viernes, 20 de marzo de 2009

Siempreesdifícil.crecer

Emilio y Octavio bordeaban los 15. Más exactamente, Emilio ya estaba por alcanzar los 16 y Octavio cumpliría 15 en unos meses. Ambos sentían ese espíritu navideño de la manera que solo los niños pueden sentirlo, quizás porque aun tenían alma de niños, pero ya mezclaban esos sentimientos infantiles con las ganas adolescentes de conocer personas, de salir a discotecas, bailar y probar sus primeros tragos.

Eran muy diferentes pero justamente por esa razón sentían que uno complementaba al otro. Emilio era un chico más bien tímido, no se expresaba mucho, prefería escuchar, había terminado con su primera enamorada luego de casi un año, la extrañaba y aun mantenía la esperanza de reconquistarla. Octavio era mucho más extrovertido, le gustaba contar todas sus experiencias, que no eran muchas en realidad a su corta edad, no tenía enamorada firme, uno que otro besito por ahí, nada serio, pero él era así, un donjuán. Dos amigos muy diferentes y a la vez muy contentos uno al lado del otro, no era una relación muy larga, todo lo contrario apenas salían juntos hace un par de meses, pero se apreciaban mucho, creo que se estimaban.

La madrugada del 25 de diciembre de 1995, se llamaron por fono y acordaron reunirse en casa de Emilio, pero no para quedarse ahí, sino para ir a una discoteca que estaba de moda. Octavio pasó a recoger a Emilio a las 2:30 de la madrugada terminada la cena navideña en casa y por supuesto luego de superar la acalorada discusión que toda la familia había improvisado.

─Papi, voy a salir con un amigo a una fiesta ─había dicho Octavio, con la voz temblorosa, esperando una negativa rotunda.
─¿Que cosa? ─dijo su madre, sin esperar una respuesta de su esposo, pero no fue un “¿qué cosa?” de enfado, más bien de sorpresa, hasta pensando que se trataba de una broma.

Todos estallaron en una risa burlona.

─Así que el enano tiene una fiesta, ni yo ─metió candela Matías, su hermano mayor.
─Déjalo pues ─lo defendió, como siempre solía hacerlo Viviana, su otra hermana, pero sin dejar de reírse.
─No deberías salir Octavito es muy peligroso de noche ─sostuvo, su recién estrenada cuñada, que tenía en brazos a su primogénito de solo días de nacido.

A todo esto, don Edgar, cabeza de familia, observaba atentamente esperando que Octavio termine el altercado diciendo que era una broma o algo por el estilo, pero él no dijo nada, solo sostenía la mirada enfrentando a su padre, como esperando una respuesta. Don Edgar sabía perfectamente lo que eso significaba, lo miró fríamente como retándolo, a ver si de ese modo retrocedía en su afán, pero no, el pequeñín estaba decidido. Luego de unos cuantos segundos de cruzar miraras o más bien “dardos”, su padre realmente pensó acabar con el tema negándole el permiso, pero luego de ver por primera vez esa determinación en los ojos de su hijo menor, decidió concederle su venía, para sorpresa de toda la familia, la madre de Octavio palideció al escuchar ─¿a que hora regresas? ─, de la voz de su esposo, pero ya no había nada más que hacer, Don Edgar había dicho.

Cuando Octavio llegó a la casa de Emilio, él ya lo estaba esperando, ni siquiera lo invitó a pasar para que salude a su familia, tomaron un taxi y se marcharon al Gato Pardo, discoteca que estaba muy de moda por esos años.

Antes de hacer su cola para ingresar, se dieron algunas vueltas por los alrededores de la discoteca para checar la “mercadería”, vieron chicas muy guapas, mayores que ellos generalmente, de hecho que bordeaban la mayoría de edad, eso avivó firmemente el entusiasmo que ya era muy grande en sus corazones. Cuando entraron al Gato Pardo estaban decididos a divertirse al máximo, a conocer chicas, a tomarse sus primeros tragos, a bailar hasta el amanecer y a enfrentar todo lo que venga, esa noche no le dirían no a nada. Quizá Emilio albergaba la ilusión de encontrar a Marcela y en una fecha tan importante y tradicional como esa, seguro que podía reconquistarla, pero si no era así, fácil podía conseguir una nueva novia esa misma madrugada navideña. En cambio Octavio no pensaba en nadie especial, solo gozaba con tantas chicas bellas a su alrededor, eran todas lindas o sus ojos emocionados le estaban jugando una mala pasada, no lo sabía pero estaba maravillado, demasiado feliz como para pretender buscar la verdad si esa no lo era.

