Al subir las gradas desde el sótano hacia la calle, me di cuenta que estaban esperándome, pensé que solo se despedirían con un apretón de manos, un abrazo o un beso en el caso de las chicas, pero habían acordado hacerme una despedida “como Dios manda”, era fin de semana y ya teníamos la excusa perfecta para ir a chupar hasta el amanecer.
Enrumbados al Taita, una discoteca que está en la segunda cuadra de la Av. Larco, frente al Parque Kennedy. Los fines de semana, después de clases, siempre solíamos visitar ese antro. Esta vez fueron más personas que de costumbre, me sentí muy alagado por la compañía, normalmente solo caíamos los más bohemios, entre 5 o 6 personas, pero esa vez, conté 12. Los tragos empezaron a llegar uno tras otro, a medida que íbamos embriagándonos, la despedida se hacía más efusiva, sobre todo de quienes empezaron a caer más rápido. En ese tono, cerca de las dos de la madrugada y gracias a la complicidad de algunos tragos de más, me enteré, de los labios de la propia Claudia, que había alimentado una ilusión basada en la admiración. ─Me encanta la espontaneidad que muestras siempre en las clases de impro, que seas ingeniero y que a la vez tengas un arraigado interés por el arte, normalmente esas dos perspectivas de vida no van de la mano, pero en tu caso es totalmente natural. Me fascina tu desenfreno a la hora de bailar, tu sencillez, tu carisma─ dicho todo ello, no pude evitar ruborizarme y sentirme muy alagado.
Claudia, interpretaba a Tatiana en la obra “Lágrimas, sexo y amor”, trabajamos muy de cerca, como lo habíamos hecho con los demás integrantes del proyecto, pero al parecer ella había sentido cierto acercamiento, que yo nunca supe percibir. Ella tenía 19 años, le llevaba 8 y al parecer eso la inquietaba aun más. Era una chica guapa, no muy alta, pero con una figura extraordinaria, fruto de largas sesiones en el gimnasio, era impetuosa en todo lo que hacía. Le gustaba mucho ir a fiestas, como a la mayoría de chicas de su edad, le encantaba bailar y exhibir su ombligo con tops bien ajustaditos y diminutos.
─Realmente me sorprendes Claudia, yo pensé que estabas muy enamorada de Ernesto, tu misma me contaste que lo querías mucho y que llevan juntos cerca de seis meses ─dije, con el único fin de llevar a otro terreno la conversación.
─Ustedes los hombres son unos tontos, verdad, nunca se dan cuenta cuando una chica se interesa por alguien, cuando decimos algo solo para llamar la atención, no saben nada carajo! ─me respondió algo fastidiada.
─Lo siento Claudia, no pensé que lo tomarías de esa manera, es mejor que cambiemos de tema, ¿no crees? ─me sentí apenado, sin saber que hacer.
─Si, tienes razón, pero la que lo siente soy yo, sorry, deben ser los tragos, seguramente mañana me voy arrepentir de todo lo que dije ─parecía que había despertado de un sueño, dio una larga pitada a su cigarrillo, luego tomo un gran sorbo de chela, y exhaló el humo que retuvo, como si con ello también estuviera suspirando largamente.
─No tienes nada de que preocuparte Claudita, eres una de las chicas mas guapas de la clase y el que se va arrepentir mañana de todo esto soy yo, seguramente me voy a reprochar porque no te estampé un chape aprovechando el pánico ─reí nerviosamente, pero era cierto, ya me sentía un gran tonto por no darle un beso con lengua y pensé que ya era demasiado tarde.
─Esa es una de las razones por la que me gustas, la manera tan directa en que dices las cosas ─mientras decía eso, se acercaba a mis labios─, pero la noche no ha terminado todavía ─continuó acercándose y cerró los ojos.
Sus labios eran carnosos y extremadamente suaves, algo melosos, sentí su lengua fría por la cerveza helada que había tomado segundos antes, el humo todavía ocupaba su cavidad bucal, fue un beso delicado, pausado, tierno, hasta que después de algunos segundos me mordió suavemente el labio inferior y se retiró sonriendo y aún mirándome a los ojos. Los chicos que se encontraban muy cerca de nosotros no pudieron evitar hacer chacota.
─Uuuuuuuuu, se lo tenían bien guardadito, no! ─dijo Andreita.
Todos hicieron comentarios parecidos por varios segundos, pero nadie se atrevió a preguntar concretamente como habían sucedido las cosas. Noté que todos habían asumido que, lo ocurrido, no era solo de esa noche, que ya teníamos una relación o algo así. Nosotros nos palteamos pero tampoco aclaramos nada, solo sonreímos y seguimos bebiendo.
─Es mejor que piensen lo que les parezca, así no tenemos que dar más explicaciones. ─dijo Claudia, coincidiendo totalmente con lo que yo había pensado.
La gente empezó a retirarse del lugar. Algunos de los que fueron con nosotros de igual manera, se iban solos o en pareja. Después de ese beso con Claudia no paso nada más, tampoco hicimos más comentarios de lo sucedido. Ella se fue cerca de las cuatro, se despidió con un beso en la mejilla algo desviada a manera de media luna sobre mis labios, me guiño el ojo derecho y dijo ─hasta pronto, seguro que la haces linda en la selva, pero suave con las charapitas, dicen que son bravas.
