viernes, 26 de septiembre de 2008

Mihermano.Hawy

La primera vez que visité la calurosa ciudad de Pucallpa tenía 11 años, mis padres habían decidido aprovechar el fin de semana largo para conocer aquella ciudad. Para entonces vivíamos en el distrito joven de San Borja, en Lima, entre las avenidas San Borja Sur y Aviación. Yo era el único hijo de la familia Dávila Méndez, que a pesar de algunos problemas extra matrimoniales entre mis padres, éramos felices.

Mi tía Sonia, hermana menor de mi madre, que había tenido un novio Pucalpino, muy buena gente, trabajador y honesto, se había encargado de conducirnos a esa ciudad, contándonos maravillas de ella. Nos relataba sus innumerables paseos alrededor de la laguna de Yarina, de su hermoso parque natural (zoológico), de su riquísimo tacacho con cecina y/o chorizo, sus juanes, entre otros parajes turísticos y maravillas gastronómicas.

No había mucho que pensar, y nos enrumbamos un jueves a la 1 de la tarde en la empresa León de Huanuco que abordamos en la Av. 28 de Julio, en la Victoria. Tras aproximadamente 18 horas de viaje llegamos a nuestro destino, cerca de las 9 de la mañana y nos hospedamos en el Hotel Komby que queda a una cuadra y media de la plaza mayor de la ciudad.

Luego de bañarnos y tomar desayuno, doncella frita con papas sancochadas y arroz, acompañado de un delicioso vaso de refresco de cocona helada, lo primero que hicimos fue visitar el parque natural a insistencia mía. A esa edad entre la niñez y la pubertad todavía se conserva la ansiedad por conocer animales, pero por sobre todo, porque sentía que algo o alguien me atraía fuertemente a ese lugar, era un sentimiento que me había abordado desde que me enteré que viajaríamos a Pucallpa y que no había cedido ni un solo instante.

Recuerdo perfectamente que llegamos al parque a las 11 de la mañana y a pesar que solo había una pequeña cola para ingresar, hacía crecer mi ansiedad y mis expectativas. Por fin luego de 15 minutos de espera logramos ingresar, compramos papitas y rosquillas y empezamos nuestro recorrido. Al principio sentí una ligera decepción porque solo veíamos en el primer tramo diferentes especies de porcinos, sajinos, sachavacas, wanganas y añujes, que aparte de emanar un fétido olor a excremento, hacían unos gruñidos espantosos que me hicieron pensar en desertar, a lo que mi madre me alentó diciéndome que recién empezábamos. En efecto, luego mejoraron mis ánimos, cuando llegamos al circuito de monos, entre maquisapas, chimpancés, machines blancos y negros, monos rojos y más, todos obviamente atrapados por mallas metálicas y redes. Sin embargo, casi terminando ese circuito nos encontramos con un monito choro cola amarilla, libre, que recibía de las manos de un visitante unas rosquillas. Al ver ese espectáculo, sin pensarlo, me deshice de la mano de mi padre y corrí a su encuentro y le ofrecí las últimas papitas que me quedaban, a lo que mi madre respondió gritando desesperadamente –ten cuidado tesoro, no te vaya a morder las manos–. Pero como casi todo niño de 11 años, aturdido por la emoción, no escuché o no quise escuchar e igualmente acerque las papitas a las manos extendidas de ese monito choro, que con mucha gracia y delicadeza acercó a su boca y empezó a masticar rápidamente para luego estirar nuevamente el brazo y pedir más, continué dándole hasta que ya no me quedó nada que ofrecerle. Por supuesto, el monito no entendió que ya no había más papitas y continuó con el brazo estirado y haciendo unos leves gruñidos en señal de querer seguir comiendo.

Superado el dilema continuamos el trayecto hasta las distintas especies de aves, circuito que no me llamó mucho la atención e inconcientemente apuraba a mis padres hasta el siguiente circuito, el de los felinos.

Extrañamente a medida que me acercaba a los leopardos, tigres, pumas, otorongos y jaguares, sentía que una fuerza me conducía a ese lugar, una sensación maravillosa y emocionante que jamás había experimentado y que hasta el día de hoy no se explicar bien, era como una fuerte atracción de imán a los metales.

La ansiedad e intriga crecían a medida que me acercaba, una gran emoción inundó mi corazón, mi mente y mi alma, vimos como los otorongos paseaban de un lugar a otro dentro de sus jaulas, el puma que hacía pensar que no estaba de humor y que de un solo rugido me hizo saltar un metro y medio atrás. Pero cuando llegamos a la jaula del jaguar sucedió algo mágico, sentí como si al mirar a ese animal tan noble, fuerte y a la vez tan temido, mí mente se trasladaba a un espacio diferente y juro que vi como destellaban sus ojos cuando me miró fijamente. Fue en ese preciso momento que escuché su voz triste y rasposa, como de un niño que acababa de llorar.

–Me llamo Jawy, tengo tres años y ¿tú eres Calín verdad? –me dijo.

Siempre tuve una imaginación prolija y por un momento pensé que era mi mente que me estaba jugando una mala pasada, pero al instante continuó hablando y supe que todo era cierto.

–¿Te llamas Calín verdad? –me preguntó, más calmadamente.

–Mi nombre es Carlos pero todos me llaman Calín –dije, solo por no quedarme callado, sin salir de mi estupor.

–No temas, todos los animales podemos comunicarnos con los humanos solo que ellos no nos quieren escuchar –aseguró.

–¿Tú eras quien me llamaba?, sentía que tenía que venir hasta aquí, que alguien necesitaba de mí, ¿fuiste tú? –pregunté, al fin.

–Así es, tampoco yo puedo explicarlo, pero hace algunos días empecé a sentir que un hermano que no conocía llegaría a mi lado y mentalmente lo llamaba, hasta que hoy al verte estuve seguro que se trataba de ti Calín –decía muy emocionado, realmente convencido de lo que decía.

–Pero eso es imposible, tú y yo no podemos ser hermanos, tu eres un jaguar y yo un niño –balbuceé.

–Todos somos animales e hijos de Dios, solo que nacemos en diferentes especies, pero en este caso tú y yo tenemos almas gemelas –quiso seguir, pero lo interrumpí.

–No puede ser, no puede ser –repetía una y otra vez, hasta que él continuó.

–Somos hermanos y tenemos almas gemelas es por eso que acudiste a mi llamado. Desde que murieron mis padres me siento muy triste, solo y abandonado, puedes llevarme contigo y tu familia –preguntó como si se tratara de algo muy natural.

Mi vida cambió desde ese momento, las palabras y el sentir de Jawy me hicieron entender en esos pocos minutos de conversación que todo lo que decía era cierto, que tenía que cumplir los deseos de mi hermano.

Nos costo larguísimos 4 años conseguir lo que tanto deseábamos Jawy y yo, y claro con la ayuda de mis amados padres, que nunca me creyeron la historia que les conté, pero sí creyeron en el amor puro, sincero y grandioso hacia el jaguar y con eso les bastó. Era evidente, que no existían argumentos realistas para sustentar nuestra petición, argumentos que nos harían ganar el juicio que nos permitiría llevar a Jawy a casa, a su nueva casa. Pero luego de tantos jueces y fiscales en contra de nuestra búsqueda, nuestro abogado, el Dr. Quinteros De la Cruz, planteó una excelente estrategia que garantizaba la mejora de calidad de vida del jaguar, la no existencia de peligro por estar Jawy totalmente domesticado y el profundo amor de un niño que se hacía adolescente a lo largo de esos años de litigio, terminaron por conmover al juez Cáceres Pineda, limeño de nacimiento pero establecido en Pucallpa hace algunas décadas, quien nos otorgó el beneficio de la adopción legal de Jawy. Fue el día más feliz de nuestras vidas.