Ambos estaban descubriendo un mundo distinto al de las matinés, un mundo más peligroso por cierto y por eso mismo más interesante, se sentían audaces, invencibles, atractivos, irresistibles, grandes, caminaban con el pecho inflamado, con los brazos moviéndose cadenciosamente, la mirada siempre al frente casi casi observando las luces superiores, ellos no lo sabían pero contrariamente se veían niños, inocentes e inexpertos, muchos chicos y chicas que ya frecuentaban estos lugares y con unos añitos más que ellos, se daban cuenta de inmediato, eran unos novatos, pero Emilio y Octavio no percibían esas miradas, por lo menos no en el sentido real, creían en su egocentrismo, que eran miradas de aceptación, y mejor aun, de admiración pero definitivamente eso era bueno y lo mejor, porque gracias a esa falsa percepción se sintieron cómodos en el Gato Pardo, se sintieron acogidos por ese nuevo grupo.

Indudablemente esa actitud captaba la atención, a pesar de todo, de las chicas más lindas de la discoteca, lástima que ya estaban acompañadas, porque en una fiesta navideña, la que no iba acompañada podía ser tildada de antisocial o más precisamente de fea, y como todas eran muy guapas en ese lugar, estaban muy bien acompañadas, no importaba si del enamorado, del amigo, del vecino, del primo y hasta del hermano, pero tenía que ser de ese modo, por lo que tuvieron que reprimir sus anhelos de conocer a este par de niños pretendiendo ser grandes.

La noche empezó para ellos con el primer chop de cerveza helada, cada uno sostenía uno. Claro que ya habían probado la cerveza pero en reuniones de familia, cuando algún tío joven les insistió para que probaran la espumante, para que sepan a que sabe y no hagan el papelón de sus vidas cuando llegara el momento. El momento había llegado, estaban preparados, aun pensaban que la cerveza no era agradable, aun no entendían porque los adultos consumían siempre harta cerveza en las reuniones, seguían pensando que era un asco, pero querían sentirse adultos esa noche, así que había que consumir cerveza y bien helada, acompañado de sus respectivos Hamilton Light, tampoco sabían fumar bien, pero ahí sostenían sus cigarrillos en una mano y en la otra su chop de Cristal. Con la chela aparte del mal sabor que les dejaba, no tenían mayor inconveniente, el problema era con los cigarrillos que cada vez que trataban de fumar se atoraban, así que decidieron abandonar los filtros y dedicarse solo a las cervezas y más bien emprender la tarea en busca de algún grupo de preciosas chicas que haya decidido ir por su cuenta.

Lamentablemente, pasaron las horas y los ánimos ya habían cedido, quizá se habían dado cuenta de la realidad, no lograron bailar una sola pieza, llevaban encima tres o cuatro chops, habían perdido la cuenta, se sentían tristes y algo mareados, movidos por el alcohol que por primera vez ocupaba imperante todo su ser, o por lo menos así lo creyeron ellos, estaban algo asustados por momentos, pero luego el mismo alcohol en sus venas hacía que dejaran de lado los temores iniciales y que se envalentonaran e intentaran, antes que amanezca, bailar por lo menos una pieza, la del honor , con alguna chica guapa muy guapa.

Pasaron muchos minutos más y no lograron su objetivo, no solo eran un par de niños en fiesta de jóvenes, sino que sus movimientos habían empezado a ser algo torpes producto del alcohol, no estaban mareados pero por la inexperiencia sucumbieron ante los primeros síntomas del adormecimiento. En las afueras, la claridad del día casi imperaba, salieron rumbo a sus casas, pero ¡oh brillante idea!, decidieron caminar unas cuadras en busca de otra discoteca, esa que ellos conocían, porque era la que frecuentaban en las matinés, caminaron despacio pretendiendo prolongar su primera salida nocturna, llegaron y se encontraron con las puertas del lugar totalmente cerradas, tremendo golpe bajo.