Enrumbados al Taita, una discoteca que está en la segunda cuadra de la Av. Larco, frente al Parque Kennedy. Los fines de semana, después de clases, siempre solíamos visitar ese antro. Esta vez fueron más personas que de costumbre, me sentí muy alagado por la compañía, normalmente solo caíamos los más bohemios, entre 5 o 6 personas, pero esa vez, conté 12. Los tragos empezaron a llegar uno tras otro, a medida que íbamos embriagándonos, la despedida se hacía más efusiva, sobre todo de quienes empezaron a caer más rápido. En ese tono, cerca de las dos de la madrugada y gracias a la complicidad de algunos tragos de más, me enteré, de los labios de la propia Claudia, que había alimentado una ilusión basada en la admiración. ─Me encanta la espontaneidad que muestras siempre en las clases de impro, que seas ingeniero y que a la vez tengas un arraigado interés por el arte, normalmente esas dos perspectivas de vida no van de la mano, pero en tu caso es totalmente natural. Me fascina tu desenfreno a la hora de bailar, tu sencillez, tu carisma─ dicho todo ello, no pude evitar ruborizarme y sentirme muy alagado.
Claudia, interpretaba a Tatiana en la obra “Lágrimas, sexo y amor”, trabajamos muy de cerca, como lo habíamos hecho con los demás integrantes del proyecto, pero al parecer ella había sentido cierto acercamiento, que yo nunca supe percibir. Ella tenía 19 años, le llevaba 8 y al parecer eso la inquietaba aun más. Era una chica guapa, no muy alta, pero con una figura extraordinaria, fruto de largas sesiones en el gimnasio, era impetuosa en todo lo que hacía. Le gustaba mucho ir a fiestas, como a la mayoría de chicas de su edad, le encantaba bailar y exhibir su ombligo con tops bien ajustaditos y diminutos.
─Realmente me sorprendes Claudia, yo pensé que estabas muy enamorada de Ernesto, tu misma me contaste que lo querías mucho y que llevan juntos cerca de seis meses ─dije, con el único fin de llevar a otro terreno la conversación.
─Ustedes los hombres son unos tontos, verdad, nunca se dan cuenta cuando una chica se interesa por alguien, cuando decimos algo solo para llamar la atención, no saben nada carajo! ─me respondió algo fastidiada.
─Lo siento Claudia, no pensé que lo tomarías de esa manera, es mejor que cambiemos de tema, ¿no crees? ─me sentí apenado, sin saber que hacer.
─Si, tienes razón, pero la que lo siente soy yo, sorry, deben ser los tragos, seguramente mañana me voy arrepentir de todo lo que dije ─parecía que había despertado de un sueño, dio una larga pitada a su cigarrillo, luego tomo un gran sorbo de chela, y exhaló el humo que retuvo, como si con ello también estuviera suspirando largamente.
─No tienes nada de que preocuparte Claudita, eres una de las chicas mas guapas de la clase y el que se va arrepentir mañana de todo esto soy yo, seguramente me voy a reprochar porque no te estampé un chape aprovechando el pánico ─reí nerviosamente, pero era cierto, ya me sentía un gran tonto por no darle un beso con lengua y pensé que ya era demasiado tarde.
─Esa es una de las razones por la que me gustas, la manera tan directa en que dices las cosas ─mientras decía eso, se acercaba a mis labios─, pero la noche no ha terminado todavía ─continuó acercándose y cerró los ojos.
Sus labios eran carnosos y extremadamente suaves, algo melosos, sentí su lengua fría por la cerveza helada que había tomado segundos antes, el humo todavía ocupaba su cavidad bucal, fue un beso delicado, pausado, tierno, hasta que después de algunos segundos me mordió suavemente el labio inferior y se retiró sonriendo y aún mirándome a los ojos. Los chicos que se encontraban muy cerca de nosotros no pudieron evitar hacer chacota.
─Uuuuuuuuu, se lo tenían bien guardadito, no! ─dijo Andreita.
Todos hicieron comentarios parecidos por varios segundos, pero nadie se atrevió a preguntar concretamente como habían sucedido las cosas. Noté que todos habían asumido que, lo ocurrido, no era solo de esa noche, que ya teníamos una relación o algo así. Nosotros nos palteamos pero tampoco aclaramos nada, solo sonreímos y seguimos bebiendo.
─Es mejor que piensen lo que les parezca, así no tenemos que dar más explicaciones. ─dijo Claudia, coincidiendo totalmente con lo que yo había pensado.
La gente empezó a retirarse del lugar. Algunos de los que fueron con nosotros de igual manera, se iban solos o en pareja. Después de ese beso con Claudia no paso nada más, tampoco hicimos más comentarios de lo sucedido. Ella se fue cerca de las cuatro, se despidió con un beso en la mejilla algo desviada a manera de media luna sobre mis labios, me guiño el ojo derecho y dijo ─hasta pronto, seguro que la haces linda en la selva, pero suave con las charapitas, dicen que son bravas.
Al final solo me quede con Jesús y un compañero de primer año del teatro, que también se había sumado a la chupeta, terminamos hablando de los viajes que Jesús había hecho a Europa, su paso por Chile y otros países latinoamericanos, viajes que logró hacer gracias a su trabajo. Era un tipo que bordeaba los cuarenta, era soltero todavía, se definía como una persona que ya estaba dejando la vida bohemia, porque los años le estaban “pasando factura”. Nos retiramos cuando casi estaba amaneciendo. Me llevó en su coche hasta mi departamento y luego se fue haciendo chillar las ruedas de su auto. Subí, los siempre jodidos, cinco pisos del edificio donde vivía, me eché a la cama sin quitarme la ropa, definitivamente ya estaba ebrio y me quedé dormido rápidamente.


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