viernes, 30 de noviembre de 2007

Teatro.dulcesustentoemocional

Eran días de mucha angustia, pero continuaba yendo a mis clases de teatro. El teatro me relajaba, me hacía sentir en otro planeta. Además, estaba llevando adelante una experiencia totalmente nueva y maravillosa, estaba participando en un concurso teatral, en el mismo club donde estudiaba. Me presenté un par de meses antes a ese concurso y los profesores acogieron mi texto para continuar en carrera.

─Debes trabajar bastante en la historia, es cotidiana. Sin embargo, hemos acordado que pase a la siguiente etapa, porque creemos que tienes armas para continuar. El guión esta muy bien redactado, eso es muy importante ─cocluyó Pocho, nuestro profe guía de segundo año.

Estábamos en la etapa de la muestra teatral, que consistía en hacer una especie de trailer de la obra. Actuaba en ella, pero lo más inverosímil era que también aspiraba dirigirla. La experiencia más cercana a la dirección de alguna obra teatral la desarrolle en clase, cuando Pocho me confió a manera de prácticas, la dirección de una obra llamada: La Miseria, de Emilio Carballido. Esta obra habla del conflicto que surge entre individuos cuando se ven obligados a interactuar con personas de otras clases sociales. La dirección novicia de “La Miseria”, de tan solo 15 minutos, me valió algunos elogios entre mis colegas, pero una dura crítica de parte de Pocho.

“Lágrimas, sexo y amor”, así denominé al primer intento de escribir un guión teatral, porque de hecho estaba lejos de serlo. La historia se basaba en pasajes de mi vida de la etapa universitaria. Los personajes eran mis amigos, mi enamorada de aquella etapa y claro les cambié los nombres, por si en algún momento llegara la historia a sus manos y se sintieran aludidos. Lo último, definitivamente respondía a una ilusión escondida, que me hacía pensar que la obra llegaría a presentarse, algún día, en escenerarios limeños de manera difundida. Estaba loco. El guión está dividido en tres actos, cada uno de ellos en varias escenas.

El primer acto, narra las penas que el protagonista sobrellevaba a punta de alcohol y drogas, en excesivas noches libertinas, a raíz de la muerte de su madre. Creía que era la única manera de cubrir el enorme vacío que ella había dejado. Sus dos hermanos casados y con hijos, se las arreglaban como podían, su padre que nunca vivió con él, no tuvo mayor acercamiento. Los únicos que decidieron hacer algo por él, fueron sus amigos más cercanos. Entre ellos se encontraba Mariana, aquella amiga que se convertiría en amante y luego en el amor más sublime del protagonista.

El segundo acto cuenta el acercamiento sexual que tuvieron Francisco y Mariana. En una de esas tardes de películas y tragos entre amigos. Luego de que todos los demás se marcharan, Francisco y Mariana llegaron a tocar el mismo cielo, sitiados en una completa confusión de sentimientos, deseo y alcohol, se dejaron llevar hasta alcanzar el máximo placer. Los amigos que estaban muy preocupados por el comportamiento de Francisco, habían concertado una cita, de relax, de conversa, pero jamás imaginaron que esa reunión terminaría en sexo.

En el tercer acto, luego del encuentro confuso y a la vez dulce, Mariana decide terminar con su pareja de siempre, Renzo, quien no sabía valorarla. Ella nunca se quiso dar cuenta de esos desaires permanentes, hasta conocer muy de cerca a Francisco, amigo de años, que se convertía en una esperanza del más puro amor. Francisco por su parte, había encontrado en ella no solo el amor, también la única esperanza para “volver a la vida”. Evidentemente, ella jamás llenaría el vacío que había dejado su madre, pero Mariana era un ángel, él siempre lo supo, siempre la amo en silencio, nadie lo había descubierto, y por poco él también lo olvida. Pero ahora estaba decidido a darle todo su amor, sin vacilaciones, sin temores, ya no había nada más que perder.

Pero el final inesperado de la obra, quizá trágico, deja a los asistentes desconcertados, exánimes, insatisfechos. Generalmente después de tanta lucha, se hace necesario un final feliz, pero a mí, no me pareció y la terminé de ese modo.

