Emilio y Octavio bordeaban los 15. Más exactamente, Emilio ya estaba por alcanzar los 16 y Octavio cumpliría 15 en unos meses. Ambos sentían ese espíritu navideño de la manera que solo los niños pueden sentirlo, quizás porque aun tenían alma de niños, pero ya mezclaban esos sentimientos infantiles con las ganas adolescentes de conocer personas, de salir a discotecas, bailar y probar sus primeros tragos.Eran muy diferentes pero justamente por esa razón sentían que uno complementaba al otro. Emilio era un chico más bien tímido, no se expresaba mucho, prefería escuchar, había terminado con su primera enamorada luego de casi un año, la extrañaba y aun mantenía la esperanza de reconquistarla. Octavio era mucho más extrovertido, le gustaba contar todas sus experiencias, que no eran muchas en realidad a su corta edad, no tenía enamorada firme, uno que otro besito por ahí, nada serio, pero él era así, un donjuán. Dos amigos muy diferentes y a la vez muy contentos uno al lado del otro, no era una relación muy larga, todo lo contrario apenas salían juntos hace un par de meses, pero se apreciaban mucho, creo que se estimaban.
La madrugada del 25 de diciembre de 1995, se llamaron por fono y acordaron reunirse en casa de Emilio, pero no para quedarse ahí, sino para ir a una discoteca que estaba de moda. Octavio pasó a recoger a Emilio a las 2:30 de la madrugada terminada la cena navideña en casa y por supuesto luego de superar la acalorada discusión que toda la familia había improvisado.
─Papi, voy a salir con un amigo a una fiesta ─había dicho Octavio, con la voz temblorosa, esperando una negativa rotunda.
─¿Que cosa? ─dijo su madre, sin esperar una respuesta de su esposo, pero no fue un “¿qué cosa?” de enfado, más bien de sorpresa, hasta pensando que se trataba de una broma.
Todos estallaron en una risa burlona.
─Así que el enano tiene una fiesta, ni yo ─metió candela Matías, su hermano mayor.
─Déjalo pues ─lo defendió, como siempre solía hacerlo Viviana, su otra hermana, pero sin dejar de reírse.
─No deberías salir Octavito es muy peligroso de noche ─sostuvo, su recién estrenada cuñada, que tenía en brazos a su primogénito de solo días de nacido.
A todo esto, don Edgar, cabeza de familia, observaba atentamente esperando que Octavio termine el altercado diciendo que era una broma o algo por el estilo, pero él no dijo nada, solo sostenía la mirada enfrentando a su padre, como esperando una respuesta. Don Edgar sabía perfectamente lo que eso significaba, lo miró fríamente como retándolo, a ver si de ese modo retrocedía en su afán, pero no, el pequeñín estaba decidido. Luego de unos cuantos segundos de cruzar miraras o más bien “dardos”, su padre realmente pensó acabar con el tema negándole el permiso, pero luego de ver por primera vez esa determinación en los ojos de su hijo menor, decidió concederle su venía, para sorpresa de toda la familia, la madre de Octavio palideció al escuchar ─¿a que hora regresas? ─, de la voz de su esposo, pero ya no había nada más que hacer, Don Edgar había dicho.
Cuando Octavio llegó a la casa de Emilio, él ya lo estaba esperando, ni siquiera lo invitó a pasar para que salude a su familia, tomaron un taxi y se marcharon al Gato Pardo, discoteca que estaba muy de moda por esos años.
Antes de hacer su cola para ingresar, se dieron algunas vueltas por los alrededores de la discoteca para checar la “mercadería”, vieron chicas muy guapas, mayores que ellos generalmente, de hecho que bordeaban la mayoría de edad, eso avivó firmemente el entusiasmo que ya era muy grande en sus corazones. Cuando entraron al Gato Pardo estaban decididos a divertirse al máximo, a conocer chicas, a tomarse sus primeros tragos, a bailar hasta el amanecer y a enfrentar todo lo que venga, esa noche no le dirían no a nada. Quizá Emilio albergaba la ilusión de encontrar a Marcela y en una fecha tan importante y tradicional como esa, seguro que podía reconquistarla, pero si no era así, fácil podía conseguir una nueva novia esa misma madrugada navideña. En cambio Octavio no pensaba en nadie especial, solo gozaba con tantas chicas bellas a su alrededor, eran todas lindas o sus ojos emocionados le estaban jugando una mala pasada, no lo sabía pero estaba maravillado, demasiado feliz como para pretender buscar la verdad si esa no lo era.
Ambos estaban descubriendo un mundo distinto al de las matinés, un mundo más peligroso por cierto y por eso mismo más interesante, se sentían audaces, invencibles, atractivos, irresistibles, grandes, caminaban con el pecho inflamado, con los brazos moviéndose cadenciosamente, la mirada siempre al frente casi casi observando las luces superiores, ellos no lo sabían pero contrariamente se veían niños, inocentes e inexpertos, muchos chicos y chicas que ya frecuentaban estos lugares y con unos añitos más que ellos, se daban cuenta de inmediato, eran unos novatos, pero Emilio y Octavio no percibían esas miradas, por lo menos no en el sentido real, creían en su egocentrismo, que eran miradas de aceptación, y mejor aun, de admiración pero definitivamente eso era bueno y lo mejor, porque gracias a esa falsa percepción se sintieron cómodos en el Gato Pardo, se sintieron acogidos por ese nuevo grupo.