A lo largo de todo ese tiempo en los primeros años de la década de los noventa, que mis padres libraron la batalla más grande de sus vidas, en primer lugar, por amor a su hijo y luego también a Jawy, su segundo hijo, nos habíamos instalado en una casita de madera en el Jr. 7 de Junio a cinco cuadras de la plaza mayor, donde continuaríamos viviendo durante dos años más, luego de ganar el juicio. Para después mudarnos a las afueras de la ciudad de Chiclayo, donde hasta hoy en día vivimos.

Hoy tengo 29 años y después de 12 regreso a Pucallpa, esta vez solo, aunque en mi mente Jawy viaja conmigo. Mi único hermano, murió hace dos semanas, tenía 21 años, edad considerada en la adultez para los jaguares, y antes de dejarnos me suplicó que regrese al Parque Natural donde lo encontramos hace 18 años, cuando aun era muy joven, para despedirlo de sus amigos y compañeros. Ahora me encuentro en la entrada del parque, no ha cambiado mucho, la misma casita diminuta de madera donde venden los tickets para ingresar, el letrero que tiene el mismo enunciado, salvo mejor pintado, y la reja descolorida y algo oxidada, como la recuerdo, se vienen a mi mente cada instante desde que lo conocí y siento que fue lo mejor que me ha pasado…gracias por llegar a mi vida Jawy, gracias Dios. FIN.

jueves, 7 de agosto de 2008

Buscando.lafelicidad

Gonzalito caminaba a ninguna parte, con la única ilusión de hallar la felicidad, aquella que buscaba desde sus primeros años en el orfanato.

La Madre Superiora le había contado, en repetidas ocasiones, que cuando lo dejaron abandonado en la puerta, en un cesto, hace ya 7 años, encontró entre otras cosas, una nota en la que sobresalía un párrafo que decía: “Mi amor, te pido perdón por lo que hago, pero no tengo otra opción. Estoy segura que estas personas sabrán darte mucho más que yo. Pero recuerda que siempre DEBES BUSCAR LA FELICIDAD, quizás cuando la encuentres, también volvamos a estar juntos. TE AMO…TU MAMI.”

Después de tanto pensarlo, Gonzalo llegó a la conclusión de que no encontraría la felicidad ni a su madre, si permanecía en el orfanato y peor aún si alguien más lo llegara a adoptar, eso significaría el alejamiento definitivo de sus más preciados anhelos y su razón de vida. Fue así que se escapó del hogar que lo había cobijado durante los últimos años, para salir en busca de mamá y junto a ella la tan ansiada felicidad.

Habían transcurrido 16 largas horas desde su huida, ya era de noche pero al niño no le importaba eso, seguía caminando con el corazón trémulo, a causa de sus esperanzas que paradójicamente iban creciendo al sentir el agotamiento en todo su cuerpecito. A medida que el cansancio se hacía insoportable, igualmente también alimentaba la ilusión de que cuando perdiera las fuerzas, encontraría lo que tanto buscaba. Caminó y camino sin saber exactamente a donde, hasta perder la conciencia.

Cuando despertó, Gonzalito estaba acostado en una cama de sabanas limpias y tibias, alguien sostenía su mano izquierda. Era una enfermera joven, de aproximadamente 30 años, ella lloraba en silencio, pero las lágrimas se le caían copiosamente. Viró la mirada y vio al pie de la cama a la Madre Superiora del orfanato, que tenía las manos juntas como si estuviera implorando.

El niño no entendía nada, no recordaba absolutamente nada de lo que había ocurrido en las últimas horas, ni siquiera como llegó hasta el hospital, pero sintió una emoción extraña en el corazón, una mezcla de desilusión y esperanza. Fue cuando la Madre se acercó, le cogió la otra mano y le dijo ─hijo mío, Dios es más grande de lo que imaginas, Él y nadie más, pudo concederte lo que tanto buscabas, he aquí tu madre.
Gonzalo, giró bruscamente al otro costado de la cama, tenía el corazón inundado de múltiples sensaciones, las lágrimas colmaron su rostro y mojaron las sabanas, contempló por algunos segundos a aquella enfermera que no había dejado de llorar un solo instante. Ella no pudo contenerse más y se abalanzó sobre su hijo, lo abrazó fuertemente y gemía diciendo ─perdóname hijo mío, perdóname, perdóname…GRACIAS DIOS MÍO, GRACIAS…!!!

Elolor.delespíritujoven

Cuando se es joven nuestro espíritu juega, danza, goza y brilla cada instante de nuestros días. Hoy que tengo 68 años, siento que las fuerzas abandonan aquel espíritu que a lo largo de tantos años se sintió poderoso e incólume. Siempre supe que llegarían estos días, pero jamás imaginé que serían tan duros, viles, aciagos.

Mi esposa, con la que compartí cerca de 45 años, se marcho hace unos meses, mis dos únicos hijos varones vienen solo de vez en cuando, acompañados de sus respectivas familias, eso es reconfortante, pero llego a la conclusión que no son más que un espejismo, porque cuando quiero abrazarme a ellos, simplemente desaparecen.

He jurado a mi alma no dejarme vencer tan fácilmente, continuaré caminando de la mano del único ser que me acompañará hasta el final. Él me enseño a lo largo de estos últimos años que la juventud se lleva por dentro y gracias a esa sabiduría sigo aferrándome a la vida.

Recuerdo cuando tenía 23 años y conocí a la única mujer que he amado en la vida, recuerdo que caminaba sola frente al balcón de mi casa, del cual me había acostumbrado a observarla todas las mañanas. Ella tenía apenas 20 años, era un ángel e iluminaba mis días.

Recuerdo que habían transcurrido varias semanas desde que la vi por primera vez y esa mañana como todas las otras, caminaba con una sonrisa dibujada en los labios, tenía los cabellos sueltos que len caían por debajo de los hombros, llevaba puesto una chompa ligera color turquesa, una falda larga que le llegaban hasta los tobillos y unos zapatos de tacos chatos. Antes de decidir acercarme a ella lo pensé mucho, pero cuanto más pensaba en ello, más convencido estaba de hacerlo.

Recuerdo que estaba a unos escasos metros de mí, la miré fijamente a los ojos, mientras ella terminaba de acercarse, desde el primer momento correspondió a mi mirada y se detuvo junto a mí, como si alguna fuerza extraña la atrajera. La tomé de las manos y le dije ─te amo y te amaré por siempre, quiero compartir el resto de mi vida contigo, ¿aceptas?.

Ella, todavía aturdida, confundida pero a la vez enormemente alagada y sin saber exactamente porqué le embargaban todos esos sentimientos tan sublimes hacia aquel hombre, de quien solo sabía que vivía de camino a su casa y que en todas las oportunidades que ella pasaba frente a su balcón, muchas veces intencionalmente, la observaba, y no pudo evitar emocionarse hasta las lágrimas y responder ─si acepto, yo también te amo y te amaré por siempre.
Recuerdo que nos casamos a los 3 meses y vivimos largos 45 años de amor y plenitud, manteniendo siempre presente aquel arrebato promisorio que solo se es capaz de alcanzar cuando sentimos el olor del espíritu joven en nuestras venas.

viernes, 20 de junio de 2008

Nica.nochedemartes

Desde Nicaragua publica, su primera entrada mi pata Mark (él es peruano pero hace poco fugó), a ver q les parece...

Son las 7 de la noche en Nicaragua, y sigo aquí en la oficina, tratando de trabajar, y dejar de chatear, al mismo tiempo.

Acaba de llamarme Lizeth una flaca que hace tiempo la tengo en la mira, no se desde la primera vez que salimos siempre me gustó, esta será la segunda, lastima que no cayó tan fácil pero parece que hoy se me hizo, porque ella llamó y me planeó para ir con unas amigas a dar unas vueltas, comer, unas chelas y, ya veremos, así que, dejé la oficina, con algo de prisa, volví a mi casa de la mina, un duchazo veloz, una chequeada el carro porque debo manejar 1 hora y media de carretera hasta el perno por cierto, pero ahí voy alucinando que será de esta noche, seré infiel por enésima vez, bah, siento que la fidelidad no fue una de las virtudes que me tocaron recibir, pues aunque intento siempre caigo en la misma "trampa", así que habrá que seguir el tren.

