, solo queremos que nos acompañes a tomar unas chelas en el coche ─insistió el copiloto.

─Porqué no ─Mimi creyó haberlo dicho, pero solo lo pensó y se introdujo en el BMW del año del padre de alguno de ellos. Le ofrecieron de inmediato una lata de cerveza fría que al principio dudó en aceptar, pero luego de ver una fotografía familiar colgado en el espejo retrovisor del auto, se sintió más confiada y aceptó.

Andrés puso en marcha el vehículo y se enrumbó por la avenida Arequipa hacia la Costa Verde. Mimi, por su parte, se sentía contenta de que sean jóvenes como ella, tenía la ilusión de pasar un agradable fin de jornada y hasta pensó en no cobrarles si se portaban bien. Nada hacía presagiar que Manolo llevaba una Magnum calibre 44 debajo de la camisa, que horas antes había robado a su padre, un general de la FAP enormemente condecorado.

Se estacionaron frente al mar, en una playa miraflorina, desierta a esa hora. Menos mal todavía quedaban algunas latas de cerveza para hacer más agradable la cháchara. Sin embargo, Manolo, no quería conversar mucho y se movió rápidamente al asiento posterior. Apenas estuvo cerca de Mimi le apuntó con el arma y le ordenó que se ponga de rodillas, ella totalmente aturdida por el miedo, a pesar que no era la primera vez que tenía frente a su rostro un arma o quizá justamente por eso, obedeció de inmediato.

─Qué prefieres, un tiro entre los ojos o en el corazón, muere la razón o el amor, qué dices ─preguntó Manolo, totalmente desquiciado.

─!No, porfavor no! guarda esa cosa ─suplicó Mimi, totalmente arrepentida de haber aceptado la invitación de ese par de mocosos y no pudo evitar que se le escaparon algunas lágrimas.

─Es sólo un juego preciosa, no llores ─dijo Andrés tratando de calmarla.

─Así es, es sólo un juego ─continuó Manolo─, un juego en el que tú mueres.

─Ya basta Manolo déjate de wevadas guarda el arma ─intervino Andrés al ver que las cosas se salían de proporciones.

─Te lo suplico amigo piensa en tu hermana, en tu madre, en Dios, ya basta, me estás asustando demasiado, haré todo lo que me pidan, lo que sea pero guarda esa cosa ¡porfavor!.

Manolo adoptó una sonrisa torcida y rechinando los dientes, producto de las largas líneas de cocaína aspiradas, bajó el arma pero solo para subirla nuevamente y empuñarla mejor, la posicionó justo a la altura del corazón de Mimi y sin más reparos ni remordimientos disparó, se escuchó un estallido ensordecedor, del otro lado aquella niña de diecisiete con el pecho destrozado viviendo sus últimos instantes pero sin un atisbo de dolor, Andrés perplejo con esa visión aterradora e irreparable, Manolo en cambio se echo a reír y gritó infame ─¡EN NOMBRE DEL AMORRR!.


viernes, 22 de mayo de 2009

¿Realmente.menecesitaba?

Dicen que el amor es tan fuerte y complejo que realmente uno siente cuando el ser amado nos necesita o nos “llama”. A mi me pasó sólo en sueños, porque amaba a esa niña, realmente la amaba como a nadie en la vida, aunque contrariamente a lo imaginado, el destino quiso que nos separemos. Sin embargo, una noche cualquiera que no pensé en mi amada Camila, al acostarme, como tantas otras noches sí, soñé con ella. Fue un sueño extraño, de esos que nos dejan pensando, intrigado, con dudas de si realmente nos necesitan como lo sentimos mientras dormimos.

Escuché su voz, ella debía estar muy lejos porque se le oía vagamente, pero sus gritos denotaban sufrimiento y mucho dolor.

─¡José Carlo, te necesito, ayúdame! ─repetía una y otra vez.

La desesperación invadió mi razón, por un momento sentí morir, la busqué, caminé horas de horas por lugares que jamás había visto en la vida real, lugares que tenían en común la oscuridad, la basura abundante, los malos olores, casas abandonadas, calles angostas, eran pueblos “fantasmas” donde no podía encontrar a mi pequeña ni a gente que pudiera ayudarme.

