viernes, 24 de julio de 2009

Lasimágenes.deladiós

─¡Por fin se apagaron las luces!, deben estar bajando ─pensó Alberto, tras haber esperado por más de 2 horas, faltaba poco para la media noche.

Mariana y Raúl bajaron cogidos de las manos y se soltaron tras el saludo sorpresivo de Alberto ─¡Buenas noches ingeniero!.

Al principio Alberto y Mariana, una pareja consolidada después de casi 2 años de relación, tomaron los flirteos del “ingeniero” con mucha ligereza y hasta de forma cómica. Los atributos de este no le auguraban mucho éxito, por lo menos no a la vista de dos jóvenes novatos.

Raúl Cáceres, era un tipo que bordeaba los 40 años, padre de tres hijos, bajito y nada agraciado. Pero como era de suponerse, el tipo usó sus mejores tretas para acercarse a Mariana, en principio haciéndole regalitos simples, diciéndole frases lindas, elogios profesionales y hasta organizando reuniones de trabajo, siempre con el pretexto de celebrar alguna meta cumplida en la oficina y al final hacer insinuaciones más atrevidas.

La pareja se sentó a conversar sobre el tema, que ya no resultaba tan cómico. Llegaron a pensar que lo mejor era que Mariana dejara el trabajo de secretaria, a pesar que ambos sabían que ella necesitaba mucho ese empleo para ayudar a sus padres con las pensiones de la universidad. Ella le comentó a Alberto su deseo de sacrificar esos ingresos en nombre de su amor por él. Pero él, en respuesta de ese mismo amor le suplicó que desistiera de esa decisión diciéndole: “Mariana, mi amor, yo confío en ti, estoy seguro que jamás me fallarás, por favor sigue trabajando en esa oficina. Hazlo por mi, por ti y sobre todo porque sabes que lo necesitas ahora más que nunca”.

Claro que los asedios, continuaron y claro que Mariana siguió contándole todo a Alberto, pero las cosas empezaron a tomar otros matices. Él empezó a notar que ella disfrutaba de los elogios, los regalitos y las salidas en grupo, siempre con el jefe, que extrañamente había asumido una actitud más complaciente con sus empleados, y no les negaba ninguna salida, es más, podría decirse que él mismo las propiciaba.

Sin duda, a medida que las semanas transcurrían la situación se hacía más insostenible. Los celos de Alberto cobraron protagonismo, y el acercamiento de Mariana y su jefe se hicieron notorios. Antes que Alberto percibiera algo concreto, los compañeros de trabajo de Mariana lo habían hecho y no sabían como comportarse ante aquel muchachito, cuando este iba a recoger a su pareja. Normalmente lo saludaban y hasta conversaban con él, pero en esos días lo esquivaban y apenas si lo saludaban. A raíz de esos episodios Alberto llegó a la conclusión de que sus celos no eran solo producto de su imaginación, pero decidió controlarse para no “perder los papeles”.

La confirmación a todos estos supuestos llegó una noche de fin de semana, en la que Alberto había bebido desde temprano y se encontraba en su casa, fue cuando recibió la llamada de Mariana.

─Amor, ¿vas a venir a recogerme?.
─No Mariana, me duele mucho la cabeza, estoy con una resaca alucinante.
─Ok, entonces me voy a mi casa, hasta mañana.
─¡Y que milagro que no tienes planes hoy!, todos los viernes se había hecho costumbre que salieran a bailar, sobre todo con ese tu jefecito que anda afanándote.
─¡Alberto no empieces por favor!.
─Pero dime, ¿no van a bailar hoy?.
─¡Ya te dije que no!, me voy a mi casa estoy muy cansada, adiós.

Colgó, Alberto meditó sobre su comportamiento, pensó que quizá Mariana tenía razón en todo lo que decía, que era él quien veía cosas donde no había. Se recostó en el mueble de la sala, prendió el televisor y empezó con el zapping, ya mucho más tranquilo, pensando que su amada debía estar abrigada en su camita a esa hora y quizá estaba mirando los canales como él en ese instante. ─Te amo Mariana─, dijo en voz baja y recordó muchos de sus momentos juntos. Recogió las piernas y las puso sobre el otro brazo del mueble, prendió un cigarrillo y disfrutó de un video que pasaban en MTV.