Llegué a las 9 casi puntual como casi siempre, esa virtud si me la dieron, ahí esta ella , un polito blanco algo ceñido al cuerpo, una minifalda azul, mmm, que rica está, viéndola bien, se maquilló mejor todavía tiene unos reflejos celestes en los parpados, sus dos amigas la china y Maggie, también están buenotas, pero, que paso, ─podemos llevar a un amigo─, me sorprende. Bueno lo dudo al principio pero que puedo hacer, acepto, llaman al tipo este, se llama Gerald, me suena raro ese nombre, pero mas raro era el, es gay, jajajaja, pucha , y entonces, poner la sonrisa de cojudo y decirle hola que tal, soy Marc, así ahí vamos en el carro puse un disco de Enrique Iglesias y el que más se vacila es este cochon (gay), ahora entiendo porque este Iglesias es ídolo de la comunidad gay, compramos 12 cervezas en lata y nos fuimos a una gasolinera (grifo), a latear, tomar en el carro, pero todo acabo rápido creo que están con sed.

Es hora de comer y seguirla, buscamos un lugar donde hacer ambas cosas, al fin lo encontramos, y oh horror, encontramos a la hermana de la china, una maje (muchacha) de 23 años, buen cuerpo, blanquita, pero con una señora de base 4, normal dije hicimos grupo, y nos pusimos a comer y tomar, vacilándome de lo que veo, sorpresa al parecer la señora de la base 4 es lesbiana jajaja, que bacilon osea esta noche salió todo esta en ambiente, pero la conversación fluye bestial, chelas van chelas vienen, y suena mi celular, ─ta mare─ pienso, la cuasi firme, se suponía que estaba en la mina descansando y no debía llamarme porque se suponía que había pasado un día bravazo en la chamba, pero que se hace, ella insiste en llamar, así que salgo de aquel lugar y me meto al carro, pongo una radio romántica y a contestar, se arma un pequeño chongo, pero no le queda otra más que creerme,, jejeje, creo que la convencí, ahora bien regreso a la mesa y ahora Lizeth me reclama, bueno pensando rápido siempre finjo conversar llegando a la mesa con el celular en la oreja molesto con mi asistente y que tenemos un problema con los equipos de mina y que no me llame sino hasta mañana, pongo mi cara de asado y puta, me ven todas y no dicen nada, solo, tranquilo así es el trabajo, creo que se lo tragaron, pero Lizet es más mosca, o se cree más mosca, de nuevo ataca y me pide el celular, yo la evado pero sigue jodiendo, are, a pensar rápido, de nuevo hago la finta que voy al baño y borro todos los mensajes, fotos y llamadas enviadas y recibidos, no tiene más que ver, se tranquiliza.

Luego de un rato entramos en más confianza la empiezo a manosear por debajo de la mesa, en su entrepierna debajo de la mini, la rozo primero suave y después algo fuerte, le gusta, buen punto, ahora tomo su mano y me la llevo a que me roze ella, primero se sorprende pero de ahí empieza ella, se nota que sabe algo, y así, nos la pasamos manoseándonos debajo de la mesa calentándonos, mientras encima seguimos hablando y cualquier cosa.

Gerald empezó a contarnos de sus problemas con su madre, porque no aceptan su condición de gay, a pesar que es el único que mantiene a su madre con su trabajo en una fabrica, que jodido, nos dice que volvió de costa rica solo por ver a su vieja y apoyarla, y al verla enferma prefirió quedarse, ahora está entre la espada y la pared, obvio él prefiere la espada,,,, entre dejar a su vieja o volver a Costa Rica donde nadie lo maltrata o discrimina, pero ya empiezo a notar que las cervezas hicieron efecto, la china me pide que le tome unas fotos, mi que no me gusta, empiezo, Lizet me mira algo molesta pero normal, ya me doy cuenta que ya se mandaron como 8 rondas, yo sigo pensando en lo que vendrá me cuido porque tengo que manejar, esa responsabilidad no me deja tomar en paz me jode pero que se hace, ya son las 12 y 50 pucha ya van a cerrar el local, aquí todos son cumplidos en sus horarios, cierran a la 1 am en punto, nadie más reclama, así que caballero nomás se acabó, pagar la cuenta de las 6 personas, ouch, no hay otra, disculpa señora cambian dólares claro, mejicano me dicen, no jodan, soy peruano les digo, algo de alcohol me subió, me salió algo cara la gracia pero como reza el dicho sabio del poeta de la calle, boca come,,, jajaja.

Salimos algo movidos, ellas más que yo claro, a ver primero dejar a las amigas y el cochon claro, hasta que nos quedamos solos, ahora si, avanzo un poco y me parqueo en una zona algo oscura debajo de nuas arboles, y empezamos a besarnos, me metió la legua hasta la garganta, que bravo, que rico, estas son las que me gustan, no me quedo atrás, ya parece que nos vamos a arrancar las lenguas, entonces con mis manos subo el polito, para ver sus senos están rosaditos, duros y excitados que ricos, los empiezo a besar ella primero se sorprende, después disfruta, ya estamos calientísismos, igual tomo su mano y la meto dentro de mi pantalón, empieza a masturbarme, tiene una buena mano muy docil, aunque sus uñas me joden un poco, yo sigo con mi lengua besándole todo, metiéndola en su oreja, como se arrecha, jajaja, ahora es el momento me bajo el pantalón, y le pido que le de un beso, ella lo duda me dice ─no, nunca lo hice─, pero está algo choborra y excitada, mmm, mala combinación, yo le sigo insistiendo lamiéndoles el cuello y los senos y ahí va, empieza despacio, primero la lengua, parece que ya lo hizo, igual me llega, y empieza a chuparlo, parecía que se lo quería comer, yo ya tengo mis dedos en su vagina, y la sigo excitando, que bravazo, pero tirarla en el carro no me parece, muy incomodo, jode la cintura y más aun teniendo una casa para mí solo, prefiero tirarla alla, así que suave la retiro, y le digo que mejor vamos para la casa, ella no se paltea y acepta, así que con el libido encima habrá que manejar 10 minutos más, estando cerca le pido que me la chupe again, jajaja, al chongo, y ella empieza, jajaja, que vacilon yo manejando y ella mandando saludos a sus viejos,,, así llegamos, sin esperar mucho bajamos y directo a la cama.

Yo estoy algo cansado, así que la convenzo para ir a la ducha, ella acepta, así que pa levantarme empezamos de nuevo en la ducha primero me arrodillo yo y empiezo a besarla, como se excita, y se moja, parece que se quiere venir, uso mis dedos, y se vuelve loca, una vez remojada, hago que ella se arrodille igual y le toca el turno, a estas alturas del partido ella ya perdió los papeles, y se muestra rearechisisma, que más puedo pedir, empiezo a querer cogerla ahí , ella reacciona y me pide un preservativo, mmm, ya lo tenia preparado estaba encima de ducha, y empezamos, la ducha nos excitó, a los dos sentir el agua que se mete por todos lados le gustó, y yo ahí empiezo dándole suave, en circulo, y más duro, la pongo contra la pared tomo sus piernas y la elevo, que rico, y el agua encima, con esa se vino 2 veces, y mi puta mi cintura me pedia descanso, así que la baje, otra enjuagada y a la cama.