Cuando nuevamente escuché su voz, sus gritos desesperados, apareció frente a mí un camino resplandeciente, como si se tratara de un puente bastante iluminado, aunque extrañamente no se podía observar lo que había a los costados ni hacia donde se dirigía, solo sabía que sus gritos provenían del otro extremo, y eso era suficiente para cruzarlo inmediatamente, con temor pero con la necesidad de llegar pronto al final del puente, donde esperaba encontrarla. Lo paradójico era que a medida que se terminaba el sendero también la claridad y rápidamente todo se volvió sombrío, lúgubre, tenebroso, por lo que no me quedó otra opción que caminar por algunos minutos casi a tientas, luego me topé con una puerta semi abierta que empujé para terminar de abrirla, el rose de las bisagras oxidadas realmente provocó un ruido estremecedor, aterrador, pero me llené de valor y continué, sobre todo porque luego de entrar a aquella casa, empecé a oír la voz de Camila mucho más fuerte como si se encontrara en la habitación contigua, pero además se escuchaban murmullos, al parecer habían más personas en ese lugar. Crucé el primer ambiente, me encontré con un callejón aun más oscuro que la negra noche que me envolvía y donde sólo valía seguir con las manos estiradas para conservar el rumbo, menos mal era un trayecto corto de apenas algunos metros que me depositaba ante la última puerta antes de encontrarla.

Cuando pienso en Camila la recuerdo alegre, feliz, risueña, pueril, sus ojos enormes destellando frente a los míos, sus mejillas rosadas, sus labios gruesos y suaves dibujando una sonrisa maravillosa, recuerdo sus manos pequeñas acariciándome el rostro, toda ella acostada sobre mí diciendo que siempre me amaría y yo confirmando sus palabras, pero el destino aciago quiso que se derrumben esas ilusiones. Recuerdo que era una niña rebelde pero sin causa y orgullosa de serlo, defendiendo sus ideas liberales con uñas y dientes, la recuerdo muy segura de si misma, riéndose de la gente, del mundo entero, pero llorando a causa del temor de perdernos para siempre.

Cuando al fin logré abrir la puerta de aquella habitación vi tantas cosas absurdas, increíbles, terriblemente tristes e imposibles de describir que no pude reaccionar, me quedé parado sin movimientos en los brazos y piernas, los únicos que continuaron buscando a mi pequeña Camila fueron mis ojos. Vi muchos camarotes, unos cinco o seis a cada costado, atestados de personas en estados deplorables, al medio un espacio reducido, el piso de madera podrida, las paredes sucias, el techo incalculablemente alto, que hacía pensar que no existía.

Camila ocupaba el primer nivel del tercer camarote a mi derecha, gemía, lloraba, sufría. Yo no sabía porqué se encontraba en ese lugar y en esas condiciones y me desgarraba el alma, me sentí totalmente culpable, asocié de inmediato mi cobardía a la hora de retenerla a mi lado en la vida real con lo que le estaba sucediendo en sueños. En ese estado deprimente ella volteó, me vio, quiso levantarse pero no pudo, al percatarse de su incapacidad se echó a llorar más lastimosamente, con el rostro contra la almohada. Yo al fin pude vencer mi parálisis emocional y me acerqué a ella, me puse de rodillas frente a su cama, con una mano le acaricié la cabeza con la intención de consolarla y con la otra le cogí el mentón para levantar su rostro y darle un beso, ella cedió poco a poco hasta tener su cara frente a la mía, pero cuando me acercaba con los ojos cerrados para al fin besarla, todo cambió, se transportó, como suele suceder únicamente en sueños, la habitación no era la misma, ya no estaba arrodillado frente al camarote, ni la persona que tenía frente a mí era Camila, fue cuando desperté muy asustado, pensándola, recordándola, con la ansiedad de llamarla para saber si realmente me necesitaba.

viernes, 20 de marzo de 2009

Siempreesdifícil.crecer

Emilio y Octavio bordeaban los 15. Más exactamente, Emilio ya estaba por alcanzar los 16 y Octavio cumpliría 15 en unos meses. Ambos sentían ese espíritu navideño de la manera que solo los niños pueden sentirlo, quizás porque aun tenían alma de niños, pero ya mezclaban esos sentimientos infantiles con las ganas adolescentes de conocer personas, de salir a discotecas, bailar y probar sus primeros tragos.

Eran muy diferentes pero justamente por esa razón sentían que uno complementaba al otro. Emilio era un chico más bien tímido, no se expresaba mucho, prefería escuchar, había terminado con su primera enamorada luego de casi un año, la extrañaba y aun mantenía la esperanza de reconquistarla. Octavio era mucho más extrovertido, le gustaba contar todas sus experiencias, que no eran muchas en realidad a su corta edad, no tenía enamorada firme, uno que otro besito por ahí, nada serio, pero él era así, un donjuán. Dos amigos muy diferentes y a la vez muy contentos uno al lado del otro, no era una relación muy larga, todo lo contrario apenas salían juntos hace un par de meses, pero se apreciaban mucho, creo que se estimaban.

La madrugada del 25 de diciembre de 1995, se llamaron por fono y acordaron reunirse en casa de Emilio, pero no para quedarse ahí, sino para ir a una discoteca que estaba de moda. Octavio pasó a recoger a Emilio a las 2:30 de la madrugada terminada la cena navideña en casa y por supuesto luego de superar la acalorada discusión que toda la familia había improvisado.