Indudablemente esa actitud captaba la atención, a pesar de todo, de las chicas más lindas de la discoteca, lástima que ya estaban acompañadas, porque en una fiesta navideña, la que no iba acompañada podía ser tildada de antisocial o más precisamente de fea, y como todas eran muy guapas en ese lugar, estaban muy bien acompañadas, no importaba si del enamorado, del amigo, del vecino, del primo y hasta del hermano, pero tenía que ser de ese modo, por lo que tuvieron que reprimir sus anhelos de conocer a este par de niños pretendiendo ser grandes.
La noche empezó para ellos con el primer chop de cerveza helada, cada uno sostenía uno. Claro que ya habían probado la cerveza pero en reuniones de familia, cuando algún tío joven les insistió para que probaran la espumante, para que sepan a que sabe y no hagan el papelón de sus vidas cuando llegara el momento. El momento había llegado, estaban preparados, aun pensaban que la cerveza no era agradable, aun no entendían porque los adultos consumían siempre harta cerveza en las reuniones, seguían pensando que era un asco, pero querían sentirse adultos esa noche, así que había que consumir cerveza y bien helada, acompañado de sus respectivos Hamilton Light, tampoco sabían fumar bien, pero ahí sostenían sus cigarrillos en una mano y en la otra su chop de Cristal. Con la chela aparte del mal sabor que les dejaba, no tenían mayor inconveniente, el problema era con los cigarrillos que cada vez que trataban de fumar se atoraban, así que decidieron abandonar los filtros y dedicarse solo a las cervezas y más bien emprender la tarea en busca de algún grupo de preciosas chicas que haya decidido ir por su cuenta.
Lamentablemente, pasaron las horas y los ánimos ya habían cedido, quizá se habían dado cuenta de la realidad, no lograron bailar una sola pieza, llevaban encima tres o cuatro chops, habían perdido la cuenta, se sentían tristes y algo mareados, movidos por el alcohol que por primera vez ocupaba imperante todo su ser, o por lo menos así lo creyeron ellos, estaban algo asustados por momentos, pero luego el mismo alcohol en sus venas hacía que dejaran de lado los temores iniciales y que se envalentonaran e intentaran, antes que amanezca, bailar por lo menos una pieza, la del honor , con alguna chica guapa muy guapa.
Pasaron muchos minutos más y no lograron su objetivo, no solo eran un par de niños en fiesta de jóvenes, sino que sus movimientos habían empezado a ser algo torpes producto del alcohol, no estaban mareados pero por la inexperiencia sucumbieron ante los primeros síntomas del adormecimiento. En las afueras, la claridad del día casi imperaba, salieron rumbo a sus casas, pero ¡oh brillante idea!, decidieron caminar unas cuadras en busca de otra discoteca, esa que ellos conocían, porque era la que frecuentaban en las matinés, caminaron despacio pretendiendo prolongar su primera salida nocturna, llegaron y se encontraron con las puertas del lugar totalmente cerradas, tremendo golpe bajo.
Como no habían muchos taxis a esa hora y sus casas no estaban muy alejadas, decidieron caminar hasta ellas, en el camino descubrieron una tienda abierta, tienda de barrio que vende de todo, desde verduras hasta licores, así que Octavio le propuso a Emilio tomarse su última cerveza como epílogo de esa primera fiesta navideña fuera de casa, éste aceptó pero aclaró que ya no le quedaba más dinero, asunto que Octavio arregló de inmediato sacando de su billetera, adquirida hace no más de 15 horas, un billete de 20 soles.
Tocaron, pidieron una cerveza y la dueña los miró casi enfadada y les exigió que se retiren de inmediato, que no podía atenderlos, primero porque estaban tomados y segundo porque quizá la metían presa por expender licores a menores de edad, con esto definitivamente terminaron convencidos que aun no estaban listos para seguir ese ritmo, que debían esperar un par de añitos más si pretendían estar a la altura, y quizá solo en ese momento dejarían de pensar que crecer no era tan sencillo.
Todos en casa de Octavio estaban dormidos, excepto su madre que no había podido pegar los ojos durante toda la madrugada, muy preocupada porque su pequeño su bebé no regresaba y era el único de sus hijos fuera de casa. Octavio tocó la puerta y esta vez si le abrieron de inmediato.
─!Hijo estás bien! ─dijo Doña Magdalena, pero no era una pregunta sino una especie de confirmación luego de observar a su hijo integro, sano y salvo de los miles de peligros que ocupan las calles.
─Si mamá, nada del otro mundo ─respondió Octavio, casi creyéndose todo un jovencito que regresaba de su enésima fiesta nocturna.
Ambos sabían que no era cierto, ambos sabían que había sido una noche difícil, pero fingieron que todo había marchado bien. Cuando Octavio se alejaba sin darle el beso de buenos días a su madre, ella percibió un tufillo de alcohol en su hijo ─no no─ se reprochó de inmediato ese pensamiento impuro ─qué piensas Magdalena es tu bebé, él jamás haría algo así─, lo dijo, se lo reprochó, pero dentro de su alma sabía que su niño estaba creciendo y no pudo evitar dejar caer una lágrima.