Ya esta jugada, así que la convenzo para tomarle fotos, se deja, que buena es, ya es toda mía, que buenas fotos, lo que le pido lo hace, eso me hace excitar más así, dejo la cámara de lado y me pongo a disfrutar yo, ya era hora, que brutal, se puso en cuatro que linda vista y la empecé a cabalgar, unos golpes en las nalgas, y como grita, subo el volumen de la tv, pa los sapos de los vecinos, y sigo dándole, como la veo muy caliente le pido algo de pendejo, ya me quería venir así que le pido que se la tome, en su arrechera se niega pero después acepta, jejej, se me hizo, que buen orgasmo, se la tomo toda, la restriego en su cara, que bonita foto, esto es vida digo.

Ahora si cansado a volver a la ducha y viene a mi mente lo de siempre ─porqué no puedo ser fiel─, me he enamorado varias veces, pero joder, lo he intentado pero hasta ahora no lo logro, alguna vez pensé que seria cuestión de tiempo pero me doy cuenta que siempre la cago, muchas veces antes de tiempo, otras después, pero igual la cago. De pronto, ella también entra a la ducha y me rapta de mis pensamientos, ya no me gusta mucho, toy cansado, y me voy a la cama, que noche, cumplió mis deseos, así que a dormir como una lechuza, con un ojo abierto y otra cerrado son las 2:15 a.m., que cansado.

Ella sale, ─llévame a mi casa─, me dice, ─no jodas─, pienso, estoy out, out, ella insiste, mare, y yo solo pensando en como levantarme mañana a las 5:15 am para regresar al trabajo, que se hace la debo llevar, ya me pongo más frio, ella lo nota, y dice una frase clásica, porque estas frio ahora conmigo solo eso querías verdad, típica frase de hembrita que se siente usada, con lo que me queda de lengua le explico los problemas de mi trabajo y no se si es cierto pero dice que me entiende y que lo olvide, aunque por dentro me dan ganas de decirle que es cierto es eso, ya paso, y nos vemos,, siempre sutil yo, es tarde puta ya casi va a amanecer mejor regreso a dormir, mañana será otro día.

sábado, 5 de abril de 2008

Laúltima."semanatranca"

Todo empezó cuando Vanessa confirmó su viaje a esta ciudad, las cosas estaban saliendo como lo habían planeado, no podían exigir más a la vida. Joaquín, sabía que el gran amor de su vida, aquella persona que había logrado, por fin, sosegarlo, quien le hacía sentir en las nubes, amado y lo más importante, quien le hizo sentir la pureza, ingenuidad y belleza del amor, estaría el miércoles en la mañana con él. Luego de varias semanas de solo escucharse por teléfono, de conversar largas horas para mitigar el dolor de la ausencia que ambos sentían, al fin Vanessa y Joaquín estarían juntos.

Él esperaba que el bus arribara a las 8.00 am, tomando en cuenta que eran doce horas desde la Capital de la Amistad a la Capital Peruana, sin embargo todavía tendría que esperar muchos minutos más, sumido en la ansiedad, nerviosismo, confusión y hasta preocupación. Ella, cansada y algo fastidiada por el viaje, albergaba también una ilusión en su corazón. Sabía que pronto se encontraría con el hombre que había logrado inscribirse en lo más profundo de su corazón, contra todo pronóstico. Sin embargo, se tomaba las cosas con mucha más calma, sabia que Joaquín estaría esperándola, y eso le bastaba para sentirse más confiada y tranquila.

El bus arribó todavía cerca de las 9.00 am, él la esperaba en la zona de desembarque, ella descendía del bus con una maleta ligera. Él se acerco, la abrazó fuertemente, le dio muchos besos, ella parecía algo avergonzada por las miradas impertinentes de la gente a su alrededor, pero no le importó mucho y se dejó acariciar los cabellos y los labios. ─TE AMO! TE AMO!, TE EXTRAÑÉ MUCHÍSIMO─, eran frases que se repetían mutuamente.

El taxi los condujo al apartamento de Joaquín, tuvieron que subir cinco pisos para alcanzar aquel rinconcillo del que tantas veces él le había hablado por teléfono. Vanessa, al ingresar, sintió que ya conocía el lugar, todo le resultaba familiar, los mubles, el televisor, el escritorio, el equipo, el estante y hasta el sillón giratorio tras la computadora. Decidieron desayunar, antes de irse a la cama, total había mucho tiempo para amarse. Él se inclinó por un vaso con yogurt y cereales, ella una taza de gelatina y un triple.

Al llegar a la cama, se amaron con mucha calma, sin prisa, con devoción, avivados por ese profundo amor que ambos se profesaban. Joaquín, que antes de conocer a Vanessa no llegaba más allá del sexo, se sentía muy conmovido, realmente estaba haciendo el amor y quiso, en su naturaleza soñadora, perennizar ese momento. Vanessa, que anhelaba sentir nuevamente a su amado, supo que todas las dudas respecto a sus sentimientos, terminaban en ese preciso instante del primer clímax. Desde ese momento sabía que él era la persona indicada para compartir sus días, que era el segundo y último hombre en su vida, no quería conocer a nadie más, ya no quería alejarse jamás del hombre que consideraba era “el gran amor de su vida”. Permanecieron muchas horas en la cama, acariciándose, mimándose, amándose, conociéndose más profundamente y solo salieron de ella casi a las cinco de la tarde, quizá porque tenían hambre o porque sabían que dentro de poco llegaría al apartamento Daniela, amiga de Joaquín y novia de Enrique.

Enrique era el mejor amigo de Joaquín y juntos habían planeado salir a acampar esa misma noche de miércoles. Como todavía debía trabajar hasta cerca de las nueve de la noche, llamó a Joaquín y le pidió que se reúna con Daniela para ir avanzando con todas las compras, para partir al sur de Lima, a la Ensenada. Vanessa solo conocía a Enrique y Daniela por teléfono, Joaquín había insistido en presentarlos por ese medio, porque, como planeaba salir con ellos en semana santa le pareció prudente que fueran conociéndose un poco.

Vanessa y Joaquín almorzaron y regresaron al apartamento, y antes que sus instintos cedieran nuevamente al placer, llegó Daniela. La intención de presentarlos por teléfono había dado sus frutos, parecía que ambas ya se conocían, conversaron un rato y sintieron gran simpatía una por la otra. Decidieron apurar las compras: hot dogs, piqueos, atunes, latas de frijoles con tocino, agua, galletas, por supuesto leña y una botella de ron añejo, para acompañar la primera noche frente al mar.

Volvieron al apartamento, ya todo estaba listo, las carpas, las bolsas de dormir, las compras, solo faltaba Enrique y llegó al poco rato. Luego de los saludos efusivos entre Vanessa y Enrique tomaron un taxi a la avenida Circunvalación para abordar cualquier servicio que los condujera a la playa que habían elegido para acampar. En el camino al paradero surgió una discusión, Enrique afirmaba que La Ensenada quedaba en el kilómetro 89, Joaquín en el 98, así que decidieron apostar. Quien perdía la apuesta se despojaría de todas sus prendas y entraría al mar a las 3.30 de la madrugada, sin importar la presencia de los demás bañistas, que de hecho los acompañarían y dada la fecha tendrían muchos espectadores y eso hacía la apuesta más interesante. Ambos se creían dueños de la verdad, sin embargo, cada uno, asolapadamente, preguntaba en el paradero en que kilómetro quedaba dicha playa, a los llamadores, a la gente que esperaba como ellos, pero siempre encontraban versiones distintas, que los mantenía en suspenso.