Pasaron casi 40 minutos de sosiego, pero tras ver un video en el que una chica se iba con su amante luego de despedir a su novio, como si se tratara de un presagio, nuevamente empezó a mortificarse con imágenes que llegaban a su mente, eran muchas imágenes en las que veía a su amada del cuello de ese “viejo hijo de puta”, trató de desecharlas, pero ya no pudo más, se puso la casaca, le dijo a su madre que salía un rato con unos amigos, que regresaba temprano, salió corriendo en busca de un taxi, cogió el primero que apareció y se dirigió al pub que frecuentaban Mariana y sus colegas.

En el camino se reprochó insistentemente esos celos enfermizos, llegó a la conclusión que nunca antes había estado en esa situación, en el pasado, si no confiaba en su pareja decidía terminar la relación y ahorrarse las mortificaciones, pero esta vez todo estaba afuera de control. Salió casi corriendo del taxi, como si quisiera evitar lo que estaba viendo en esas imágenes perturbadoras en la que Raúl cogía a Mariana de la cintura, la acercaba y la besaba apasionadamente, Lo peor de aquella visión era que ella disfrutaba y se reía complacida.

Entró al local y todos sus reproches para consigo mismo se convirtieron en lamentos del corazón, se paralizó observando como Mariana y Raúl realmente bailaban muy contentos, ella no estaba colgada del cuello de él, pero ambos disfrutaban de alguna conversación y se reían.

Cuando Raúl levantó la cabeza, supo que todo había terminado, por lo menos por esa noche, cambió la expresión de su rostro y aparentemente le comunicó a Mariana que Alberto se encontraba en la puerta, observándolos. Ella no se despidió del “ingeniero”, ni de sus colegas, parecía que respiraba profundamente como para tomar valor y Raúl le decía algo, seguramente para darle ánimos. Mariana giró y sin mirar directamente a los ojos de Alberto caminó los seis o siete metros que los separaban, al llegar a la puerta lo cogió del brazo, como siempre solía hacerlo, y lo condujo hacía afuera.

Alberto realmente estaba extraviado, no dijo nada, pero se detuvo a unos metros de la entrada del pub, ella trató de conducirlo a un taxi para retirarse del lugar o por lo menos alejarse lo suficiente, porque lo que más temía en la vida era el escándalo. Pero él se detuvo y no pretendía moverse o no podía, porque sentía el peso de una traición irremediable.

─¿Alberto nos vamos? ─preguntó nerviosa.
─¡Dime que haces tu acá!, no me dijiste que te ibas a tu casa, que estabas muy cansada, fue por eso que me llamaste ¿verdad?, para saber si iría a buscarte a tu casa ¿no?. ¡Pero claro!, como te dije que estaba con una resaca de mierda, te sentiste segura y libre de venir a trampear con ese viejo cabrón…
─No digas estupideces...
─Qué y ahora te vas hacer la ofendida, ¿qué mierda hacías entonces?
─Alberto vámonos de aquí por favor, no es el lugar para hablar de estas cosas, vamos a mi casa o a la tuya pero vámonos. ¡Por favor¡.

Mariana suplicó desesperadamente, pero Alberto no escuchaba, estaba totalmente perdido en sus celos, en esas imágenes que no dejaban de llegar a su mente. Fue en ese momento que salieron todos sus colegas y uno de ellos trató de acercarse, pero la propia Mariana le pidió que se vaya ─voy a estar bien Percy, no te preocupes, yo se controlar esta situación, vayan nomás y gracias por todo.

Los reclamos no cedieron y Mariana aceptaba todas las acusaciones de Alberto, únicamente por no discutir más en la calle, hasta que lo convenció, por fin, de ir a su casa. Entraron sin hacer ruido, por la cochera, la madre de Alberto dormía en el cuarto del segundo piso que quedaba justo encima, ambos lo sabían y no dijeron una sola palabra hasta llegar al cuarto de Alberto.