─Papi, voy a salir con un amigo a una fiesta ─había dicho Octavio, con la voz temblorosa, esperando una negativa rotunda.
─¿Que cosa? ─dijo su madre, sin esperar una respuesta de su esposo, pero no fue un “¿qué cosa?” de enfado, más bien de sorpresa, hasta pensando que se trataba de una broma.

Todos estallaron en una risa burlona.

─Así que el enano tiene una fiesta, ni yo ─metió candela Matías, su hermano mayor.
─Déjalo pues ─lo defendió, como siempre solía hacerlo Viviana, su otra hermana, pero sin dejar de reírse.
─No deberías salir Octavito es muy peligroso de noche ─sostuvo, su recién estrenada cuñada, que tenía en brazos a su primogénito de solo días de nacido.

A todo esto, don Edgar, cabeza de familia, observaba atentamente esperando que Octavio termine el altercado diciendo que era una broma o algo por el estilo, pero él no dijo nada, solo sostenía la mirada enfrentando a su padre, como esperando una respuesta. Don Edgar sabía perfectamente lo que eso significaba, lo miró fríamente como retándolo, a ver si de ese modo retrocedía en su afán, pero no, el pequeñín estaba decidido. Luego de unos cuantos segundos de cruzar miraras o más bien “dardos”, su padre realmente pensó acabar con el tema negándole el permiso, pero luego de ver por primera vez esa determinación en los ojos de su hijo menor, decidió concederle su venía, para sorpresa de toda la familia, la madre de Octavio palideció al escuchar ─¿a que hora regresas? ─, de la voz de su esposo, pero ya no había nada más que hacer, Don Edgar había dicho.

Cuando Octavio llegó a la casa de Emilio, él ya lo estaba esperando, ni siquiera lo invitó a pasar para que salude a su familia, tomaron un taxi y se marcharon al Gato Pardo, discoteca que estaba muy de moda por esos años.

Antes de hacer su cola para ingresar, se dieron algunas vueltas por los alrededores de la discoteca para checar la “mercadería”, vieron chicas muy guapas, mayores que ellos generalmente, de hecho que bordeaban la mayoría de edad, eso avivó firmemente el entusiasmo que ya era muy grande en sus corazones. Cuando entraron al Gato Pardo estaban decididos a divertirse al máximo, a conocer chicas, a tomarse sus primeros tragos, a bailar hasta el amanecer y a enfrentar todo lo que venga, esa noche no le dirían no a nada. Quizá Emilio albergaba la ilusión de encontrar a Marcela y en una fecha tan importante y tradicional como esa, seguro que podía reconquistarla, pero si no era así, fácil podía conseguir una nueva novia esa misma madrugada navideña. En cambio Octavio no pensaba en nadie especial, solo gozaba con tantas chicas bellas a su alrededor, eran todas lindas o sus ojos emocionados le estaban jugando una mala pasada, no lo sabía pero estaba maravillado, demasiado feliz como para pretender buscar la verdad si esa no lo era.

Ambos estaban descubriendo un mundo distinto al de las matinés, un mundo más peligroso por cierto y por eso mismo más interesante, se sentían audaces, invencibles, atractivos, irresistibles, grandes, caminaban con el pecho inflamado, con los brazos moviéndose cadenciosamente, la mirada siempre al frente casi casi observando las luces superiores, ellos no lo sabían pero contrariamente se veían niños, inocentes e inexpertos, muchos chicos y chicas que ya frecuentaban estos lugares y con unos añitos más que ellos, se daban cuenta de inmediato, eran unos novatos, pero Emilio y Octavio no percibían esas miradas, por lo menos no en el sentido real, creían en su egocentrismo, que eran miradas de aceptación, y mejor aun, de admiración pero definitivamente eso era bueno y lo mejor, porque gracias a esa falsa percepción se sintieron cómodos en el Gato Pardo, se sintieron acogidos por ese nuevo grupo.

Indudablemente esa actitud captaba la atención, a pesar de todo, de las chicas más lindas de la discoteca, lástima que ya estaban acompañadas, porque en una fiesta navideña, la que no iba acompañada podía ser tildada de antisocial o más precisamente de fea, y como todas eran muy guapas en ese lugar, estaban muy bien acompañadas, no importaba si del enamorado, del amigo, del vecino, del primo y hasta del hermano, pero tenía que ser de ese modo, por lo que tuvieron que reprimir sus anhelos de conocer a este par de niños pretendiendo ser grandes.

