La primera vez que visité la calurosa ciudad de Pucallpa tenía 11 años, mis padres habían decidido aprovechar el fin de semana largo para conocer aquella ciudad. Para entonces vivíamos en el distrito joven de San Borja, en Lima, entre las avenidas San Borja Sur y Aviación. Yo era el único hijo de la familia Dávila Méndez, que a pesar de algunos problemas extra matrimoniales entre mis padres, éramos felices.Mi tía Sonia, hermana menor de mi madre, que había tenido un novio Pucalpino, muy buena gente, trabajador y honesto, se había encargado de conducirnos a esa ciudad, contándonos maravillas de ella. Nos relataba sus innumerables paseos alrededor de la laguna de Yarina, de su hermoso parque natural (zoológico), de su riquísimo tacacho con cecina y/o chorizo, sus juanes, entre otros parajes turísticos y maravillas gastronómicas.
No había mucho que pensar, y nos enrumbamos un jueves a la 1 de la tarde en la empresa León de Huanuco que abordamos en la Av. 28 de Julio, en la Victoria. Tras aproximadamente 18 horas de viaje llegamos a nuestro destino, cerca de las 9 de la mañana y nos hospedamos en el Hotel Komby que queda a una cuadra y media de la plaza mayor de la ciudad.
Luego de bañarnos y tomar desayuno, doncella frita con papas sancochadas y arroz, acompañado de un delicioso vaso de refresco de cocona helada, lo primero que hicimos fue visitar el parque natural a insistencia mía. A esa edad entre la niñez y la pubertad todavía se conserva la ansiedad por conocer animales, pero por sobre todo, porque sentía que algo o alguien me atraía fuertemente a ese lugar, era un sentimiento que me había abordado desde que me enteré que viajaríamos a Pucallpa y que no había cedido ni un solo instante.
Recuerdo perfectamente que llegamos al parque a las 11 de la mañana y a pesar que solo había una pequeña cola para ingresar, hacía crecer mi ansiedad y mis expectativas. Por fin luego de 15 minutos de espera logramos ingresar, compramos papitas y rosquillas y empezamos nuestro recorrido. Al principio sentí una ligera decepción porque solo veíamos en el primer tramo diferentes especies de porcinos, sajinos, sachavacas, wanganas y añujes, que aparte de emanar un fétido olor a excremento, hacían unos gruñidos espantosos que me hicieron pensar en desertar, a lo que mi madre me alentó diciéndome que recién empezábamos. En efecto, luego mejoraron mis ánimos, cuando llegamos al circuito de monos, entre maquisapas, chimpancés, machines blancos y negros, monos rojos y más, todos obviamente atrapados por mallas metálicas y redes. Sin embargo, casi terminando ese circuito nos encontramos con un monito choro cola amarilla, libre, que recibía de las manos de un visitante unas rosquillas. Al ver ese espectáculo, sin pensarlo, me deshice de la mano de mi padre y corrí a su encuentro y le ofrecí las últimas papitas que me quedaban, a lo que mi madre respondió gritando desesperadamente –ten cuidado tesoro, no te vaya a morder las manos–. Pero como casi todo niño de 11 años, aturdido por la emoción, no escuché o no quise escuchar e igualmente acerque las papitas a las manos extendidas de ese monito choro, que con mucha gracia y delicadeza acercó a su boca y empezó a masticar rápidamente para luego estirar nuevamente el brazo y pedir más, continué dándole hasta que ya no me quedó nada que ofrecerle. Por supuesto, el monito no entendió que ya no había más papitas y continuó con el brazo estirado y haciendo unos leves gruñidos en señal de querer seguir comiendo.
Superado el dilema continuamos el trayecto hasta las distintas especies de aves, circuito que no me llamó mucho la atención e inconcientemente apuraba a mis padres hasta el siguiente circuito, el de los felinos.
Extrañamente a medida que me acercaba a los leopardos, tigres, pumas, otorongos y jaguares, sentía que una fuerza me conducía a ese lugar, una sensación maravillosa y emocionante que jamás había experimentado y que hasta el día de hoy no se explicar bien, era como una fuerte atracción de imán a los metales.
La ansiedad e intriga crecían a medida que me acercaba, una gran emoción inundó mi corazón, mi mente y mi alma, vimos como los otorongos paseaban de un lugar a otro dentro de sus jaulas, el puma que hacía pensar que no estaba de humor y que de un solo rugido me hizo saltar un metro y medio atrás. Pero cuando llegamos a la jaula del jaguar sucedió algo mágico, sentí como si al mirar a ese animal tan noble, fuerte y a la vez tan temido, mí mente se trasladaba a un espacio diferente y juro que vi como destellaban sus ojos cuando me miró fijamente. Fue en ese preciso momento que escuché su voz triste y rasposa, como de un niño que acababa de llorar.