Como no habían muchos taxis a esa hora y sus casas no estaban muy alejadas, decidieron caminar hasta ellas, en el camino descubrieron una tienda abierta, tienda de barrio que vende de todo, desde verduras hasta licores, así que Octavio le propuso a Emilio tomarse su última cerveza como epílogo de esa primera fiesta navideña fuera de casa, éste aceptó pero aclaró que ya no le quedaba más dinero, asunto que Octavio arregló de inmediato sacando de su billetera, adquirida hace no más de 15 horas, un billete de 20 soles.

Tocaron, pidieron una cerveza y la dueña los miró casi enfadada y les exigió que se retiren de inmediato, que no podía atenderlos, primero porque estaban tomados y segundo porque quizá la metían presa por expender licores a menores de edad, con esto definitivamente terminaron convencidos que aun no estaban listos para seguir ese ritmo, que debían esperar un par de añitos más si pretendían estar a la altura, y quizá solo en ese momento dejarían de pensar que crecer no era tan sencillo.

Todos en casa de Octavio estaban dormidos, excepto su madre que no había podido pegar los ojos durante toda la madrugada, muy preocupada porque su pequeño su bebé no regresaba y era el único de sus hijos fuera de casa. Octavio tocó la puerta y esta vez si le abrieron de inmediato.

─!Hijo estás bien! ─dijo Doña Magdalena, pero no era una pregunta sino una especie de confirmación luego de observar a su hijo integro, sano y salvo de los miles de peligros que ocupan las calles.

─Si mamá, nada del otro mundo ─respondió Octavio, casi creyéndose todo un jovencito que regresaba de su enésima fiesta nocturna.
Ambos sabían que no era cierto, ambos sabían que había sido una noche difícil, pero fingieron que todo había marchado bien. Cuando Octavio se alejaba sin darle el beso de buenos días a su madre, ella percibió un tufillo de alcohol en su hijo ─no no─ se reprochó de inmediato ese pensamiento impuro ─qué piensas Magdalena es tu bebé, él jamás haría algo así─, lo dijo, se lo reprochó, pero dentro de su alma sabía que su niño estaba creciendo y no pudo evitar dejar caer una lágrima.

martes, 10 de marzo de 2009

Justicia.nolosé

La noche caía rápidamente sobre la ciudad, tenía listo el equipaje, no quedaba nada más que hacer en Lima, salvo ir a buscar a Marien, aunque eso significaría problemas con su padre, y teniendo en cuenta que era un militar retirado, la decisión se me hacía más complicada, pero ya la había tomado, abordé un taxi hasta Pueblo Libre, a la altura de la cuadra 11 de la Av. Bolívar, en el Jr. Clovis. Antes de tocar el timbre me quedé dando vueltas por el parque que estaba cerca, ordenando mis ideas, que debía decirle a Marien, porque a pesar de todo debo confesar que esa niña había conquistado mi corazón de un modo inusual, sentía que la quería con toda mi alma, me desgarraba pensar en el dolor que le había causado, ella menos que nadie merecía que le rompiera el corazón. En un último intento por evitar llegar a su casa, donde seguramente antes de hablar con ella tendría que enfrentar a su padre, tío, primos y hasta la abuela, marqué su celular, estaba apagado, no me quedaba otra forma, llamé por el intercomunicador.

─Si ─la voz era de un tipo mayor, mi corazón empezó a latir más fuerte, tenía miedo.
─Buenas noches, se encuentra Marien.

Me pareció ver como se le endurecía el rostro, que los pliegues de la frente se le marcaban aún más, la voz se le hizo más grave, casi gritaba.

─¿Quién la busca?
─Gustavo ─mi voz salió casi sin fuerza.
─¿Quién? ─no sé si repreguntó porque no me había escuchado, lo que era muy probable, o porque quiso estar seguro de que se trataba del cabrón que le había ocasionado una tragedia a su adorada hija.