La noche empezó para ellos con el primer chop de cerveza helada, cada uno sostenía uno. Claro que ya habían probado la cerveza pero en reuniones de familia, cuando algún tío joven les insistió para que probaran la espumante, para que sepan a que sabe y no hagan el papelón de sus vidas cuando llegara el momento. El momento había llegado, estaban preparados, aun pensaban que la cerveza no era agradable, aun no entendían porque los adultos consumían siempre harta cerveza en las reuniones, seguían pensando que era un asco, pero querían sentirse adultos esa noche, así que había que consumir cerveza y bien helada, acompañado de sus respectivos Hamilton Light, tampoco sabían fumar bien, pero ahí sostenían sus cigarrillos en una mano y en la otra su chop de Cristal. Con la chela aparte del mal sabor que les dejaba, no tenían mayor inconveniente, el problema era con los cigarrillos que cada vez que trataban de fumar se atoraban, así que decidieron abandonar los filtros y dedicarse solo a las cervezas y más bien emprender la tarea en busca de algún grupo de preciosas chicas que haya decidido ir por su cuenta.

Lamentablemente, pasaron las horas y los ánimos ya habían cedido, quizá se habían dado cuenta de la realidad, no lograron bailar una sola pieza, llevaban encima tres o cuatro chops, habían perdido la cuenta, se sentían tristes y algo mareados, movidos por el alcohol que por primera vez ocupaba imperante todo su ser, o por lo menos así lo creyeron ellos, estaban algo asustados por momentos, pero luego el mismo alcohol en sus venas hacía que dejaran de lado los temores iniciales y que se envalentonaran e intentaran, antes que amanezca, bailar por lo menos una pieza, la del honor , con alguna chica guapa muy guapa.

Pasaron muchos minutos más y no lograron su objetivo, no solo eran un par de niños en fiesta de jóvenes, sino que sus movimientos habían empezado a ser algo torpes producto del alcohol, no estaban mareados pero por la inexperiencia sucumbieron ante los primeros síntomas del adormecimiento. En las afueras, la claridad del día casi imperaba, salieron rumbo a sus casas, pero ¡oh brillante idea!, decidieron caminar unas cuadras en busca de otra discoteca, esa que ellos conocían, porque era la que frecuentaban en las matinés, caminaron despacio pretendiendo prolongar su primera salida nocturna, llegaron y se encontraron con las puertas del lugar totalmente cerradas, tremendo golpe bajo.

Como no habían muchos taxis a esa hora y sus casas no estaban muy alejadas, decidieron caminar hasta ellas, en el camino descubrieron una tienda abierta, tienda de barrio que vende de todo, desde verduras hasta licores, así que Octavio le propuso a Emilio tomarse su última cerveza como epílogo de esa primera fiesta navideña fuera de casa, éste aceptó pero aclaró que ya no le quedaba más dinero, asunto que Octavio arregló de inmediato sacando de su billetera, adquirida hace no más de 15 horas, un billete de 20 soles.

Tocaron, pidieron una cerveza y la dueña los miró casi enfadada y les exigió que se retiren de inmediato, que no podía atenderlos, primero porque estaban tomados y segundo porque quizá la metían presa por expender licores a menores de edad, con esto definitivamente terminaron convencidos que aun no estaban listos para seguir ese ritmo, que debían esperar un par de añitos más si pretendían estar a la altura, y quizá solo en ese momento dejarían de pensar que crecer no era tan sencillo.

Todos en casa de Octavio estaban dormidos, excepto su madre que no había podido pegar los ojos durante toda la madrugada, muy preocupada porque su pequeño su bebé no regresaba y era el único de sus hijos fuera de casa. Octavio tocó la puerta y esta vez si le abrieron de inmediato.

─!Hijo estás bien! ─dijo Doña Magdalena, pero no era una pregunta sino una especie de confirmación luego de observar a su hijo integro, sano y salvo de los miles de peligros que ocupan las calles.

─Si mamá, nada del otro mundo ─respondió Octavio, casi creyéndose todo un jovencito que regresaba de su enésima fiesta nocturna.
Ambos sabían que no era cierto, ambos sabían que había sido una noche difícil, pero fingieron que todo había marchado bien. Cuando Octavio se alejaba sin darle el beso de buenos días a su madre, ella percibió un tufillo de alcohol en su hijo ─no no─ se reprochó de inmediato ese pensamiento impuro ─qué piensas Magdalena es tu bebé, él jamás haría algo así─, lo dijo, se lo reprochó, pero dentro de su alma sabía que su niño estaba creciendo y no pudo evitar dejar caer una lágrima.

martes, 10 de marzo de 2009

Justicia.nolosé

La noche caía rápidamente sobre la ciudad, tenía listo el equipaje, no quedaba nada más que hacer en Lima, salvo ir a buscar a Marien, aunque eso significaría problemas con su padre, y teniendo en cuenta que era un militar retirado, la decisión se me hacía más complicada, pero ya la había tomado, abordé un taxi hasta Pueblo Libre, a la altura de la cuadra 11 de la Av. Bolívar, en el Jr. Clovis. Antes de tocar el timbre me quedé dando vueltas por el parque que estaba cerca, ordenando mis ideas, que debía decirle a Marien, porque a pesar de todo debo confesar que esa niña había conquistado mi corazón de un modo inusual, sentía que la quería con toda mi alma, me desgarraba pensar en el dolor que le había causado, ella menos que nadie merecía que le rompiera el corazón. En un último intento por evitar llegar a su casa, donde seguramente antes de hablar con ella tendría que enfrentar a su padre, tío, primos y hasta la abuela, marqué su celular, estaba apagado, no me quedaba otra forma, llamé por el intercomunicador.