Subieron en un bus que se dirigía a Cañete, era lo que necesitaban para llegar a su destino. Mientras esperaban que el bus se llenara totalmente, se dieron cuanta que habían olvidado comprar uno de los elementos más importantes para la noche, cigarrillos, la noche no estaría completa sin ellos, y no querían correr el riesgo de no encontrar vendedores en la playa. Joaquín fue el voluntario para ir a comprar, para ello tenía que cruzar un puente peatonal, que solo contaba con un vía de ascenso continuo, no contaba con gradas, por lo que la caminata resultó muy larga. Le tomó cerca de ocho minutos cruzar el puente, y peor aun, llegado al otro extremo se dio con la sorpresa que el centro comercial al que se dirigía estaba cerrado, buscó desesperadamente otra tienda pero no encontró nada abierto, reparó que ya eran cerca de las 11 de la noche y pensó que era normal que todo estuviese cerrado. Menos mal encontró un vendedor ambulante. Y justo cuando se disponía a recorrer el puente de regreso, Enrique lo llamó al celular anunciándole que el bus ya partía que debía apurarse, por lo que Joaquín decidió tomar la ruta más corta y la más riesgosa ya que era una autopista rápida, tuvo que sortear autos que viajaban a una velocidad aproximada de 90 o 100 km/h, además, en la mitad de la autopista una división de carrilles alambrado pudo detenerlo, pero no, hizo gala de su estado físico y saltó decididamente y logró alcanzar el otro extremo en menos de un minuto, subió al bus e inmediatamente partieron al sur.

El viaje duraría aproximadamente hora y media, Daniela y Enrique quienes se habían despertado muy temprano para ir a trabajar, se quedaron dormidos, confiados en sus compañeros de viaje. Mientras que Joaquín y Vanessa, aprovechaban cada segundo para conversar, besarse apasionadamente, prometerse amor eterno y alucinar lo que harían en su carpa luego de la chupeta. ─Alguna vez lo has hecho en la playa─, preguntó Joaquín. ─No, nunca!─, respondió Vanessa, algo avergonzada por la pregunta tan directa. Esa respuesta encendía el fuego interior de Joaquín. ─Entonces será tu primera vez, es alucinante, estaremos entre decenas de carpas, algunas más cercanas que otras, la arena siempre jodida raspará tu vagina y mi pene, será una experiencia inolvidable─, sentenció. ─Osea que tu ya lo has hecho antes─, replicó Vanessa. Él solo rió nerviosamente y dijo que mejor no pregunte. El viaje duró menos de lo que pensaban, en solo una hora y cinco minutos estaban arribando a La Ensenada.

Cuando al fin llegaron, se dieron cuenta que ambos habían perdido la apuesta, porque la playa quedaba en el kilómetro 80 camino al sur, y no como ellos habían afirmado, por lo que la desestimaron. La panamericana sur, está prácticamente a la orilla del mar, así que no tuvieron que caminar mucho. Como siempre Joaquín, que era el más excéntrico del grupo, coreaba en voz alta ─en el mar la vida es más sabrosa… en el mar te quiero mucho más─, abrazaba fuertemente a Vanessa y la cogía de la cintura para darle vueltas. ─Cállate loco─, le dijo Daniela cariñosamente. Inmediatamente después de elegir el lugar que ocuparían, las parejas se dispusieron a levantar sus carpas. Luego emprendieron “el viaje” a la tertulia y la chupeta, antes encendieron el fuego, comieron panchos y panes, para aguantar la larga noche de tragos y excesos, la noche era perfecta, la luna llena que los acompañaba, el murmullo de las olas, el ruido de las demás gentes alrededor de sus fogatas, el ser amado a sus costados, todo estaba saliendo maravillosamente bien.

La mezcla de ron y coca cola no se hizo esperar, cada uno con su respectivo vaso en mano, brindaron por el placer de estar entre amigos, salir de las rutinas del trabajo y de la ciudad. Sabían que no era fecha de plétoras, pero por algo, en el Perú se le llama la “semana tranca”. Conversaron amenamente, recordando cosas en común o anécdotas individuales. Daniela se acurrucaba en los brazos de Enrique y le preguntaba ─¿quién es mi amor, mi corazoncito?─. Enrique algo palteado porque no era una persona muy romántica respondía simplemente ─yo mi vida─. Joaquín había acogido entre sus piernas y brazos a Vanessa, ella recostaba su cabeza en el pecho de su amado, él completamente enamorado y sintiéndose colmado de dicha, le besaba constantemente los cachetes, la frente y sobre todo los labios, obligándola a torcer el cuello para alcanzar su objetivo.

Enrique y Joaquín eran amigos aproximadamente seis años. Desde los primeros meses de conocerse el cariño, la confianza y respeto mutuo habían dado lugar a una gran amistad. Cuando salían a bailar, tomar o simplemente conversar, la pasaban super. Ese día no fue la excepción, se sentían colmados. Cuando la primera botella de ron casi terminaba, Joaquín, que tenia una fama de pollo, estaba ya con los humos subidos, se sentía ebrio, el solía decir ─el trago en mí, es excesivamente psicológico, si bebo sin ninguna preocupación y entre personas que quiero, me embriago con mucha facilidad─, parecía ser cierto porque los gestos de cariño hacia Enrique lo delataban. ─Enrique, tú sabes que te quiero como un hermano mayor, verdad─, decía sin reparos, porque para él quien había tenido una familia en la que de niños no acostumbraban darse muestras de cariño entre hermanos, ni siquiera con sus padres, era una necesidad y no le importaba lo que los demás pensaran. Enrique aceptaba esas muestras de cariño sincero y correspondía ─claro que lo sé Joaquín, yo también te quiero─. Esos grandes gestos de cariño sincero, normalmente solían despertar la suspicacia de la gente retrograda, algunos hasta se atrevían a comentar cosas como ─esos tipos son medio raros no!.

Joaquín, quien tuvo una infancia realmente difícil, cuando estaba ebrio, siempre exigía más atención, cariño y que lo engrían excesivamente. Literalmente, se transformaba en un niño engreído, queriendo llamar la atención de los demás, el niño engreído que no pudo ser, porque sus padres se habían separados cuando él tenía apenas dos años y su madre a pesar de tratar de cubrir el vacío que había dejado su esposo, nunca pudo lograrlo debido a sus obligaciones como docente sacrificada y que además siempre tenía que pensar en otra actividad para sacar adelante a sus tres hijos, ya que el sueldo miserable que el estado peruano le pagaba no alcanzaba para nada, menos en la década de los ochenta que la situación para el magisterio era la más deplorable. Según un psicólogo, que solo visitó unas dos o tres sesiones, Joaquín actuaba así cuando ebrio, debido a todas esas carencias de afecto cuando fue niño y adolescente, pretendiendo ser un infante engreído que capture la atención y el amor de los demás.

Esa noche, empezó a salirse de control cuando Joaquín, le reclamó a Enrique que debía ser mucho más tolerante con él, que esos arrebatos en su afán de llamar la atención debían ser aguantados plenamente por Enrique. Joaquín daba por hecho que su gran amigo “debía” ser como un hermano mayor, que lo engría, le tolere todos sus arrebatos y malcriadeces. Lamentablemente, Enrique tenía una paciencia finita, sin embargo, era cierto que le toleraba muchos más engreimientos a Joaquín por ser su gran amigo, pero consideraba que tampoco tenía que ser un “mártir”, y seguramente tenía mucha razón, porque cualquier otra persona simplemente no le haría caso y lo mandaría a dormir de la forma más despectiva.

Al darse cuenta que la situación se estaba saliendo de proporciones y al mismo tiempo totalmente desconcertada y quizá decepcionada, porque jamás pensó que Joaquín se comportara de ese modo, que ella siempre criticaba en los demás, Vanessa suplicó ─mi amor, ya vamos a dormir por favor─. Joaquín se incorporó con dificultad y Enrique tuvo que sostenerlo del brazo para que no pierda el equilibrio, mientras él también se levantaba. ─Estoy bien, estoy bien, suéltame─ bufó Joaquín. Se acercó aun más a Enrique y con los brazos extendidos, de un par de palmazos en el pecho le hizo tambalear. Enrique, estaba indignado, ─contrólate, es tu amigo y está borracho, no la vayas a terminar de cagar─ pensó. Pero no pudo disimular su cólera, se notaba en el modo que miraba a Joaquín, sus ojos “disparaban dardos”, pero se contuvo. Joaquín, notó perfectamente esa actitud, él esperaba quizá total sumisión, porque para él la amistad es más fuerte que cualquier otro sentimiento por lo menos en esos casos. Recordó en unos segundos que él sí era muy tolerante con Carlos, un amigo aun más engreído que el propio Joaquín y cruzó por su cabeza ─yo jamás miro de ese modo─, eso lo resintió aun más, recordó también que incluso al mismo Enrique le había aguantado ciertas faltas cuando éste estaba ebrio.

