Son las tres de la madrugada, un día de semana cualquiera. No existe la necesidad de acostarse temprano porque no hay trabajo de oficina al día siguiente, tampoco tengo sueño porque dormí hasta pasado el medio día, el día anterior. Acaba de terminar “Soñadores”, una película hermosa, conmovedora, erótica y a la vez algo perturbadora, pero por sobre todo, bien hecha. Muchas ideas vagan por mi mente, son como electrones que chocan en su orbita, no pretenden escapar, solo se arrojan una sobre la otra, intentando cobrar protagonismo, pero ninguna logra mantenerse más de algunos segundos en el foco de mi pensamiento. Ese tránsito incontrolable de ideas, logra realmente deprimirme y trato de escapar, coloco un disco de un músico peruano, dejo que se reproduzca, esa voz tan “limpia” y cautivante, y la letra de las canciones logran sosegarme un poco.“...de la nada saliste tú y me amarás…” repite el estribillo y me conduce irremediablemente a pensar en mi amada, que por cosas del destino o quien sabe que, no la tengo a mi lado. Una vez le escribí ─El amor es dolor, por naturaleza y si no estás dispuesta a sangrar, no podrás entregarme el cariño que espero…─, pero definitivamente no sabía lo que decía, imaginé que al amar debemos entregar todo de nuestra parte, incluso si eso nos conducía a lastimarnos, pero jamás pensé que el dolor pudiera desgarrarme tanto.
Me levanté lentamente, caminé hacia la ventana, sin darme cuenta esbocé una sonrisa, porque recordé que alguna vez, una amiga se quiso lanzar, en medio de un trance producto de la marihuana. Ese recuerdo, ahora algo cómico, se esfumó rápidamente y cedió paso nuevamente al abatimiento, no solo por el deseo insatisfecho de la compañía de Mariana, también por la soledad profunda que invadía mi alma, producto de las tantas noches solitarias que hace algunos años solía disfrutar a plenitud, pero esos años quedaron atrás y me están “pasándome la factura”. Nunca pensé necesitar de la compañía permanente de las personas, básicamente de mi familia. No porque no los quisiera, todo lo contrario, amo a mi familia, pero siempre tuve la necesidad de un espacio para mí, desde muy pequeño cuando aun vivía con ellos.
Desde ese lugar podía observar parte de la ciudad que me rodeaba. Me acompañaba un cigarrillo, el viento que refrescaba y devolvía el humo a mi rostro. Pienso en Mariana, la necesito, me siento perdidamente enamorado y sin saber que hacer. Sin embargo, aun me consuelan los recuerdos de los momentos vividos a su lado, su presencia aun está impregnado en mi ser. ─Te amo─, digo en voz baja. Enciendo otro cigarrillo, otra canción empieza a sonar. Decido escribirle un par de mensajes, contándole lo que pienso y siento por ella. Escribo ─…pensarás que estoy loco, lo sé, pero hoy más que nunca…te adoro mi reinita─, y sé que esta historia es digna de contar.
La noche es inmensamente hermosa, el rumor de las calles, las áreas verdes de los alrededores, los altos edificios, algunos autos todavía pululando. Lastimosamente, el ruido demencial de una ambulancia me rapta de mi abstracción, y pienso que aun en este momento el mundo es egoísta, que me quita eso que empezaba a disfrutar.
─Siento mucho quitarte el sueño, pero eres el único ser vivo que puede leer, a esta hora, lo que quiero expresar, aquello que me deprime y que me lleva a un terreno cada vez más lodoso─ escribo en un último mensaje. Me doy cuenta que he perdido la noción de la realidad en mi deseo de fantasear con su presencia, no sé si estoy con ella, cerca o lejos, solo quiero pensar que es mía y que ella me ama como yo, que me necesita y me recuerda. Pero nunca estaré completamente seguro de eso.
Al cabo de esos minutos de delirio, por fin un atisbo de cansancio y sueño llegan a rescatarme, me aferro a ellos, termino acostado y aun pretendiendo no pensar, no se si lo logro, pero mis ojos se cerraron y acojo la ilusión de que llegue la maravillosa claridad del día, que nos permite mágicamente ver el mundo que nos rodea desde una perspectiva más alentadora o quizá, sólo, menos cruel.


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