─Si ─la voz era de un tipo mayor, mi corazón empezó a latir más fuerte, tenía miedo.
─Buenas noches, se encuentra Marien.

Me pareció ver como se le endurecía el rostro, que los pliegues de la frente se le marcaban aún más, la voz se le hizo más grave, casi gritaba.

─¿Quién la busca?
─Gustavo ─mi voz salió casi sin fuerza.
─¿Quién? ─no sé si repreguntó porque no me había escuchado, lo que era muy probable, o porque quiso estar seguro de que se trataba del cabrón que le había ocasionado una tragedia a su adorada hija.

Realmente, después de esa repregunta, pensé en irme, escapar, era suicida mi decisión de pretender hablar con es niña, pero algo me detuvo, aclaré la voz y respondí más fuerte. Y la reacción era previsible.

─Qué carajo quieres con mi hija.

Justo después que terminara la frase, se escucharon algunos murmullos, voces a la distancia, entre los que me pareció reconocer la de Marien, pero no se podía oír nada claro, hasta que alguien más joven, se acerco al intercomunicador y dijo que espere un rato que ya bajaban.

─¡Ya bajan! Mierda, ahhhhh ─dije y se me escarapeló todo el cuerpo.

No pasaron ni dos segundos cuando escuché que por lo menos más de dos personas se acercaban a la puerta principal, tras la cual me encontraba yo, temeroso, casi temblando. En otras circunstancias, seguramente hubiese escapado y si no existiera esa posibilidad, estaría muy alerta para defenderme o por lo menos intentar hacerlo, pero no, estaba temblando, asustadísimo, con las ideas totalmente revueltas por los nervios, sin saber que decir, como cuando se sube por primera vez a un escenario y al frente tienes a un mar de gente. Que mierda iba argumentar en mi defensa en ese estado.

Inconcientemente, di dos o tres pasos hacia atrás, fue cuando se abrió la puerta y el padre de Marien quiso arrojarse sobre mí, y me imagino que sus sobrinos, lo retuvieron, tratando de calmarlo. Don Ernesto, creo que maldecía, sus sobrinos le decían que se tranquilice, y Marien, creo que repetía que me vaya, pero yo, francamente no entendía nada, estaba totalmente turbado, no se que esperaba. Luego, lo último que recuerdo claramente es que le decía al primo mayor de Marien que no me iría sin antes hablar con ella.

Fueron minutos muy confusos, recuerdo vagamente que recibí un golpe en la cara, que me dejo viendo, literalmente, estrellitas, recuerdo que no devolví el golpe y al contrarío, “entregué la otra mejilla”, recuerdo que alguien se lanzaba sobre mí, alguien joven, al parecer Don Ernesto había decidido “no ensuciarse las manos”, y dejó esa tarea a sus dos sobrinos. Ya estaba en el piso y cuando pretendían golpearme más, Marien nuevamente apareció en escena, les gritaba totalmente angustiada que me dejaran en paz, ellos conmovidos, seguramente, más por la reacción de su pequeña prima, que por la sangre que brotaba de varias partes de mi cuerpo, sobre todo de mi nariz, controlaron sus ímpetus y se alejaron un poco sin decir una sola palabra, quizás recién en ese momento, fue que se detuvieron a pensar que se les había pasado la mano.

Como en las películas románticas, Marien se arrodilló en el piso y tras dejar caer unas cuantas lágrimas, me cogió de la nuca y con la otra mano empezó a limpiarme la sangre de la cara mientras me decía.

─Estás demente o qué, sabías lo que sucedería si te atrevías a venir.
─Sabes que mañana viajo y no quería irme sin hablar contigo, sin verte, sé que a pesar de lo que te diga, ya te hice daño…
─Cállate Gustavo, no sigas hablando, estás sangrando mucho, cállate por favor ─no me dejó terminar, continuó limpiándome con el puño de su chompa blanca, hasta ese momento impecable.

Le rompí el corazón, me rompieron la cara, justicia, no lo sé, pero la verdad es que me sentía menos culpable, es decir, la carga, el peso sobre mis hombros, se había aliviado.

Marien dijo que me creía, que me perdonaba, que lo que había hecho, le bastaba para saber lo mucho que la quería, que si algo sucedió, no le importaba, que lo olvidaría, pero que igualmente era una tragedia, tragedia porque me iría al día siguiente, y que cuando yo regresara a Lima, ella ya estaría en otro país.


