Eran días de mucha angustia, pero continuaba yendo a mis clases de teatro. El teatro me relajaba, me hacía sentir en otro planeta. Además, estaba llevando adelante una experiencia totalmente nueva y maravillosa, estaba participando en un concurso teatral, en el mismo club donde estudiaba. Me presenté un par de meses antes a ese concurso y los profesores acogieron mi texto para continuar en carrera.
─Debes trabajar bastante en la historia, es cotidiana. Sin embargo, hemos acordado que pase a la siguiente etapa, porque creemos que tienes armas para continuar. El guión esta muy bien redactado, eso es muy importante ─cocluyó Pocho, nuestro profe guía de segundo año.
Estábamos en la etapa de la muestra teatral, que consistía en hacer una especie de trailer de la obra. Actuaba en ella, pero lo más inverosímil era que también aspiraba dirigirla. La experiencia más cercana a la dirección de alguna obra teatral la desarrolle en clase, cuando Pocho me confió a manera de prácticas, la dirección de una obra llamada: La Miseria, de Emilio Carballido. Esta obra habla del conflicto que surge entre individuos cuando se ven obligados a interactuar con personas de otras clases sociales. La dirección novicia de “La Miseria”, de tan solo 15 minutos, me valió algunos elogios entre mis colegas, pero una dura crítica de parte de Pocho.
“Lágrimas, sexo y amor”, así denominé al primer intento de escribir un guión teatral, porque de hecho estaba lejos de serlo. La historia se basaba en pasajes de mi vida de la etapa universitaria. Los personajes eran mis amigos, mi enamorada de aquella etapa y claro les cambié los nombres, por si en algún momento llegara la historia a sus manos y se sintieran aludidos. Lo último, definitivamente respondía a una ilusión escondida, que me hacía pensar que la obra llegaría a presentarse, algún día, en escenerarios limeños de manera difundida. Estaba loco. El guión está dividido en tres actos, cada uno de ellos en varias escenas.
El primer acto, narra las penas que el protagonista sobrellevaba a punta de alcohol y drogas, en excesivas noches libertinas, a raíz de la muerte de su madre. Creía que era la única manera de cubrir el enorme vacío que ella había dejado. Sus dos hermanos casados y con hijos, se las arreglaban como podían, su padre que nunca vivió con él, no tuvo mayor acercamiento. Los únicos que decidieron hacer algo por él, fueron sus amigos más cercanos. Entre ellos se encontraba Mariana, aquella amiga que se convertiría en amante y luego en el amor más sublime del protagonista.
El segundo acto cuenta el acercamiento sexual que tuvieron Francisco y Mariana. En una de esas tardes de películas y tragos entre amigos. Luego de que todos los demás se marcharan, Francisco y Mariana llegaron a tocar el mismo cielo, sitiados en una completa confusión de sentimientos, deseo y alcohol, se dejaron llevar hasta alcanzar el máximo placer. Los amigos que estaban muy preocupados por el comportamiento de Francisco, habían concertado una cita, de relax, de conversa, pero jamás imaginaron que esa reunión terminaría en sexo.
En el tercer acto, luego del encuentro confuso y a la vez dulce, Mariana decide terminar con su pareja de siempre, Renzo, quien no sabía valorarla. Ella nunca se quiso dar cuenta de esos desaires permanentes, hasta conocer muy de cerca a Francisco, amigo de años, que se convertía en una esperanza del más puro amor. Francisco por su parte, había encontrado en ella no solo el amor, también la única esperanza para “volver a la vida”. Evidentemente, ella jamás llenaría el vacío que había dejado su madre, pero Mariana era un ángel, él siempre lo supo, siempre la amo en silencio, nadie lo había descubierto, y por poco él también lo olvida. Pero ahora estaba decidido a darle todo su amor, sin vacilaciones, sin temores, ya no había nada más que perder.
Pero el final inesperado de la obra, quizá trágico, deja a los asistentes desconcertados, exánimes, insatisfechos. Generalmente después de tanta lucha, se hace necesario un final feliz, pero a mí, no me pareció y la terminé de ese modo.