A pesar que estaba pasando por una etapa económica vergonzosa, nada podía evitar que me ocupe del concurso que realmente me llenaba. Sin duda aquel sótano del Club de Teatro era el escondite perfecto, para evitar a las tantas preocupaciones monetarias y seguir albergando una vaga esperanza de salir del hoyo.

domingo, 11 de noviembre de 2007

Alos8.todoesdiferente

Una de esas noches realmente raras, increíbles e inolvidables, sucedió cuando tenía 8. Mi familia vivía en una parte alquilada de la casa de los Gonzáles. Esta familia viajaba al exterior constantemente, aquella noche viajaron todos, excepto la hija mayor de tan solo 13 años. Nathy era muy amiga de mi hermana y por pedido expreso de su madre, debía acompañarla durante toda la noche. Situación que no era rara, porque cada vez que se quedaba sola, mi hermana solía quedarse con ella. Aquella noche algo salió de la rutina, le pregunté a mi hermana si podía acompañarla por un rato, para aprovechar la bici tan hermosa con la que siempre jugaban los Gonzáles y mi hermana decidió complacerme.

Entre Nathy y yo, auque parezca descarnado decirlo, existía una relación, nos gustábamos y cada vez que podíamos hacerlo, sobretodo cuando jugábamos a las escondidas, nos acariciábamos las manos y nos besábamos. Yo me sentía suspendido, sus labios eran inmensamente suaves, dulces, algo melosos, por lo menos eso es lo que recuerdo. Obviamente, no solo le pedí a mi hermana subir con ella al cuarto de Nathy para jugar con la bici, también para poder estar cerca de aquella niña que me aturdía cada vez que rozaba sus labios con los míos.

Luego de jugar con la bici, ya no habían excusas para seguir con ellas, debía bajar a mi habitación en el primer nivel de la casa. La idea era esa, pero mi hermano me dio, sin querer “una mano”. Alberto tenía casi la misma edad que Natalia, pero no le gustaba él, sino yo, 5 años menor. Creo que estaba enojado conmigo, porque se daba cuenta que Nathy me engreía bastante y con él casi ni conversaba. Supongo que Nathy le gustaba mucho y por eso se las desquitaba conmigo y una de las formas de hacerlo esa noche fue no dejándome entrar a la casa. Me pareció que así fueron las cosas, pero llegué a esa conclusión yo solo, porque en realidad nunca le pregunte, ni ahora que ya somos mayores.

Entonces, a mi hermana se le ocurrió que nos quedáramos a dormir los tres. Habían dos camas en aquella habitación, pero nosotros y digo nosotros, Nathy y yo, nos encargamos de convencerla para dormir todos en la misma cama, y más aun, en dormir juntos, yo al fondo de la cama, ella al medio y mi hermana al borde. Imagino que éramos muy audaces, porque a tan solo unos minutos de habernos acostado y sin esperar que mi hermana durmiera profundamente, empezamos con el juego, era ella quien se encargaba de conducirme, basando quien sabe en qué, su estrategia voraz. Quiero pensar, que se trataba de una curiosidad natural, propia de esa edad. Y yo era la presa adecuada, menor que ella y nada “santito”, porque me dejaba llevar sin quejarme.

Nunca pensé que esa noche cambiaría por completo mi forma de ver el mundo, hasta entonces imaginaba que los besos eran la última base a la que había que llegar en el juego. Sin embargo, aquella niña me demostró lo contrario, pero no se qué la impulsó a llevarnos a ese extremo. El momento de éxtasis llegó luego de habernos besado por largos minutos de distintas formas, totalmente extrañas para mí, cuando Nathy cogió mi mano y me condujo a un viaje realmente sobrenatural. Estaba posando una de mis manos sobre aquellos pechos que no terminaban de tomar una forma adecuada. Luego, siguiendo un instinto completamente desconocido, alargué mi otra mano para intentar bajarle el pijama, quien sabe para que, pero lo hice. Hasta el día de hoy no atino a explicar porque reaccioné de esa manera, porque decidí coger aquel tren de la mano de la dulce, bella y aun querida Natalia.

Y como todo tiene un final. Mi hermana, sospecho que aturdida y perturbada, sin entender bien lo que pasaba, actuó de una manera sutil, hizo como si despertara de un largo sueño, me pidió que fuera a dormir a la otra cama, aduciendo que no cabíamos los tres en la que estábamos, cuando todos sabíamos que no era cierto. Pero obviamente, sin objetar me retiré y me acosté con una sonrisa alucinada en los labios y aun queriendo sentir nuevamente aquellos besos subliminales.