Dicen que el amor es tan fuerte y complejo que realmente uno siente cuando el ser amado nos necesita o nos “llama”. A mi me pasó sólo en sueños, porque amaba a esa niña, realmente la amaba como a nadie en la vida, aunque contrariamente a lo imaginado, el destino quiso que nos separemos. Sin embargo, una noche cualquiera que no pensé en mi amada Camila, al acostarme, como tantas otras noches sí, soñé con ella. Fue un sueño extraño, de esos que nos dejan pensando, intrigado, con dudas de si realmente nos necesitan como lo sentimos mientras dormimos.Escuché su voz, ella debía estar muy lejos porque se le oía vagamente, pero sus gritos denotaban sufrimiento y mucho dolor.
─¡José Carlo, te necesito, ayúdame! ─repetía una y otra vez.
La desesperación invadió mi razón, por un momento sentí morir, la busqué, caminé horas de horas por lugares que jamás había visto en la vida real, lugares que tenían en común la oscuridad, la basura abundante, los malos olores, casas abandonadas, calles angostas, eran pueblos “fantasmas” donde no podía encontrar a mi pequeña ni a gente que pudiera ayudarme.
Cuando nuevamente escuché su voz, sus gritos desesperados, apareció frente a mí un camino resplandeciente, como si se tratara de un puente bastante iluminado, aunque extrañamente no se podía observar lo que había a los costados ni hacia donde se dirigía, solo sabía que sus gritos provenían del otro extremo, y eso era suficiente para cruzarlo inmediatamente, con temor pero con la necesidad de llegar pronto al final del puente, donde esperaba encontrarla. Lo paradójico era que a medida que se terminaba el sendero también la claridad y rápidamente todo se volvió sombrío, lúgubre, tenebroso, por lo que no me quedó otra opción que caminar por algunos minutos casi a tientas, luego me topé con una puerta semi abierta que empujé para terminar de abrirla, el rose de las bisagras oxidadas realmente provocó un ruido estremecedor, aterrador, pero me llené de valor y continué, sobre todo porque luego de entrar a aquella casa, empecé a oír la voz de Camila mucho más fuerte como si se encontrara en la habitación contigua, pero además se escuchaban murmullos, al parecer habían más personas en ese lugar. Crucé el primer ambiente, me encontré con un callejón aun más oscuro que la negra noche que me envolvía y donde sólo valía seguir con las manos estiradas para conservar el rumbo, menos mal era un trayecto corto de apenas algunos metros que me depositaba ante la última puerta antes de encontrarla.
Cuando pienso en Camila la recuerdo alegre, feliz, risueña, pueril, sus ojos enormes destellando frente a los míos, sus mejillas rosadas, sus labios gruesos y suaves dibujando una sonrisa maravillosa, recuerdo sus manos pequeñas acariciándome el rostro, toda ella acostada sobre mí diciendo que siempre me amaría y yo confirmando sus palabras, pero el destino aciago quiso que se derrumben esas ilusiones. Recuerdo que era una niña rebelde pero sin causa y orgullosa de serlo, defendiendo sus ideas liberales con uñas y dientes, la recuerdo muy segura de si misma, riéndose de la gente, del mundo entero, pero llorando a causa del temor de perdernos para siempre.
Cuando al fin logré abrir la puerta de aquella habitación vi tantas cosas absurdas, increíbles, terriblemente tristes e imposibles de describir que no pude reaccionar, me quedé parado sin movimientos en los brazos y piernas, los únicos que continuaron buscando a mi pequeña Camila fueron mis ojos. Vi muchos camarotes, unos cinco o seis a cada costado, atestados de personas en estados deplorables, al medio un espacio reducido, el piso de madera podrida, las paredes sucias, el techo incalculablemente alto, que hacía pensar que no existía.
Camila ocupaba el primer nivel del tercer camarote a mi derecha, gemía, lloraba, sufría. Yo no sabía porqué se encontraba en ese lugar y en esas condiciones y me desgarraba el alma, me sentí totalmente culpable, asocié de inmediato mi cobardía a la hora de retenerla a mi lado en la vida real con lo que le estaba sucediendo en sueños. En ese estado deprimente ella volteó, me vio, quiso levantarse pero no pudo, al percatarse de su incapacidad se echó a llorar más lastimosamente, con el rostro contra la almohada. Yo al fin pude vencer mi parálisis emocional y me acerqué a ella, me puse de rodillas frente a su cama, con una mano le acaricié la cabeza con la intención de consolarla y con la otra le cogí el mentón para levantar su rostro y darle un beso, ella cedió poco a poco hasta tener su cara frente a la mía, pero cuando me acercaba con los ojos cerrados para al fin besarla, todo cambió, se transportó, como suele suceder únicamente en sueños, la habitación no era la misma, ya no estaba arrodillado frente al camarote, ni la persona que tenía frente a mí era Camila, fue cuando desperté muy asustado, pensándola, recordándola, con la ansiedad de llamarla para saber si realmente me necesitaba.


No hay comentarios:
Publicar un comentario