A pesar que estaba pasando por una etapa económica vergonzosa, nada podía evitar que me ocupe del concurso que realmente me llenaba. Sin duda aquel sótano del Club de Teatro era el escondite perfecto, para evitar a las tantas preocupaciones monetarias y seguir albergando una vaga esperanza de salir del hoyo.
─Debes trabajar bastante en la historia, es cotidiana. Sin embargo, hemos acordado que pase a la siguiente etapa, porque creemos que tienes armas para continuar. El guión esta muy bien redactado, eso es muy importante ─cocluyó Pocho, nuestro profe guía de segundo año.
Estábamos en la etapa de la muestra teatral, que consistía en hacer una especie de trailer de la obra. Actuaba en ella, pero lo más inverosímil era que también aspiraba dirigirla. La experiencia más cercana a la dirección de alguna obra teatral la desarrolle en clase, cuando Pocho me confió a manera de prácticas, la dirección de una obra llamada: La Miseria, de Emilio Carballido. Esta obra habla del conflicto que surge entre individuos cuando se ven obligados a interactuar con personas de otras clases sociales. La dirección novicia de “La Miseria”, de tan solo 15 minutos, me valió algunos elogios entre mis colegas, pero una dura crítica de parte de Pocho.
“Lágrimas, sexo y amor”, así denominé al primer intento de escribir un guión teatral, porque de hecho estaba lejos de serlo. La historia se basaba en pasajes de mi vida de la etapa universitaria. Los personajes eran mis amigos, mi enamorada de aquella etapa y claro les cambié los nombres, por si en algún momento llegara la historia a sus manos y se sintieran aludidos. Lo último, definitivamente respondía a una ilusión escondida, que me hacía pensar que la obra llegaría a presentarse, algún día, en escenerarios limeños de manera difundida. Estaba loco. El guión está dividido en tres actos, cada uno de ellos en varias escenas.
El primer acto, narra las penas que el protagonista sobrellevaba a punta de alcohol y drogas, en excesivas noches libertinas, a raíz de la muerte de su madre. Creía que era la única manera de cubrir el enorme vacío que ella había dejado. Sus dos hermanos casados y con hijos, se las arreglaban como podían, su padre que nunca vivió con él, no tuvo mayor acercamiento. Los únicos que decidieron hacer algo por él, fueron sus amigos más cercanos. Entre ellos se encontraba Mariana, aquella amiga que se convertiría en amante y luego en el amor más sublime del protagonista.
El segundo acto cuenta el acercamiento sexual que tuvieron Francisco y Mariana. En una de esas tardes de películas y tragos entre amigos. Luego de que todos los demás se marcharan, Francisco y Mariana llegaron a tocar el mismo cielo, sitiados en una completa confusión de sentimientos, deseo y alcohol, se dejaron llevar hasta alcanzar el máximo placer. Los amigos que estaban muy preocupados por el comportamiento de Francisco, habían concertado una cita, de relax, de conversa, pero jamás imaginaron que esa reunión terminaría en sexo.
En el tercer acto, luego del encuentro confuso y a la vez dulce, Mariana decide terminar con su pareja de siempre, Renzo, quien no sabía valorarla. Ella nunca se quiso dar cuenta de esos desaires permanentes, hasta conocer muy de cerca a Francisco, amigo de años, que se convertía en una esperanza del más puro amor. Francisco por su parte, había encontrado en ella no solo el amor, también la única esperanza para “volver a la vida”. Evidentemente, ella jamás llenaría el vacío que había dejado su madre, pero Mariana era un ángel, él siempre lo supo, siempre la amo en silencio, nadie lo había descubierto, y por poco él también lo olvida. Pero ahora estaba decidido a darle todo su amor, sin vacilaciones, sin temores, ya no había nada más que perder.
Pero el final inesperado de la obra, quizá trágico, deja a los asistentes desconcertados, exánimes, insatisfechos. Generalmente después de tanta lucha, se hace necesario un final feliz, pero a mí, no me pareció y la terminé de ese modo.
A pesar que estaba pasando por una etapa económica vergonzosa, nada podía evitar que me ocupe del concurso que realmente me llenaba. Sin duda aquel sótano del Club de Teatro era el escondite perfecto, para evitar a las tantas preocupaciones monetarias y seguir albergando una vaga esperanza de salir del hoyo.


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