martes, 10 de marzo de 2009

Justicia.nolosé

La noche caía rápidamente sobre la ciudad, tenía listo el equipaje, no quedaba nada más que hacer en Lima, salvo ir a buscar a Marien, aunque eso significaría problemas con su padre, y teniendo en cuenta que era un militar retirado, la decisión se me hacía más complicada, pero ya la había tomado, abordé un taxi hasta Pueblo Libre, a la altura de la cuadra 11 de la Av. Bolívar, en el Jr. Clovis. Antes de tocar el timbre me quedé dando vueltas por el parque que estaba cerca, ordenando mis ideas, que debía decirle a Marien, porque a pesar de todo debo confesar que esa niña había conquistado mi corazón de un modo inusual, sentía que la quería con toda mi alma, me desgarraba pensar en el dolor que le había causado, ella menos que nadie merecía que le rompiera el corazón. En un último intento por evitar llegar a su casa, donde seguramente antes de hablar con ella tendría que enfrentar a su padre, tío, primos y hasta la abuela, marqué su celular, estaba apagado, no me quedaba otra forma, llamé por el intercomunicador.

─Si ─la voz era de un tipo mayor, mi corazón empezó a latir más fuerte, tenía miedo.
─Buenas noches, se encuentra Marien.

Me pareció ver como se le endurecía el rostro, que los pliegues de la frente se le marcaban aún más, la voz se le hizo más grave, casi gritaba.

─¿Quién la busca?
─Gustavo ─mi voz salió casi sin fuerza.
─¿Quién? ─no sé si repreguntó porque no me había escuchado, lo que era muy probable, o porque quiso estar seguro de que se trataba del cabrón que le había ocasionado una tragedia a su adorada hija.

Realmente, después de esa repregunta, pensé en irme, escapar, era suicida mi decisión de pretender hablar con es niña, pero algo me detuvo, aclaré la voz y respondí más fuerte. Y la reacción era previsible.

─Qué carajo quieres con mi hija.

Justo después que terminara la frase, se escucharon algunos murmullos, voces a la distancia, entre los que me pareció reconocer la de Marien, pero no se podía oír nada claro, hasta que alguien más joven, se acerco al intercomunicador y dijo que espere un rato que ya bajaban.

─¡Ya bajan! Mierda, ahhhhh ─dije y se me escarapeló todo el cuerpo.

No pasaron ni dos segundos cuando escuché que por lo menos más de dos personas se acercaban a la puerta principal, tras la cual me encontraba yo, temeroso, casi temblando. En otras circunstancias, seguramente hubiese escapado y si no existiera esa posibilidad, estaría muy alerta para defenderme o por lo menos intentar hacerlo, pero no, estaba temblando, asustadísimo, con las ideas totalmente revueltas por los nervios, sin saber que decir, como cuando se sube por primera vez a un escenario y al frente tienes a un mar de gente. Que mierda iba argumentar en mi defensa en ese estado.

Inconcientemente, di dos o tres pasos hacia atrás, fue cuando se abrió la puerta y el padre de Marien quiso arrojarse sobre mí, y me imagino que sus sobrinos, lo retuvieron, tratando de calmarlo. Don Ernesto, creo que maldecía, sus sobrinos le decían que se tranquilice, y Marien, creo que repetía que me vaya, pero yo, francamente no entendía nada, estaba totalmente turbado, no se que esperaba. Luego, lo último que recuerdo claramente es que le decía al primo mayor de Marien que no me iría sin antes hablar con ella.

Fueron minutos muy confusos, recuerdo vagamente que recibí un golpe en la cara, que me dejo viendo, literalmente, estrellitas, recuerdo que no devolví el golpe y al contrarío, “entregué la otra mejilla”, recuerdo que alguien se lanzaba sobre mí, alguien joven, al parecer Don Ernesto había decidido “no ensuciarse las manos”, y dejó esa tarea a sus dos sobrinos. Ya estaba en el piso y cuando pretendían golpearme más, Marien nuevamente apareció en escena, les gritaba totalmente angustiada que me dejaran en paz, ellos conmovidos, seguramente, más por la reacción de su pequeña prima, que por la sangre que brotaba de varias partes de mi cuerpo, sobre todo de mi nariz, controlaron sus ímpetus y se alejaron un poco sin decir una sola palabra, quizás recién en ese momento, fue que se detuvieron a pensar que se les había pasado la mano.

Como en las películas románticas, Marien se arrodilló en el piso y tras dejar caer unas cuantas lágrimas, me cogió de la nuca y con la otra mano empezó a limpiarme la sangre de la cara mientras me decía.

─Estás demente o qué, sabías lo que sucedería si te atrevías a venir.
─Sabes que mañana viajo y no quería irme sin hablar contigo, sin verte, sé que a pesar de lo que te diga, ya te hice daño…
─Cállate Gustavo, no sigas hablando, estás sangrando mucho, cállate por favor ─no me dejó terminar, continuó limpiándome con el puño de su chompa blanca, hasta ese momento impecable.

Le rompí el corazón, me rompieron la cara, justicia, no lo sé, pero la verdad es que me sentía menos culpable, es decir, la carga, el peso sobre mis hombros, se había aliviado.

Marien dijo que me creía, que me perdonaba, que lo que había hecho, le bastaba para saber lo mucho que la quería, que si algo sucedió, no le importaba, que lo olvidaría, pero que igualmente era una tragedia, tragedia porque me iría al día siguiente, y que cuando yo regresara a Lima, ella ya estaría en otro país.


Me fui a casa, luego de pasar por una farmacia y comprar una crema con efecto desinflamatorio, no era gran cosa pero tenía que ayudar a menguar los efectos de los golpes. Paradójicamente, después de recibir esa paliza, me sentía mucho más tranquilo, claro que, lo que más me sosegaba era la conversación posterior que sostuve con mi bebé.

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