Me fui a casa, luego de pasar por una farmacia y comprar una crema con efecto desinflamatorio, no era gran cosa pero tenía que ayudar a menguar los efectos de los golpes. Paradójicamente, después de recibir esa paliza, me sentía mucho más tranquilo, claro que, lo que más me sosegaba era la conversación posterior que sostuve con mi bebé.

sábado, 3 de enero de 2009

Casi.lamujerdemivida

Desde Nicaragua, publica su segunda entrada, mi pata Mark (de Oxapampa), comenten...
Muchas veces al despertar en las noches me pregunto que hubiera pasado si me hubiese casado, antes, ¿sería feliz?, ¿estaría jodido pensando en el futuro de mi mujer y mis hijos?, trabajando como loco, como la mayoría de mis amigos, viendo por su bienestar, pensando en pagar la casa, pensando en pagar el carro, el colegio de mis chibolos, no lo sé. A veces tengo tantas interrogantes de lo que pudo ser y no fue, preguntas que terminan angustiándome, en fin…, a todo esto, llegué a la conclusión de que una persona, no está diseñado para otra mujer, osea ya dejé de creer en las medias naranjas, y tanta vaina, desde que la mía busco otro medio limón y me jodió.

Pero todo eso, ya es parte de mi triste-alegre-orgulloso pasado, ahora sigo rodando pensando encontrar a “la mujer de mi life”, aunque en mi percepción, quizá errada, no la veo en mi horizonte. Mientras conozco a más mujeres cada una me va enseñando cosas agradables pero también más sentimientos y celos intratables.

Ahora estoy saliendo con Mariela, ella tiene 20 años, estudia medicina, y fue o es, mejor dicho, la novia de un amigo que trabajó conmigo y se fue a otro lugar, bueno la historia comenzó simple como todas, la conocí por medio de un mensaje al celular, una invitación para salir, ella, su amiga, yo y mi ex amigo (dudo que ahora me considere su amigo), y empatamos 2 a 2, todo bestial me llamo tal, te llamas tal, salimos a bailar, recuerdo, nos metimos un dance de 2 horas seguidos entre chelas y smirnofs (un trago con vodka), eso tomaban ellas yo happy con mis toñas, la fiesta terminó a las 2:00 am y la clásica, vamos a mi casa a seguirla, vivo solo, pero en la cama, al final cada uno se comió a su respectiva ”enamorada”.

Terminada la sesión con mi nueva flaca, no llegamos a más, impuse la excusa de siempre –debo trabajar temprano–, porque honestamente en la cama no fue ni chicha ni limonada, y para mí con eso se acabó el amor. Simplemente dejé de verla, ella también dejo de escribir, y yo seguía rodando con otras flacas, nada importante.

Hasta que, hace 20 días, me quede sin minutos en el cel y fui a comprar una recarga, pucha la vi, era la flaca de mi ex amigo, Mariela, pero mmm, estaba mejor que antes, alta ella, bonita figura, joven aun, morocha, bronceada por este sol inclemente, wau me quedé medio shockeado, y noté que a ella también le paso algo, se puso nerviosa, –vamos a ver– pensé, –que resulta de este encuentro fortuito–. Los día siguientes empecé a mandarle mensajes al cel, solo por joder, y me respondió de buena forma, y como es natural, luego empezaron las llamadas, y mensajes y llamadas, etc. En una de esas conversaciones, oh, sorpresa –aun estoy con tu amigo– reveló. Pensé en no insistir más, si quiere quiere y si no que se la guarde, no problem, y fue precisamente un viernes, que me iba manejando de la chamba cerca a la ciudad, planeado que seria de mi weekend pensando ir con la firme a un bar donde ponen rock en vivo 70 y 80s, no toy tan tio pero me vacilan esas rolas, muchos recuerdos, muchos amigos, y en un país que empiezo a conocer y disfrutar, pero casi llegando sonó el cel, era ella, Mariela, era la primera vez que me llamaba, me dijo si la propuesta de salir aun estaba en pie, y obvio , le dije que tenia otros planes pero que por ella podía posponerlos para otra ocasión, así que cambié mis planes, inventé que tenía que celebrar la cena por el ascenso de mi gerente a una gerencia corporativa de la empresa y mi hembrita cuasi firme me tenía que atracar, no se si lo hizo pero fui convincente con ese floro, llegué a mi casa, una ducha reparadora, un change de 15 minutos, buscar un preservativo, porsiacaso, y a la guerra, nos encontramos cerca a una disco, y ahí estaba con unos tacos bajos pero casi y me pasaba, pucha, bestial, un pantalón apretado, y un polito corto, para que más, para 34º grados son suficientes, así que entramos a vacilarnos, bailamos harto, ella más que yo, pues yo siempre fui y soy más bohemio, entonces cuando quería quedarme ahí tomando un trago en las rocas iba a bailar sola y me gustaba como lo hacía para mi, pues me miraba y contorneaba su cuerpo contra un espejo, me gustó el detalle, tanto que me animé a acompañarla y ponerla contra el espejo, tocar nuestros cuerpos bailando, rozarnos lujuriosamente hasta sudar, cuando terminó el mix, nuevamente amigos, algo pateados los dos, pero a la vez inquietos, ya eran las dos de la madrugada, la fiesta terminaba así que le propuse que nos fuéramos.