Fue en esa discusión que Mariana le confesó que se sentía bien con su nuevo grupo de amigos y sobre todo en compañía de Raúl, porque ella lo llamaba así: “Raúl”. Una de las cosas que más le complacía era que siempre iban a lugares bonitos y caros y ella nunca tenía que preocuparse por la cuenta. Esta revelación fue la más asfixiante de todas, “un golpe bajo”. También le confesó que Raúl le atraía, que no sabía que era exactamente pero que había algo en él que la hacía sentir especial y eso era lo que ella buscaba. Sin embargo, le juró por lo más querido, que no pasó nada entre ellos, por lo menos nada físico, y quizá lo más grave que pudo pasar hasta ese momento, fue que ambos habían aprendido a comunicarse, en una química que había logrado realmente acercarlos.

La primera reacción de Alberto fue golpear la pared, se sentía impotente, enojado, triste. Una mezcla de emociones invadió todo su ser y terminó derribándolo. Se arrodilló lentamente dando la espalda a Mariana, con las manos ensangrentadas cogiéndose los cabellos y regalándole a su memoria una de las imágenes más patéticas de su vida. Mariana se conmovió, sintió lástima, pero eso fue lo peor, sentir lástima, no amor por ese jovencito de 19 años con el que había compartido los últimos 2.

Luego de hablar por casi una hora se prometieron que toda esa pesadilla terminaría, Mariana dio su palabra, dejaría su trabajo al día siguiente, lo hacía porque se sentía culpable, mas no por amor. Alberto, en cambio, lo hizo por el amor que aun le quedaba y por un falso orgullo, que no le permitía dejarla ir, pensaba que al hacerlo ella iría corriendo a los brazos de ese tipo y eso jamás lo permitiría.

Al día siguiente Mariana cumplió su palabra, fue muy temprano a la oficina que hasta entonces era suya, esperó que llegara su jefe y le presentó su carta de renuncia irrevocable. Raúl, trató de convencerla por todos los medios para que reconsiderara su decisión, pero fue en vano. Conversaron durante casi 30 minutos, los más largos de la vida de Alberto, que esperaba afuera del edificio. Al final, el “ingeniero” aceptó la renuncia con la única condición que en la noche ella fuera a verlo para conversar sobre tema y terminó su discurso bien estudiado, porque sabía perfectamente, gracias a la experiencia que le daban sus casi 4 décadas de vida, que esa mañana se enfrentaría a ese episodio. ─Mariana lo que más me afectaría sería perder tu amistad, tú sabes que eres muy especial para mí. Te veo en la noche ¿si?─. Mariana aceptó por dos razones: primero porque sabía que Alberto lo esperaba ansioso y eso podría significar más problemas al prolongarse la reunión; y segundo, porque no le desagradaba, en lo absoluto, la idea de conversar al respecto con alguien mayor, que pudiera darle otras luces sobre lo sucedido y tanto mejor si se trataba de su admirado jefe.

Mariana y Alberto se alejaron del edificio. Él trató de preguntar los pormenores de la reunión, pero ella estaba fastidiada, más con Alberto que con la situación en general, ni siquiera se preocupaba por los ingresos que perdería, su mente estaba ocupada en lo que podría pasar en aquella reunión. Caminaron por un largo rato, conversaron muy poco, sólo lo necesario, y se fueron a almorzar a un restaurante que ellos frecuentaban y por supuesto pagaron la cuenta “a medias”. Luego se fueron a la casa de Marina y pasaron la tarde juntos.

Alberto sentía, a pesar que aparentemente todo estaba saliendo como lo habían prometido, que las cosas no estaban del todo bien, trató de ser muy cariñoso, de decirle cosas lindas, pero ella ya no lo toleraba más y no podía disimilarlo. A pesar de eso, y por la insistencia de Alberto, terminaron haciendo el amor, o sólo teniendo sexo, porque Mariana estaba complaciendo los ímpetus de Alberto, no estaba disfrutando, simplemente sucumbió a los asedios de su primer amor y sobre todo, con la intensión de que se calmaran las tensiones. La noche llegó cómplice, era la hora en que Alberto debía marcharse.