Realmente, después de esa repregunta, pensé en irme, escapar, era suicida mi decisión de pretender hablar con es niña, pero algo me detuvo, aclaré la voz y respondí más fuerte. Y la reacción era previsible.

─Qué carajo quieres con mi hija.

Justo después que terminara la frase, se escucharon algunos murmullos, voces a la distancia, entre los que me pareció reconocer la de Marien, pero no se podía oír nada claro, hasta que alguien más joven, se acerco al intercomunicador y dijo que espere un rato que ya bajaban.

─¡Ya bajan! Mierda, ahhhhh ─dije y se me escarapeló todo el cuerpo.

No pasaron ni dos segundos cuando escuché que por lo menos más de dos personas se acercaban a la puerta principal, tras la cual me encontraba yo, temeroso, casi temblando. En otras circunstancias, seguramente hubiese escapado y si no existiera esa posibilidad, estaría muy alerta para defenderme o por lo menos intentar hacerlo, pero no, estaba temblando, asustadísimo, con las ideas totalmente revueltas por los nervios, sin saber que decir, como cuando se sube por primera vez a un escenario y al frente tienes a un mar de gente. Que mierda iba argumentar en mi defensa en ese estado.

Inconcientemente, di dos o tres pasos hacia atrás, fue cuando se abrió la puerta y el padre de Marien quiso arrojarse sobre mí, y me imagino que sus sobrinos, lo retuvieron, tratando de calmarlo. Don Ernesto, creo que maldecía, sus sobrinos le decían que se tranquilice, y Marien, creo que repetía que me vaya, pero yo, francamente no entendía nada, estaba totalmente turbado, no se que esperaba. Luego, lo último que recuerdo claramente es que le decía al primo mayor de Marien que no me iría sin antes hablar con ella.

Fueron minutos muy confusos, recuerdo vagamente que recibí un golpe en la cara, que me dejo viendo, literalmente, estrellitas, recuerdo que no devolví el golpe y al contrarío, “entregué la otra mejilla”, recuerdo que alguien se lanzaba sobre mí, alguien joven, al parecer Don Ernesto había decidido “no ensuciarse las manos”, y dejó esa tarea a sus dos sobrinos. Ya estaba en el piso y cuando pretendían golpearme más, Marien nuevamente apareció en escena, les gritaba totalmente angustiada que me dejaran en paz, ellos conmovidos, seguramente, más por la reacción de su pequeña prima, que por la sangre que brotaba de varias partes de mi cuerpo, sobre todo de mi nariz, controlaron sus ímpetus y se alejaron un poco sin decir una sola palabra, quizás recién en ese momento, fue que se detuvieron a pensar que se les había pasado la mano.

Como en las películas románticas, Marien se arrodilló en el piso y tras dejar caer unas cuantas lágrimas, me cogió de la nuca y con la otra mano empezó a limpiarme la sangre de la cara mientras me decía.

─Estás demente o qué, sabías lo que sucedería si te atrevías a venir.
─Sabes que mañana viajo y no quería irme sin hablar contigo, sin verte, sé que a pesar de lo que te diga, ya te hice daño…
─Cállate Gustavo, no sigas hablando, estás sangrando mucho, cállate por favor ─no me dejó terminar, continuó limpiándome con el puño de su chompa blanca, hasta ese momento impecable.

Le rompí el corazón, me rompieron la cara, justicia, no lo sé, pero la verdad es que me sentía menos culpable, es decir, la carga, el peso sobre mis hombros, se había aliviado.

Marien dijo que me creía, que me perdonaba, que lo que había hecho, le bastaba para saber lo mucho que la quería, que si algo sucedió, no le importaba, que lo olvidaría, pero que igualmente era una tragedia, tragedia porque me iría al día siguiente, y que cuando yo regresara a Lima, ella ya estaría en otro país.


Me fui a casa, luego de pasar por una farmacia y comprar una crema con efecto desinflamatorio, no era gran cosa pero tenía que ayudar a menguar los efectos de los golpes. Paradójicamente, después de recibir esa paliza, me sentía mucho más tranquilo, claro que, lo que más me sosegaba era la conversación posterior que sostuve con mi bebé.