En el auto, continuaban angustiándome las dudas, después de tantos temas hablados, permanecía en mí, la incertidumbre –quiere o no, un choque y fuga conmigo–, pero ni modo, arranque y salimos del lugar, primero fuimos a un market a tomar un gatorade según ella, pero de igual forma yo también me hice el difícil, o quizá estaba confundido, sentía que iba a joder a un amigo. Seguí manejando hasta llegar a 100 mts. de su casa, ella llamó a la empleada para que le abra la puerta, caleta, y pucha, en la radio sólo sonaban baladas en inglés, esas clásicas, que las radios tocan eternamente, a veces odiadas y como en estos casos propicios y alcahuetes. En ese instante, ambos entendimos que cuando la carne busca a la carne, los principios se corrompen, me armé de valor, le moví la cabeza ligeramente y le di un beso suave, sólo para ver su reacción, y no fue para nada mala, por cierto, ella me respondió con otro beso y ya no pudimos detenernos, nos besamos amplia y apasionadamente, daba la impresión de querer comernos a besos, nuestras bocas y lenguas eran los guerreros y nosotros lo pilotos audaces, era mucho más que eso, me sentí húmedo y juro que ella también se mojó. Abrumado, en medio de la excitación deslicé mis manos hasta “tocarle el alma”, ella tan excitada como yo, no dijo nada, se dejó explorar sin el menor decoro, empecé a besar sus senos, tiernos, firmes, turgentes, aparentemente, con poco uso dado sus cortos años, me encandilé con ellos, y todo marchaba bien, hasta pensé en hacerla mía ahí mismo, pero no, tuvo que entrometer su cola el mismísimo lucifer, mala suerte, una señora de esas brujas que aparecen en toda historia romántica y nos jodió el trance, entonces solo quedaba el plan B, no podía llevarla a mi casa, porque en mi otro cuarto ella estuvo con el que ya conocen, así que antes que pronuncie nada le dije vamos al autohotel, este es un telo pero con cochera privada, nadie te ve en el lugar, llegas, te estacionas, ponen una cortina al garaje y te metes al cuarto directo, sin recepción ni nada y luego por una pequeña ventana pagas por la habitación, obvio, sin ver a nadie, solo veras manos, aquí le dicen el “hogar de los infieles”, jajaja, cuanta razón tienen, bueno ella apagó la luz, yo la prendí, empezamos mal, pero al final nos quedamos con la luz de las mesas de noche, punto neutral, y empezamos a disfrutar. Oh sorpresa, segunda revelación, esta vez nada verbal, que naturalidad, desenfreno, lujuria, todo al mismo tiempo, ella hizo lo que en mis pasadas relaciones me costó varias semanas de conversación y adiestramiento, cuanta conexión, si parecía que siempre lo hubiéramos hecho. Existió tanta química, que podría jurar que recordaré aquella faena (faenón, jaja) por siempre, de esas que después prendes un cigarro y muestras una sonrisa estúpida y miras el techo pensando que es el firmamento, preguntándote, porque yo, realmente me sorprendí, pero como toda noche, toda salida y toda función tiene que terminar, terminamos, nos quedamos dormimos cerca de dos horas. Al despertar, después de tanta pasión, creo que quedo luego el remordimiento mutuo, claro ninguno de nosotros se atrevió a decir algo, yo preferí callar y guardarme mis principios para otro día, luego la fui a dejar a su casa, sin mayores detalles que un tibio beso de despedida u un ─escríbeme o llámame si te acuerdas─, que me desencajo todo, pero no le quise dar más importancia y sólo lo tome como un cumplido. Me fui a dormir pensando en muchas cosas, en mis principios rotos, en lo traicionero que puede resultar la tentación de la carne, que incluso puede ganarle la partida a una sincera amistad. Al final, ─son huevadas─ dije, y me dormí.