Extrañamente, Mariana le ofreció acompañarlo hasta el paradero, argumentando que le dolía la cabeza y que tenía que comprar un par de pastillas. Salieron juntos, caminaron juntos, pero sus mentes andaban en pensamientos totalmente opuestos. Llegaron a la avenida y Mariana insistió en dejarlo justo en el paradero del microbus.

─No te preocupes amor, yo cruzo solo la pista y tomo el micro ¿ya?. Tú anda nomás, compra tus pastillas y ve a tu casa.
─Bueno como quieras, hasta mañana.

Incluso en esos momentos, Mariana se mostraba esquiva, apática, fastidiada y solo puso la mejilla a la hora de despedirse. Alberto había notado esos desaires todo el día, pero se las estaba “tragando”, en nombre del amor.

Efectivamente subió al microbus, pero desde ahí vio, mientras se alejaba, que Mariana ni siquiera entró a la farmacia y se fue muy apurada. Ese episodio fue el detonante, bajó del micro y se dirigió con dirección a la farmacia, para desde ahí seguirle los pasos por la ruta que conocía de sobra, así que era muy fácil seguirla hasta su casa. Caminó cada vez más rápido con la esperanza de verla pronto, mirando a todos lados pero nada, aceleró aun más el paso y se fue directamente hasta la casa de Mariana, observó si las luces de su habitación se encendían, esperó cerca de 15 minutos pensando que tal vez se había quedado conversando con su madre en la sala, pero no aguantó más y toco el timbre, salió la madre de Mariana, sorprendida.

─Señora disculpe, podría decirle a Mariana que salga un ratito, solo un par de minutos, me olvidé preguntarle sobre un examen que tenemos mañana.
─¡Alberto, pensé que Mariana estaba contigo!. Ella no ha regresado todavía.
─Gracias señora, ya mañana temprano le pregunto, seguro que se ha demorado por ahí.
─Ya hijo, yo le digo que te llame apenas llegue.

Su mente empezó a llenarse de esas imágenes que lo habían agobiado durante las últimas semanas, pero esta vez eran más asquerosas, la veía desnuda debajo de ese “viejo de mierda, viejo concha de tu madre”. Tomó un taxi hasta el pub en el que la encontró el día anterior, entró, recorrió cada metro de ese lugar pero ahí no estaban, entró a otros locales cercanos y nada, se fue a un restaurante que quedaba cerca de la universidad donde sus “coleguitas” solían cenar, pero tampoco, ni rastros de ella.

Casi convencido que el “ingeniero” estaba detrás de todo esto, la mente de Alberto empezó a figurar miles de teorías de la más vil traición, ─¡Mariana! ¡Mariaaana!, por eso estabas intranquila ¿no?... no no no, seguro que ese viejo de mierda te siguió en su auto desde que salimos de tu casa, esperó que me marchara y apenas te vio sola te abordó y te exigió que lo acompañes y como tú le temes tanto al escándalo, aceptaste. Si eso es lo que ha pasado, porque no creo que tú seas capas de hacerme esto, no a mí, se suponía que éramos uno… uuummm que imbécil eres Alberto, hace tiempo que sabías que esto terminaría así, debiste mandarla a la mierda y que haga lo que chucha quiera, seguro que ellos ya lo tenían todo planeado, solo esperaban que te vayas, ¡claro!, ambos se pusieron de acuerdo en la mañana, si eso es lo que pasó, zorra de mierda, eres una zorra Mariana… ah y seguro que te ha llevado a un hotel bonito ¿no?, muy lujoso como los que te gustan, eso debe complacerte más, ahí podrás gritar todo lo que quieras sin reprimirte nada, como lo tenías que hacer en tu casa o la mía, eres una basura Mariana, pero me las van a pagar, juro que me las van a pagar…

Cuando todas esas imágenes cruzaban como una película por la cabeza de Alberto, pensó en algo que parecía muy absurdo, pero ya no perdía nada si estaba tan cerca. Fue corriendo al edificio de la universidad, como era de esperarse el de seguridad lo retuvo, y negó cualquier ingreso en horas de la noche y menos de una mujer. Al retirarse, casi dándose por vencido, observó el tercer nivel en la que resaltaban las luces encendidas de la oficina del ingeniero Raúl Cáceres.

