jueves, 23 de julio de 2009

Realmente.unamártir

María caminaba rápidamente al hospital estatal más cercano, muy temprano en las mañanas y siempre cogiendo de las manos a su hijo. No quedaba muy lejos, apenas a unas cuantas cuadras de su casa, distancia que el pequeño Javier se había acostumbrado a recorrer sin quejarse.

Era madre soltera y sus hermanos y padres vivían en una lejana provincia al norte del país. No frecuentaba muchas personas y tenía sólo una amiga, Josefa, enfermera del hospital, el cual visitaba diariamente y era ella la única depositaria de su secreto aciago que la carcomía día a día. En cambio no le importaba mínimamente lo que las demás personas rumoreaban, y cuando le preguntaban por qué frecuentaba el hospital, ella sabía perfectamente que sólo les impulsaba el chisme y no una preocupación real por ella o su hijo, así que improvisaba una amplia sonrisa y respondía ─asuntos del trabajo─, y se marchaba de inmediato sin dejar oportunidad para más preguntas.

Luego de su visita al hospital, era rutinario salir corriendo al paradero para coger el microbus que la trasladara a su lugar de trabajo, un pequeño restaurante de comida criolla, a 15 minutos del hospital y 20 de su casa.

Una de las decisiones más extrañas que había tomado María desde los primeros días que visitaron el hospital, era que Javier no asistiera al colegio, hace ya más de 4 meses. Esta situación que al principio le trajo muchas complicaciones en el trabajo, logró superarse cuando Doña Elsa, jefa de María, aceptó que el niño ayudara en la cocina, hecho que además, terminó resultándole muy conveniente ya que el pequeño era muy hábil y realmente se convirtió en una gran ayuda, y lo mejor de todo era que sólo tenía que pagarle con el menú diario.

Una mañana María despertó llorando, había tenido una pesadilla, seguramente abrumada por la tarea que debía concretar esa mañana, sin duda la más difícil de su vida. Se levantó extraviada, miro al costado, Javier aun dormía, se acercó, lo abrazó y se le cayeron más lágrimas sobre el cubre cama, pero tuvo que controlarse al darse cuenta que su adorado hijo estaba despertando. Hizo como si se estuviera sacando las lagañas, volteó y le pidió que se cambie y asee para desayunar. Compartieron en la mesa dos panes con huevos y café sin leche, el desayuno de casi todas las mañanas, aunque a veces alternaban los huevos por margarina o aceitunas. María no se separaba de Javier casi nunca, pero ese día le pidió que se adelantara al hospital y que lo espere ahí, porque ella tenía que ir a la funeraria y contratar sus servicios, claro que esto último no se lo dijo. Con lágrimas en los ojos se adentró en una de ellas, que abundaban cerca al hospital, hizo los trámites lo más rápido que pudo y se marchó corriendo en busca de Javier.

Mucha gente se compadecía al verla sola en el mundo, sin más compañía que el de su hijo, pero tampoco hacían nada para acercarse y menos para ayudar, a pesar de que percibían que algo terrible pasaba, porque la veían llorar con frecuencia, siempre abrazando a su pequeño. Una de las cosas que María lamentaba profundamente era justamente eso, llorar frente Javi, como ella solía llamarlo. Sabía que le causaba un daño irreparable, pero era un daño que no podía dejar de causarle. Trataba de evitar llorar frente a él, pero lograrlo habría significado que no hubiese tenido tiempo para estar a su lado.

Una mañana de lunes, Josefa, la única amiga cercana de María, se presentó en el restaurante donde ésta última trabajaba. Josefa apenas conocía de vista a algunas de esas personas, pero al saludarlos no pudo controlarse más y estalló en lágrimas. Al verla en ese estado, doña Elsa, dueña del establecimiento, se conmovió mucho y presintió algo terrible, y recordó que cuando llegó a esta ciudad era una joven muy sensible, pero que los años le habían enseñado que en la capital debía ser fría, porque de lo contrario trataban siempre de pasar sobre ella, fue por esa razón que no le dio más cabida a María cuando esta pretendía contarle sus problemas, pensaba que era una de las tantas personas que argumentaban mentiras para solapar malas conductas, tardanzas y hasta irresponsabilidad. Sin embargo, al ver ahí sentada a Josefa, llorando copiosamente y al ofrecerle un pañuelo y un vaso con agua, supo que esta vez se había equivocado, que estaba a punto de escuchar una historia que la iba hacer sentir culpable y advirtió como se le cerraba la garganta, que las lágrimas asomaban, pero decidió controlarse. La mesa que ocupaban era la más alejada del público, al fondo del local y fui ahí donde Josefa le contó toda la historia.

María había muerto de un cáncer terminal, dos días antes y su ausencia de más de dos semanas, en el trabajo, se debía a que estaba internada en el hospital porque ya no podía caminar ni valerse por si misma. Había luchado hasta el final, contra el dolor incesante, las quimioterapias inservibles, la inmisericordia del padre de su hijo, la traumática experiencia de la caída de cabello, la delgadez abrupta y sobre todo con la desolación que sentía al pensar en Javier. El abandonarlo a esa edad era lo que realmente la devastaba, pero como era previsible, ese mismo temor de abandonar a su pequeño hijo adorado de apenas 8 años, también le hacía sacar fuerzas de donde ya no había, para no dejarse vencer por esa maldita enfermedad que nunca avisó al instalarse en ella hasta que fue demasiado tarde.

Le contó que la decisión de retirar a su hijo del colegio no fue nada sencilla, pero que la tomó sabiendo que Javier podría recuperar el año escolar perdido, pero que en contraste nunca podrían recuperar los momentos juntos que perderían si él continuaba asistiendo a clases. Quería compartir cada instante a su lado, disfrutar de él, jugar, reír, conocerse, quiso que Javier tenga muchos recuerdos de ella y que sepa que su madre la amaba por sobre todas las cosas.

Le contó también, que dos meses antes de morir, ella misma había comprado su ataúd y contratado los servicios funerarios más baratos para el día que iba a llegar irremediablemente. Reunió todo el dinero posible, que no era mucho, para enviarle a su familia, que era muy pobre, y puedan viajar de su provincia natal a enterrarla.


─Realmente una mártir ─dijo al fin Doña Elsa, tratando de aclarar la voz mientras se secaba las lágrimas. Fue cuando notó que todos los trabajadores de su restaurante, que habían parado en sus actividades, incluso algunos comensales asiduos, oían atentamente y lloraban sin poder evitarlo, seguramente porque después de ese relato entendieron muchas cosas y al igual que ella se sintieron culpables. Culpables por no haber sido más sensibles, por no haberla apoyado, por no haberla entendido, por no haberla querido, pero es que Lima es así, una ciudad fría, su gente es fría y nadie sabe ni quiere enterarse de lo que les sucede a los demás. Se piensa frecuentemente que tenemos tantos problemas propios como para ocuparnos de los problemas de los demás, quizá sea cierto pero al enfrentarse a verdades crueles como esta, indudablemente no podemos dejar de sentirnos culpables y hasta miserables.

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