–Me llamo Jawy, tengo tres años y ¿tú eres Calín verdad? –me dijo.
Siempre tuve una imaginación prolija y por un momento pensé que era mi mente que me estaba jugando una mala pasada, pero al instante continuó hablando y supe que todo era cierto.
–¿Te llamas Calín verdad? –me preguntó, más calmadamente.
–Mi nombre es Carlos pero todos me llaman Calín –dije, solo por no quedarme callado, sin salir de mi estupor.
–No temas, todos los animales podemos comunicarnos con los humanos solo que ellos no nos quieren escuchar –aseguró.
–¿Tú eras quien me llamaba?, sentía que tenía que venir hasta aquí, que alguien necesitaba de mí, ¿fuiste tú? –pregunté, al fin.
–Así es, tampoco yo puedo explicarlo, pero hace algunos días empecé a sentir que un hermano que no conocía llegaría a mi lado y mentalmente lo llamaba, hasta que hoy al verte estuve seguro que se trataba de ti Calín –decía muy emocionado, realmente convencido de lo que decía.
–Pero eso es imposible, tú y yo no podemos ser hermanos, tu eres un jaguar y yo un niño –balbuceé.
–Todos somos animales e hijos de Dios, solo que nacemos en diferentes especies, pero en este caso tú y yo tenemos almas gemelas –quiso seguir, pero lo interrumpí.
–No puede ser, no puede ser –repetía una y otra vez, hasta que él continuó.
–Somos hermanos y tenemos almas gemelas es por eso que acudiste a mi llamado. Desde que murieron mis padres me siento muy triste, solo y abandonado, puedes llevarme contigo y tu familia –preguntó como si se tratara de algo muy natural.
Mi vida cambió desde ese momento, las palabras y el sentir de Jawy me hicieron entender en esos pocos minutos de conversación que todo lo que decía era cierto, que tenía que cumplir los deseos de mi hermano.
Nos costo larguísimos 4 años conseguir lo que tanto deseábamos Jawy y yo, y claro con la ayuda de mis amados padres, que nunca me creyeron la historia que les conté, pero sí creyeron en el amor puro, sincero y grandioso hacia el jaguar y con eso les bastó. Era evidente, que no existían argumentos realistas para sustentar nuestra petición, argumentos que nos harían ganar el juicio que nos permitiría llevar a Jawy a casa, a su nueva casa. Pero luego de tantos jueces y fiscales en contra de nuestra búsqueda, nuestro abogado, el Dr. Quinteros De la Cruz, planteó una excelente estrategia que garantizaba la mejora de calidad de vida del jaguar, la no existencia de peligro por estar Jawy totalmente domesticado y el profundo amor de un niño que se hacía adolescente a lo largo de esos años de litigio, terminaron por conmover al juez Cáceres Pineda, limeño de nacimiento pero establecido en Pucallpa hace algunas décadas, quien nos otorgó el beneficio de la adopción legal de Jawy. Fue el día más feliz de nuestras vidas.
A lo largo de todo ese tiempo en los primeros años de la década de los noventa, que mis padres libraron la batalla más grande de sus vidas, en primer lugar, por amor a su hijo y luego también a Jawy, su segundo hijo, nos habíamos instalado en una casita de madera en el Jr. 7 de Junio a cinco cuadras de la plaza mayor, donde continuaríamos viviendo durante dos años más, luego de ganar el juicio. Para después mudarnos a las afueras de la ciudad de Chiclayo, donde hasta hoy en día vivimos.
Hoy tengo 29 años y después de 12 regreso a Pucallpa, esta vez solo, aunque en mi mente Jawy viaja conmigo. Mi único hermano, murió hace dos semanas, tenía 21 años, edad considerada en la adultez para los jaguares, y antes de dejarnos me suplicó que regrese al Parque Natural donde lo encontramos hace 18 años, cuando aun era muy joven, para despedirlo de sus amigos y compañeros. Ahora me encuentro en la entrada del parque, no ha cambiado mucho, la misma casita diminuta de madera donde venden los tickets para ingresar, el letrero que tiene el mismo enunciado, salvo mejor pintado, y la reja descolorida y algo oxidada, como la recuerdo, se vienen a mi mente cada instante desde que lo conocí y siento que fue lo mejor que me ha pasado…gracias por llegar a mi vida Jawy, gracias Dios. FIN.