Eran las 9:47 de la noche, Alberto se había instalado frente a las oficinas de la universidad, en un área donde la sombra de otro edificio lo hacía invisible, hacía frío, era la peor época del invierno, pero decidió quedarse hasta verlos salir, sea la hora que sea, aunque tuviera que amanecer en ese lugar.

─¡Por fin se apagaron las luces!, deben estar bajando ─pensó Alberto, tras haber esperado por más de 2 horas, faltaba poco para la media noche.

Mariana y Raúl bajaron cogidos de las manos y se soltaron tras el saludo sorpresivo de Alberto ─¡Buenas noches ingeniero!.

jueves, 23 de julio de 2009

Realmente.unamártir

María caminaba rápidamente al hospital estatal más cercano, muy temprano en las mañanas y siempre cogiendo de las manos a su hijo. No quedaba muy lejos, apenas a unas cuantas cuadras de su casa, distancia que el pequeño Javier se había acostumbrado a recorrer sin quejarse.

Era madre soltera y sus hermanos y padres vivían en una lejana provincia al norte del país. No frecuentaba muchas personas y tenía sólo una amiga, Josefa, enfermera del hospital, el cual visitaba diariamente y era ella la única depositaria de su secreto aciago que la carcomía día a día. En cambio no le importaba mínimamente lo que las demás personas rumoreaban, y cuando le preguntaban por qué frecuentaba el hospital, ella sabía perfectamente que sólo les impulsaba el chisme y no una preocupación real por ella o su hijo, así que improvisaba una amplia sonrisa y respondía ─asuntos del trabajo─, y se marchaba de inmediato sin dejar oportunidad para más preguntas.

Luego de su visita al hospital, era rutinario salir corriendo al paradero para coger el microbus que la trasladara a su lugar de trabajo, un pequeño restaurante de comida criolla, a 15 minutos del hospital y 20 de su casa.

Una de las decisiones más extrañas que había tomado María desde los primeros días que visitaron el hospital, era que Javier no asistiera al colegio, hace ya más de 4 meses. Esta situación que al principio le trajo muchas complicaciones en el trabajo, logró superarse cuando Doña Elsa, jefa de María, aceptó que el niño ayudara en la cocina, hecho que además, terminó resultándole muy conveniente ya que el pequeño era muy hábil y realmente se convirtió en una gran ayuda, y lo mejor de todo era que sólo tenía que pagarle con el menú diario.

Una mañana María despertó llorando, había tenido una pesadilla, seguramente abrumada por la tarea que debía concretar esa mañana, sin duda la más difícil de su vida. Se levantó extraviada, miro al costado, Javier aun dormía, se acercó, lo abrazó y se le cayeron más lágrimas sobre el cubre cama, pero tuvo que controlarse al darse cuenta que su adorado hijo estaba despertando. Hizo como si se estuviera sacando las lagañas, volteó y le pidió que se cambie y asee para desayunar. Compartieron en la mesa dos panes con huevos y café sin leche, el desayuno de casi todas las mañanas, aunque a veces alternaban los huevos por margarina o aceitunas. María no se separaba de Javier casi nunca, pero ese día le pidió que se adelantara al hospital y que lo espere ahí, porque ella tenía que ir a la funeraria y contratar sus servicios, claro que esto último no se lo dijo. Con lágrimas en los ojos se adentró en una de ellas, que abundaban cerca al hospital, hizo los trámites lo más rápido que pudo y se marchó corriendo en busca de Javier.