Al día siguiente seguía pensando en lo que pasó, no se si por querer repetirlo o por querer borrarlo de mi hard disk, igualmente, seguí mi vida como siempre. A media mañana me llamó otra tentación, otra amiga que había terminado temprano sus clase en la universidad, le propuse ir a la playita y almorzar juntos, para despejarme y olvidar lo sucedido la noche anterior, craso error, a pesar que estuve con ella corriendo por la arena caliente, jugando, besándonos, al final de la tarde previo sunset y chelitas, nos emocionamos tanto que terminamos en mi casa, en mi cuarto en mi cama, nuevamente, según yo, nos íbamos a quitar la arena de encima, pero cuando apenas empezamos a intercambiar fluidos, jajaja, me di cuenta de la diferencia, ya no había esa magia, esa conexión, ese click de la noche anterior, así que intente hacerla feliz, lo logré, ella se vino, pero yo hice algo que hace mucho no hacia, fingí que tuve un orgasmo, para salir de ella, y meterme a la ducha a seguir pensando, no me quedaba otra, realmente me había impactado ese encuentro sexual, más allá de mis clásicos limites, pero igual como siempre dejé de ponerle tanta mente a estos cuestiones, ya era lunes y tenía que trabajar, desconecté mi programa de sentimientos y puse ON, al programa de rendimiento y producción, muy buena terapia por cierto, hasta que el miércoles, llegó un mensaje a mi cel, escueto pero perturbador ─espero que lo hayas disfrutado tanto como yo─.

Me quedé pensando, realmente me perturbó y le respondí claro que respondí, le seguí el juego, no podía quedarme atrás. Finalmente, llegamos a un acuerdo, ella se iba a un congreso de su especialidad a un resort en un balneario y me preguntó si quería acompañarla, mmmm, ni modo dije, atrás principios que voy de viaje.

Así, transcurrieron diez días, sosteniendo nuestro romance sólo en base a mensajes de texto, porque no podíamos vernos, hasta que llegó el viernes, pedí permiso por lo que quedaba del día, entonces empezamos nuestra mini luna de miel, mismo just married, besitos, abracitos, te quiero, te quiero y esas cosas, deteniéndonos cada 25 kilómetros para bajar del auto y darnos muchos besos morbosos y acariciarnos más de la cuenta, fue algo extraño pero intenso, y llegamos a nuestro destino, “para que describir lo que hicimos en la alfombra” dice Arjona, “si basta con decir que le besé hasta la sombra”, en fin, un weekend especial, como hacía muchos no lo tenía, apagué el cel, y traté de olvidarme del mundo, y vaya que lo hice. Sin duda, el lugar fue propicio para estos placeres, rodeado de un sol radiante, palmeras paradisíacas, hamacas, piscinas, para que pedir más. Como si con todo eso no bastara, servían todas las chelas que podías tomar, la comida uuummm, la cama, los baños, etc. Todos ellos atentos y serviciales espectadores de nuestras sesiones de amor, en todos los lugares donde pudimos, incluso en la playa, de madrugada, pero a medida que transcurría el segundo día, advertía, que iniciaba la cuenta regresiva, me bajoneó un poco pero traté de seguir disfrutándolo, presintiendo que todo esto terminaría pronto, sin saber si era lo que quería o no, pero terminaría.

Así dejamos nuestra cabaña y empezó el largo viaje de retorno, tres horas, en las cuales nos perdíamos quien sabe, en que pensamientos, seguramente los más absurdos, tratando de decir, explicar o argumentar razones que nos condujeran a sobrellevar los sentimientos de culpabilidad, que sería de nosotros. Yo trataba de llevar la conversación por otro lado, pero era algo que no podía esquivarse, a medida que íbamos llegando a nuestro destino final, por momentos, tenía ganas de decirle que empezáramos algo juntos, pero luego pensaba en mi ex amigo, y por dentro también me entraba una duda, y como caída del cielo en la radio empezó a sonar la canción “ajena” que dice algo como ─no ves cuanto me hiere tu traición yo que soñaba con hacerte solo mía, con tu error me lastimaste el corazón si lo engañaste a él, a mi lo mismo me harías─. Les juro que no pude evitar un ataque de risa, al punto que tuve que parar el carro y salir a tomar aire para que se me pasara, no sé si alguien me lo había enviado desde arriba pero fue precisa. Sin embargo, como que seguía sintiendo ese nudo en la garganta, por no saber como terminaría este furtivo encuentro, porque esto de ser amante como que ya lo viví y bastante, bastaaaaante diría yo, pero este estigma aun me persigue y yo que no quiero!. Minutos antes de llegar, le llamó el novio (mi ex amigo), con las típicas preguntas del tipo celoso ─¿dónde estás, con quien estás, a donde fuiste, con quien saliste?─, y todo de paporreta. Pucha, esa fue la cereza de la torta, felizmente estábamos cerca así que al bajarla del carro a su taxi, me dio una mirada que me golpeó, sentí que sus ojos me decían ─hasta aquí nomás, lo dejamos así porque tu lo quiere, no lo olvides─, me dio un beso en la boca y me quedé suspendido, me sentí fatal, era como despertar de otro sueño más, ya conocía esa sensación. No podía pedirle o permitirle que termine con el novio, para después yo hacerla sufrir, no se lo merecía, retrocedí, di la vuelta y me fui a descansar pensando y recordando mil y una escenas de los días anteriores, tratando de sentirme menos mal, inyectándome optimismo y esperanza ─todo lo que viene será mejor─ me repetía, porque es algo que aun espero.