Es cierto, Joaquín era el tipo más compresivo cuando de ebrios se trataba, porque quizá siempre se veía en ellos, así que los comprendía y quizá los compadecía, no importaba lo que sucediera, los aguantaba, si estaban en una casa los hacía acostar y si estaban en la calle los llevaba a su departamento. Él esperaba eso de los demás, sin embargo, cuando estaba sobrio entendía perfectamente que los demás no son como él y que no tienen el mismo grado de paciencia con los borrachos. Pero cuando estaba ebrio, pretendía, deseaba, tenía la ilusión que los demás se comporten como él, pero como eso nunca se daba, se resentía con sus amigos o en general, con el mundo. Esa falta de paciencia y tolerancia causaba en Joaquín un gran dolor, por lo que a veces lloraba o simplemente se apagaba y desistía de cualquier actividad, pero a veces, reaccionaba como lo hizo esa noche.

Por otra parte, Daniela que conocía a Joaquín varios años, jamás lo había visto en esa actitud tan patética. Estaba muy mortificada, molesta, indignada y trataba de pensar solo en que esa situación terminaría pronto. Vanessa, por su lado, no sabía que hacer, nunca había enfrentado esa situación, no sabía si hablarle, seguir tratando de convencerlo que durmiera o simplemente esperar que Enrique maneje el problema.

En un momento de descontrol, de exacerbación, causado por la angustia de sentirse solo a pesar de estar acompañado, de sentirse incomprendido y que nadie lo quería, pensó en lo más estúpido que jamás había hecho. Meterse al mar en ese estado, pero no bastando con eso, que ya era bastante arriesgado e impertinente, recordó la apuesta y se despojó de todas sus prendas, todas, y se echo a correr con dirección al mar, se zambulló una y otra vez. Luego de algunos minutos regresó a donde estaban los demás, que se encontraban nerviosos y muy atentos a lo que pudiera pasar y cuando todos pensaban que se acabaría en ese momento, se puso solo el calzoncillo y regresó al mar, y esta vez resuelto en adentrarse más profundamente.

─Loco de mierda ─pensó Enrique.

Daniela, estaba cansada de esa situación así que trataba de no hacer caso, se ocupó en ordenar las cosas, en meterlas a su carpa pensando que ya descansarían, no se percató de todo el show que estaba ocasionando Joaquín o quizá solo quiso hacerse la desentendida y se introdujo en su carpa sin siquiera mirar.

Enrique y Vanessa confundidos en una mezcla de preocupación e indignación se acercaron un poco al mar, con la finalidad de no perder de vista al demente de Joaquín. Mientras que él parecía decidido a adentrase en las profundidades del mar, se zambullía y nadaba hasta que dejó de pisar tierra firme. La indignación empezó a transformarse en ansiedad, angustia, porque a medida que Joaquín seguía nadando en dirección al horizonte ellos perdían la visibilidad.

─Lo ves ─preguntó Enrique.
─No, ya no lo veo ─respondió Vanessa. Y los ojos se le humedecieron, el pecho se le encogió.

Fue en ese instante que Enrique empezó a imaginar las peores cosas, pero tenía que serenarse, era el mayor entre todos y quizá sintió el peso de la responsabilidad, respiró profundamente y se calmó.

Esperaron unos minutos con la mirada quieta tratando de ver algo, extrañamente la luna se oculto tras una nube grisácea, el viento empezó a soplar haciendo un ruido estremecedor, el aura se hacía más denso, escuchaban el golpetear de las olas, pero ninguna devolvía a Joaquín, los minutos se hicieron horas, Enrique empezó a sudar, ahora sí, la angustia se había apoderado de todo su ser.

Daniela, mortificada por la excesiva demora decidió salir de su carpa y darles el encuentro. ─¿Y Joaquín?─, preguntó desconcertada. Nadie respondió. Fue entonces que entendió lo grave de la situación, se aferró del brazo de Enrique y sintió miedo. Vanessa trataba inútilmente de serenarse, las lágrimas habían estallado pero no gemía y no dejaba de mirar atentamente hacia el mar.

Enrique sugirió separarse por toda la playa, para cubrir más terreno. Se dirigió hacia el norte, Vanessa también siguió la misma dirección pero más lentamente. Daniela permaneció en el mismo lugar, no solo para observar esa parte del mar, también para cuidar las cosas.

La gente de las otras carpas, ya se había percatado de la difícil situación y empezaba a mirar, murmurar, pero no hacían nada para ayudar, como siempre.

Vanessa no estaba enojada, más bien asustada, consternada, empezaba a flaquear, fue cuando empezó a rezar, era muy católica y creía que Dios se encargaría de todo. Se acordó que la mamá de Joaquín había muerto años atrás y decidió elevar una plegaria ─salva a tu hijo loco, ayúdalo a salir si está en problemas, sabes que en el fondo es muy bueno, ayúdalo por favor!─, dichas estas palabras, en voz muy baja, las lágrimas tomaban mayor fuerza, pero sintió consuelo. Rezó una y otra vez, cada vez con mayor fervor, pidiéndoles a Dios y a la madre de Joaquín.

Por su parte Enrique, caminaba ensimismado, mirando siempre el mar, con la esperanza casi nula de volver a ver con vida a su amigo, que muchas veces lo había sacado de sus casillas, ─pero esta vez te perdono todo Joaquín, pero vuelve pronto, por favor!─, pensó. Empezó a caminar de regreso, estaba cada vez más cerca de Vanessa y Daniela, pero sus pensamientos lo mantenían tan ocupado que parecía no verlas, pensaba en la gran responsabilidad de una tragedia como esa, ─que le voy a decir a Matías (Matías era el hermano mayor de Joaquín), como le voy explicar a su papá, a su hermana, carajo, me van a matar, porqué tienen que pasarme estas cosas a mí!─ se lamentó profundamente, pasando la palma de la mano sobre sus cabellos.

En ese instante, dos tipos aparecieron con sus linternas, empezaron a alumbrar en dirección al mar, hicieron infinidad de preguntas, que nadie quiso responder, le aconsejaron a Enrique que llame a los bomberos, al 911, pero que haga algo. Enrique se acercó a su carpa, buscó desesperadamente su celular, se acordó de los números de emergencia, la operadora le respondió y lo abrumó con las preguntas de siempre ─cuál es tu nombre, como se llama el desaparecido, está borracho, hace cuanto que está en el mar, donde están exactamente, a la altura de que kilómetro, en que playa???─, contestó a todas las preguntas, al borde del colapso nervioso, pero sacaba fuerzas de donde creía ya no habían. Le comunicaron que de inmediato se estaban poniendo en contacto con la brigada de rescate de Mala, que estaba frente a La Ensenada, que en menos de 30 minutos estarían ahí. ─30 minutos─, gritó Enrique desesperado ─cómo que 30 minutos, les digo que lleva ahí ya más o menos ese tiempo─, a lo que la operadora respondió ─señor por favor cálmese, en estos casos conservar la calma es lo más prudente, no podemos hacer más, si usted hubiese llamado antes quizá, pero ahora ya nada podemos hacer, serénese y espere a la brigada de rescate, que en estos momento están saliendo de su estación. Enrique no soportó más y sin decir nada, colgó.