Mucha gente se compadecía al verla sola en el mundo, sin más compañía que el de su hijo, pero tampoco hacían nada para acercarse y menos para ayudar, a pesar de que percibían que algo terrible pasaba, porque la veían llorar con frecuencia, siempre abrazando a su pequeño. Una de las cosas que María lamentaba profundamente era justamente eso, llorar frente Javi, como ella solía llamarlo. Sabía que le causaba un daño irreparable, pero era un daño que no podía dejar de causarle. Trataba de evitar llorar frente a él, pero lograrlo habría significado que no hubiese tenido tiempo para estar a su lado.

Una mañana de lunes, Josefa, la única amiga cercana de María, se presentó en el restaurante donde ésta última trabajaba. Josefa apenas conocía de vista a algunas de esas personas, pero al saludarlos no pudo controlarse más y estalló en lágrimas. Al verla en ese estado, doña Elsa, dueña del establecimiento, se conmovió mucho y presintió algo terrible, y recordó que cuando llegó a esta ciudad era una joven muy sensible, pero que los años le habían enseñado que en la capital debía ser fría, porque de lo contrario trataban siempre de pasar sobre ella, fue por esa razón que no le dio más cabida a María cuando esta pretendía contarle sus problemas, pensaba que era una de las tantas personas que argumentaban mentiras para solapar malas conductas, tardanzas y hasta irresponsabilidad. Sin embargo, al ver ahí sentada a Josefa, llorando copiosamente y al ofrecerle un pañuelo y un vaso con agua, supo que esta vez se había equivocado, que estaba a punto de escuchar una historia que la iba hacer sentir culpable y advirtió como se le cerraba la garganta, que las lágrimas asomaban, pero decidió controlarse. La mesa que ocupaban era la más alejada del público, al fondo del local y fui ahí donde Josefa le contó toda la historia.

María había muerto de un cáncer terminal, dos días antes y su ausencia de más de dos semanas, en el trabajo, se debía a que estaba internada en el hospital porque ya no podía caminar ni valerse por si misma. Había luchado hasta el final, contra el dolor incesante, las quimioterapias inservibles, la inmisericordia del padre de su hijo, la traumática experiencia de la caída de cabello, la delgadez abrupta y sobre todo con la desolación que sentía al pensar en Javier. El abandonarlo a esa edad era lo que realmente la devastaba, pero como era previsible, ese mismo temor de abandonar a su pequeño hijo adorado de apenas 8 años, también le hacía sacar fuerzas de donde ya no había, para no dejarse vencer por esa maldita enfermedad que nunca avisó al instalarse en ella hasta que fue demasiado tarde.

Le contó que la decisión de retirar a su hijo del colegio no fue nada sencilla, pero que la tomó sabiendo que Javier podría recuperar el año escolar perdido, pero que en contraste nunca podrían recuperar los momentos juntos que perderían si él continuaba asistiendo a clases. Quería compartir cada instante a su lado, disfrutar de él, jugar, reír, conocerse, quiso que Javier tenga muchos recuerdos de ella y que sepa que su madre la amaba por sobre todas las cosas.

Le contó también, que dos meses antes de morir, ella misma había comprado su ataúd y contratado los servicios funerarios más baratos para el día que iba a llegar irremediablemente. Reunió todo el dinero posible, que no era mucho, para enviarle a su familia, que era muy pobre, y puedan viajar de su provincia natal a enterrarla.


─Realmente una mártir ─dijo al fin Doña Elsa, tratando de aclarar la voz mientras se secaba las lágrimas. Fue cuando notó que todos los trabajadores de su restaurante, que habían parado en sus actividades, incluso algunos comensales asiduos, oían atentamente y lloraban sin poder evitarlo, seguramente porque después de ese relato entendieron muchas cosas y al igual que ella se sintieron culpables. Culpables por no haber sido más sensibles, por no haberla apoyado, por no haberla entendido, por no haberla querido, pero es que Lima es así, una ciudad fría, su gente es fría y nadie sabe ni quiere enterarse de lo que les sucede a los demás. Se piensa frecuentemente que tenemos tantos problemas propios como para ocuparnos de los problemas de los demás, quizá sea cierto pero al enfrentarse a verdades crueles como esta, indudablemente no podemos dejar de sentirnos culpables y hasta miserables.