jueves, 22 de julio de 2010

Larosa

Florent era mayordomo de la casa de los Villar hace más de 30 años. Los Villar eran una familia de ascendencia española, afincada en Lima desde los tiempos virreinales. Florent era descendiente de franceses al servicio de los Villar, su padre fue mayordomo, su abuelo fue mayordomo y siempre fueron felices sirviendo.

El señor y la Sra. Villar, padre de Dolores y Pedro, mellizos de 19 años veían en Florent un tío, un amigo, un soporte.

La mañana del 14 de febrero, día de San Valentín, Dolores encontró una rosa roja tirada en la puerta de su dormitorio y como era de esperarse fue corriendo a la habitación de Florent a preguntarle quién la había traído, aunque para ella todo estaba claro: “Florent había recibido la rosa a algún muchacho, la noche anterior o el mismo día muy temprano, y fue él quien había colocado la rosa donde la encontró”; de lo único que no estaba segura era de que muchacho se trataba.

A diferencia de cómo solía tratarla, desde que Dolores era una niña, Florent se mostró reacio y hasta esquivo y negó rotundamente su participación en aquel asunto. Dolores pensó que solo estaba haciendo bien su papel de cupido y no insistió.

La noche siguiente, el 15 de febrero, a las 11:30 pm se escuchó un disparo de revolver. Florent se había quitado la vida. No dejó notas, recados y aparentemente no existían indicios que permitieran entender esa trágica decisión. Agotadas todas las pesquisas y sin alternativas de solución la única que conocía la verdad era Dolores. Porque junto al cuerpo sin vida, del mayordomo de la casa, encontró una rosa gemela a la que ella había recibido la mañana anterior.

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