Daniela, estaba al lado de Enrique, quiso sostenerse de su brazo, pero éste se deshizo inmediatamente. Volvieron a donde estaba Vanessa que había cesado de llorar y estaba absorta, quien sabe en que pensamientos. Cuando de pronto uno de los tipos que estaba con ellos, dijo ─escuchen, escuchen, alguien está silbando─, Enrique en un arrebato, corrió en dirección del mar, con la firme intención de entrar a ayudar a su amigo, pero lamentablemente, no sabía nadar, la impotencia lo hizo gritar ─mi amigo está silbando, está silbando, está vivo, por favor ayúdenlo, ayúdenlo, que alguien entre por favor!─, gritó y grito caminando de un lado a otro cual perro que intenta cruzar un rió y sabe que no puede y gime, igualmente Enrique desesperado, colapsado, al borde del llanto se dejo caer y cesó en sus suplicas. Nadie hizo nada, ninguna de las decenas de personas que miraba el “espectáculo”, hizo nada, solo se lamentaban, compadecían a los amigos, pero no hicieron nada. Vanessa estalló en llanto, rezó una y mil veces, desesperada, con el alma rota, no sabía que hacer, solo lloraba. Daniela era la más serena de los tres, definitivamente estaba conmovida pero no perdía la cordura, como ya lo habían hecho los otros.

Luego de aproximadamente diez minutos más de escuchar esos silbidos, cesaron, los últimos se escucharon entrecortados como si la persona que los emitía tratase de sacar la cabeza a la superficie del mar, pero que las olas lo tragaban, cesaron y se hizo el silencio. Ahora los tres estallaron en llanto, la gente se les acercó más para consolarlos, pero ellos los apartaron en su desesperación.

Al rato llegaron los bomberos, una brigada de cuatro socorristas, se adentraron al mar, en la dirección que la gente les indicaba, por donde habían escuchado los últimos silbidos. La sirena infernal del carro de bomberos, algunos de los bañistas gritando, los niños que se habían despertado y lloraban inconsolables, era el escenario que vislumbraba la tragedia, el ambiente era totalmente sombrío, lúgubre, la tristeza parecía haberse instalado en todos los presentes, pero jamás comparados con los corazones desgarrados de los dos amigos y la pareja. Pasaron unos minutos y ya se podía ver a los socorristas arrastrando a alguien, con dirección a la playa, los amigos de Joaquín y toda la gente se abalanzó hacia la orilla, al parecer el cuerpo que traían estaba sin vida, lo recostaron en la arena, se apresuraron en darle respiración artificial ─uno, dos, tres, cuatro, cinco, respira…uno, dos, tres, cuatro, cinco, respira…uno, dos, tres, cuatro, cinco, respira…─, uno de ellos tomaba el pulso, posaba su oreja en el pecho de la victima, levantó la cabeza en dirección de los dolientes y movió negando. Los gritos, llantos, gemidos se instalaron en los amigos, la gente se persignaba, los bomberos insistían en darle respiración artificial, pero ya todo era inútil…esa sería la última semana santa que Joaquín vería.

LADO B: Joaquín borracho y herido quiso meterse al mar para mitigar el gran dolor que albergaba su corazón, el desamor era parte de su naturaleza, desde infante supo el significado de la soledad y pensó en nadar y nadar hasta cansarse y regresar. No era su intención preocupar a sus amigos, solo estaba siendo egoísta y pensaba únicamente en él mismo, en arrancarse esa depresión, pensó en el océano inmenso, magnánimo y quiso retar su poder. Nadó y nadó sin detenerse por un solo instante y cuando ya estaba a gran distancia de la orilla volteó a mirar y reparó en que ya no veía a sus amigos, ya no veía la playa, solo agua, la inmensidad del mar lo había atraído tanto que solo veía ondas azules. Se asustó y en ese momento reconoció la grandeza del mar, pera esta ya no le daría tregua, sus olas lo empezaban a arrastrar cada vez más hacía las profundidades.

Se dijo así mismo ─bueno ya es suficiente, ahora emprendamos el retorno─, empezó a nadar con dirección de la playa, nadó por varios minutos, pero parecía que en vez de avanzar las olas lo hacían retroceder. El pánico se instaló en su mente, nadó con más impetuosidad para recobrar la playa que había dejado hacía buen rato, pero el mar le susurraba que desista de su intento porque jamás podría contra su bravura. Sin embargo, Joaquín se resistía a perder la batalla, esta vez no le ganaría la partida ─esta vez yo ganaré y saldré ileso, airoso de tus aguas─ murmuró. Las aguas se hacían más oscilantes, y por momentos le obligaban a tragar agua salada. ─Tranquilízate, sigue nadando─ se dijo para darse aliento. Nadó varios minutos más, pero el mar parecía interminable, solo veía agua que se le hizo infinitamente odioso.

La desesperación empezaba a tomar forma, el mar le quería ganar la partida y hasta el momento lo estaba logrando, Joaquín hizo acopio de todas sus fuerzas y continuó nadando. Pensó en su madre, padre y hermanos, se sintió agotado, por momentos dejaba de nadar para recuperar fuerzas y solo flotaba, pero en ese descuido el mar daba lugar a otra ola que lo obligada a retroceder aun más, ahora imperaba el miedo, por primera vez la muerte se le cruzó por la cabeza, pensó en todas cosas que quiso hacer en vida ─no es el momento carajo, no es el momento─ se repitió. Fue cuando empezó a gritar ─Enriqueeeeee, Enriqueeeeee, Enriqueeeeee, sácame de aquiiiiiiiiíí, Enriqueeeeee, Enriqueeeeee, Enriqueeeeeeeeeeee─, gritó cientos de veces, pero en su desesperación olvidó, incluso, que su amigo no sabía nadar. Continuó gritando, y cuando lo hacía no podía evitar tragar agua salada. El mar, o quién sabe, si no era el mismo lucifer que le susurraba ─no grites, no grites más, todo es en vano, nunca saldrás, esta será tu última morada─, la voz era muy grave, pausada, parecía divina, pero no podía serlo, si lo llevaba a la muerte no podía ser divino, ─debes ser la muerte, pero no me llevarás, juro que no me llevarás─, gritó exasperado. Pero ni siquiera podía pronunciar bien las palabras porque el mar le obligaba a callar haciéndole tragar más agua que lo obligaban a toser y escupir.


Nadaba y nadaba pero nunca parecía avanzar, todo su cuerpo se estaba rindiendo, las fuerzas se le iban, los brazos y las piernas se le acalambraron, empezó a silbar desesperadamente, en un último intento para que lo socorrieran. No sabía cuanto tiempo llevaba luchando por su vida, pero ya todo parecía terminar, por fin sus ojos veían la orilla, la playa, la gente, dejó de silbar, dejo de luchar y extrañamente vio como se hacía parte del mar, vio como su cuerpo se sumergía, pero mirando siempre hacia arriba, vio una luz resplandeciente, pensó en Dios, en su madre, rezó y le pareció que se había quedado dormido, muy tranquilo, ya todo había terminado…FIN

sábado, 15 de marzo de 2008

Minutos.dedelirio

Son las tres de la madrugada, un día de semana cualquiera. No existe la necesidad de acostarse temprano porque no hay trabajo de oficina al día siguiente, tampoco tengo sueño porque dormí hasta pasado el medio día, el día anterior. Acaba de terminar “Soñadores”, una película hermosa, conmovedora, erótica y a la vez algo perturbadora, pero por sobre todo, bien hecha. Muchas ideas vagan por mi mente, son como electrones que chocan en su orbita, no pretenden escapar, solo se arrojan una sobre la otra, intentando cobrar protagonismo, pero ninguna logra mantenerse más de algunos segundos en el foco de mi pensamiento. Ese tránsito incontrolable de ideas, logra realmente deprimirme y trato de escapar, coloco un disco de un músico peruano, dejo que se reproduzca, esa voz tan “limpia” y cautivante, y la letra de las canciones logran sosegarme un poco.

“...de la nada saliste tú y me amarás…” repite el estribillo y me conduce irremediablemente a pensar en mi amada, que por cosas del destino o quien sabe que, no la tengo a mi lado. Una vez le escribí ─El amor es dolor, por naturaleza y si no estás dispuesta a sangrar, no podrás entregarme el cariño que espero…─, pero definitivamente no sabía lo que decía, imaginé que al amar debemos entregar todo de nuestra parte, incluso si eso nos conducía a lastimarnos, pero jamás pensé que el dolor pudiera desgarrarme tanto.

Me levanté lentamente, caminé hacia la ventana, sin darme cuenta esbocé una sonrisa, porque recordé que alguna vez, una amiga se quiso lanzar, en medio de un trance producto de la marihuana. Ese recuerdo, ahora algo cómico, se esfumó rápidamente y cedió paso nuevamente al abatimiento, no solo por el deseo insatisfecho de la compañía de Mariana, también por la soledad profunda que invadía mi alma, producto de las tantas noches solitarias que hace algunos años solía disfrutar a plenitud, pero esos años quedaron atrás y me están “pasándome la factura”. Nunca pensé necesitar de la compañía permanente de las personas, básicamente de mi familia. No porque no los quisiera, todo lo contrario, amo a mi familia, pero siempre tuve la necesidad de un espacio para mí, desde muy pequeño cuando aun vivía con ellos.

Desde ese lugar podía observar parte de la ciudad que me rodeaba. Me acompañaba un cigarrillo, el viento que refrescaba y devolvía el humo a mi rostro. Pienso en Mariana, la necesito, me siento perdidamente enamorado y sin saber que hacer. Sin embargo, aun me consuelan los recuerdos de los momentos vividos a su lado, su presencia aun está impregnado en mi ser. ─Te amo─, digo en voz baja. Enciendo otro cigarrillo, otra canción empieza a sonar. Decido escribirle un par de mensajes, contándole lo que pienso y siento por ella. Escribo ─…pensarás que estoy loco, lo sé, pero hoy más que nunca…te adoro mi reinita─, y sé que esta historia es digna de contar.

La noche es inmensamente hermosa, el rumor de las calles, las áreas verdes de los alrededores, los altos edificios, algunos autos todavía pululando. Lastimosamente, el ruido demencial de una ambulancia me rapta de mi abstracción, y pienso que aun en este momento el mundo es egoísta, que me quita eso que empezaba a disfrutar.

─Siento mucho quitarte el sueño, pero eres el único ser vivo que puede leer, a esta hora, lo que quiero expresar, aquello que me deprime y que me lleva a un terreno cada vez más lodoso─ escribo en un último mensaje. Me doy cuenta que he perdido la noción de la realidad en mi deseo de fantasear con su presencia, no sé si estoy con ella, cerca o lejos, solo quiero pensar que es mía y que ella me ama como yo, que me necesita y me recuerda. Pero nunca estaré completamente seguro de eso.
Al cabo de esos minutos de delirio, por fin un atisbo de cansancio y sueño llegan a rescatarme, me aferro a ellos, termino acostado y aun pretendiendo no pensar, no se si lo logro, pero mis ojos se cerraron y acojo la ilusión de que llegue la maravillosa claridad del día, que nos permite mágicamente ver el mundo que nos rodea desde una perspectiva más alentadora o quizá, sólo, menos cruel.

domingo, 6 de enero de 2008

Amor.deforastero

─El amor es dolor, por naturaleza ─afirmaba Sebastian, en el chat, pensando en hacer bien las cosas─, y si no estás dispuesta a sangrar, no podrás entregarme el cariño que espero.

Ella solo respondía, fríamente ─si, si, entiendo─ y dejaba de escribir.

Mariza, era una joven de 25, pero aparentaba menos, quizá parecía de 22, no más. No solo por la apariencia física, también por la forma de mirar, reír, de actuar y sobre todo por sus respuestas casi siempre ambiguas, y en este último caso parecía de 15. Pero era la niña mala que Sebastian había elegido para amar.

Él fungía de marketero en un colegio joven. Quizá no sabía mucho de eso, pero hacía su mejor esfuerzo, ponía todo de su parte para lograr los objetivos trazados. Tenía apenas dos meses en esa ciudad, había llegado específicamente para desarrollar el proyecto de marketing de aquel colegio, con metas muy altas, entre ellas, duplicar el número de alumnos. Llegó dispuesto a dedicarse íntegramente al trabajo, no hacer vida social y no permitir distracciones. Pero en el camino conoció a AD, alguien, quien a pesar de las múltiples definiciones en su contra, se hizo su mejor amigo, en esa ciudad tan amigable y cálida. AD era muy amigo de Mariza, también de Mandy y Rafaela (pero ellos son parte de otra historia).

Desde que conoció a Mariza, Sebastian supo que ella sería especial, porque vio en sus hermosos ojos marrones oscuros, expresivos, vivaces y centellantes un candor que lo cautivó, alcanzó una ilusión al apreciar su sonrisa pueril, inocente y entregada a plenitud. Pero no sabía que era una “niña” que, a pesar de negarlo, pasaba por una situación aun complicada, por las secuelas de su anterior relación. Esa situación la haría actuar a la defensiva, con las personas que se le acercaban pretendiendo conquistarla y más aun con Sebastian, quien era un forastero.

Sebastian era un joven de 29, muy serio en cosas laborales, pero muy loco y quizá hasta libertino en cuestiones de vida social. Eso causaba en el nuevo grupo, al cual trataba firmemente de adaptarse, muchas suspicacias y hasta desconfianza. Sin embargo, al cabo de ese par de meses de convivencia casi diaria, le dieron todo el cariño y lo consideraban realmente parte del grupo. Sebastian, pasaba por una crisis emocional, propia de su carácter voluble. Más, en ese momento que se encontraba en una nueva ciudad, en un nuevo medio, en parte, distinto al que estaba acostumbrado de donde venía. Lo compungían los prejuicios más arraigados que se manifestaban día a día, debía realmente adaptarse, ser más prudente en las cosas que decía y hacía.

La conversación continuaba:
─Por eso escribo de esa manera, aunque sean solo días los que permanezca a tu lado, meses o años, te daré lo mejor de mí.

Ella solo leía, sin saber exactamente que escribir.
─Quiero darte un poquito de felicidad, quiero que sientas que te amo cuando te miro.

Mariza, al fin decidió escribir algo, algo que nació en su corazón.
─Es muy lindo lo que escribes.

El continuó escribiendo, sintiéndose alagado.
─Quiero que sientas que te amo cuando estamos juntos, cuando te coja de las manos, cuando te miro a los ojos, aun cuando estamos separados.

Sebastian realmente se sentía suspendido, sentía que la amaba profundamente, y sabía que eran atípicos esa atracción, cariño y amor prematuros. Pero no quería negárselo a si mismo, tampoco pretendía ser orgulloso y dejar de revelarlo a su amada. Estaba actuando de un modo poco conocido en él, estaba siendo totalmente transparente, entregando más de lo acostumbrado y quizá solo esperando lo necesario para sentirse correspondido. No sabía exactamente que le hacía actuar de ese modo, siempre le comentaba a Mariza ─creo que es el karma, la mística de la ciudad─, o quizá en el fondo si sabía, era el momento para iniciar una nueva forma de amar, el momento para dar lo mejor de sí, lejos de casa y sin precedentes.

Ella temía el final, la ruptura, ocasionados por la misma razón que condujo a Sebastian a ese lugar. Quizá tenía razón, pero él estaba dispuesto a entregarlo todo y le exigía a ella lo mismo. Y le repetía:

─El amor es dolor, por naturaleza y si no estás dispuesta a sangrar, no podrás entregarme el cariño que espero…